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miércoles, 2 de agosto de 2017

El gobierno mediante la virtud en el confucianismo

Por: Carmelo Morales Marcos, profesor y doctorando de la Universidad Complutense de Madrid.
Correo electrónico: karmelo7777@hotmail.com 

El mapa indica la antigua civilización china, desde la dinastía Shang hasta los Han. Anterior a la dinastía Shang están la dinastía Xia de la cual no documentación arqueológica, como en los Shang, pero sí escrita. Los Zhou derrotaron al último gobernante de los Shang (por cierto llamado Zhou)por Mandato del Cielo. El Mandato del Cielo daba legitimidad para gobernar, siempre y cuando el gobernante siguiera el Camino de la virtud.
Kong Qiu o Confucio nació en el Estado de Lu, en la actual provincia de Shandong, en el invierno del año 552 a. C. Él se llamaba Ch´iu y su familia se llamaba K´ung, por eso su nombre entero era K´ung Chíu. Su primera biografía la escribió el historiador Ssu-ma Ch´ien. Pero entre este y Confucio ya hay un intervalo de cuatro siglos. Las fuentes de las que disponía Ssu-ma Ch´ien son parecidas a las de ahora. Una de estas fuentes son las Analectas, que se trata de conversaciones del maestro con sus discípulos. Pero esta fuente no da ningún detalle sobre la fecha del nacimiento de Confucio. Para paliar esta carencia tenemos la crónica analística del estado de Lu, es decir el Clásico o Ch´un- Chíu.
La fecha de la muerte del maestro. Ningún estudioso duda que fue el verano del año 479 a. C, pues el Ch´un -Chiu especifica claramente la fecha de la muerte, pero en ningún caso este Clásico especifica la fecha de nacimiento de ningún funcionario. De ahí la mayor dificultad para averiguar el nacimiento de Confucio. Pero vivió al menos 70 años, porque así viene documentado en las Analectas. «A los quince años mi vida emprendió la Vía del estudio; a los treinta estaba firmemente establecido en esta Vía; a los cuarenta no tenía dudas; a los cincuenta conocí la voluntad del Cielo; a los sesenta mis oídos eran obedientes; y a los setenta pude seguir los anhelos de mi corazón sin transgredir los límites del comportamiento correcto y adecuado». Está estimado que Confucio vivió unos setenta y tres o setenta y cuatro años, fechando así su nacimiento en el 551 a.C. Confucio nació y vivió en el periodo de primavera y otoño de la dinastía Zhou. Según los Registros Históricos Confucio nació de una relación impropia de su padre Shu Ho Tsou con una muchacha de la familia Yen. Su padre fue un valiente militar que cumplió misiones bastante peligrosas. Parece claro que Confucio no era fruto de la primera esposa de su padre, sino de una segunda o concubina. Es muy posible que la relación del padre de Confucio con su madre no fuera legal. Dice la tradición que Confucio se quedó huérfano de padre y madre siendo aún joven. Al quedar huérfano bastante joven no tenía nadie a quien acudir y por lo tanto su juventud no tuvo que ver nada con la vida fácil. Existen fuentes que aseguran que descendía de una familia noble, pero en esto no están todos los eruditos de acuerdo, porque no hay que olvidar que la posición de gran militar a la que llegó su padre no fue heredada.
Confucio no tenía ningún interés en triunfar como guerrero. De niño él ya se divertía mucho realizando el ritual para ofrecérselo a los dioses. Aunque su padre era un guerrero él con quince años ya estaba enamorado del estudio, y a los cincuenta años comprendió que este amor por el estudio era un deber impuesto por el Cielo. Llegó a ser un gran erudito que nunca aprendió de ningún maestro, sino, de los textos de la antigüedad que él veneraba. Amó tanto el estudio, que, a pesar de su gran fama de hombre humilde, llegó a declarar que, «Incluso en una aldea de diez casas, siempre habrá alguien cuya lealtad y formalidad se igualen a la mía, pero no habrá quien me iguale en mi amor al saber, en mi amor al estudio». El estudio que Confucio veneraba era el estudio del pasado, y este lo estudiaba en los Clásicos de las Odas y los Documentos. Se emocionaba con la belleza de su cultura.  Parece ser que Confucio llegó a ocupar algún puesto de funcionario en alguna corte principesca, pero se vio obligado a dimitir. Ostentó cargos solamente unos pocos años; el primer puesto importante que se le asignó fue el de magistrado del distrito de Zhongdu, ya contaba con casi cincuenta años. Debido al éxito que obtuvo en su administración fue ascendido a Ministro de Construcción y a Presidente del Tribunal, incluso se cree que pudo llegar a ser primer ministro. Viendo que no podía llevar sus doctrinas a la práctica dimitió. Una vez que dimitió abandonó Lu (497.a.C) y comenzó a viajar de una corte a otra para que escucharan sus consejos de cómo gobernar mediante la virtud. Pero nadie le escuchó y después de trece años con algunos discípulos, enfrentándose al fracaso y a la desesperación, tuvo que regresar a Lu, donde pasó el resto de su vida. Son estos años de vagabundo y de corte en corte intentando que se gobernará por la virtud los que a continuación explicaré.
Para Confucio un gobierno era bueno por la fuerza de las virtudes morales y no por la fuerza de las leyes. Esto es lo que intentaba inculcar a los gobernantes. Con sus discípulos su principal objetivo era enseñar un conocimiento básico para que actuaran como un ser humano ideal y como el gobernante era el mayor ejemplo para el pueblo, si el gobernante alcanzaba la virtud, todo el pueblo se convertirá al bien. También valdría para lo contrario, es decir, si el gobernante era corrupto todo el pueblo delinquía. Esto era el pensamiento político principal del Maestro. Su doctrina política no fue escuchada ni puesta en práctica por ningún mandatario, pero lo que no consiguió en vida, si lo consiguió después de su muerte. Tres siglos y medio después de su muerte el Imperio Han adoptó como doctrina oficial sus enseñanzas.
Paso a continuación a enseñar algo más de la doctrina política de Confucio, pero a través del estudio de los textos confucianos:
Empezamos con La gran enseñanza o ciencia, este clásico confuciano y entre otras muchas referencias al arte de gobernar dice lo siguiente:
«Los antiguos para gobernar sus reinos, primero ponían en orden su propia casa. Para poner en orden su casa, antes se perfeccionaban ellos mismos. Para perfeccionarse ellos mismos, en primer lugar, rectificaban su corazón. Para conseguir esto hacían previamente sinceros sus pensamientos y para hacer sinceros sus pensamientos alcanzaban antes el máximo conocimiento. El máximo conocimiento reside en la investigación de las cosas.»
Luego, esta idea para recalcarla aún más se repite, pero al revés:
«Investigando las cosas se alcanza el máximo conocimiento y esto se consigue haciendo sinceros los pensamientos. Para que los pensamientos sean sinceros se necesita rectificar el corazón y entonces se perfecciona uno mismo. Una vez perfeccionado uno mismo, se puede poner en orden la casa y una vez esto está conseguido ya se está preparado para gobernar el reino.»
Todo esto se puede resumir en que para gobernar un reino uno tiene que empezar perfeccionándose así mismo. Esto es lo que quería transmitir Confucio.
Sigue diciendo al respecto en la Gran Ciencia:
«Desde la persona más noble a la más humilde, todos tienen el deber de mejorar y corregir su propio ser.»
Es decir, no es una opción, sino una obligación y no es cuestión solo para los gobernantes, sino para todos. Más adelante dice lo siguiente:
«¿No sería más eficaz lograr que fueran innecesarios los juicios?[1] Resultaría más provechoso dirigir nuestros esfuerzos a la eliminación de las inclinaciones perversas de las personas.»
Esta filosofía política es clave en Confucio porque para el Maestro lo esencial para un buen gobierno es la educación y no los castigos, el ejemplo modélico haría innecesarios los juicios según esta filosofía. Y siguen los ejemplos en este texto:
«Yao y Shun gobernaron con amor y el pueblo los imitó»
«Jie y Zhou gobernaron con violencia y el pueblo también los imitó».[2]
«Un buen ministro es aquel que ve un hombre virtuoso y capacitado y lo eleva. Un mal ministro siente envidia de estos hombres y no lo asciende y cuando está rodeado de hombres perversos no los expulsa»[3].
El ejemplo se Yao y Shun, dos emperadores virtuosos según los Clásicos sirvieron para que el pueblo se convirtiera y persiguiera la virtud. Por el contrario, el ejemplo de los otros dos emperadores fue suficiente para que el pueblo se degradara. El ministro virtuoso se rodea de personas virtuosas, sin embargo, el ministro corrupto tiende a rodearse de perversos. Para acabar con este texto y pasar a otros textos confucianos también dice lo siguiente:
«Si el príncipe utiliza las rentas públicas para aumentar su riqueza personal, el pueblo lo imitará y dará rienda suelta a sus más perversas inclinaciones; si, por el contrario, el príncipe utiliza las rentas públicas para el bien del pueblo, éste se mantendrá en orden.»[4]
El mayor problema del mundo, el egoísmo, también es el mayor enemigo de un buen gobierno. Un gobernante que solo piensa en aumentar su riqueza dará lugar, por efecto de mímesis, a que el pueblo no desee pagar impuestos. Un gobernante que solo mira por su pueblo, este lo notará y lo tomará como modelo y lo imitará. Esto era hace 2500 años y se podría aplicar hoy día perfectamente.
A continuación, pondremos ejemplos del gobierno mediante la virtud de otro texto: El Justo Medio.
En este texto también hay innumerables ejemplos de política confuciana. En el texto se dice:
«Mucho más excelente es la virtud del que permanece fiel a la práctica del bien, aunque el país se haya carente de leyes y sufra una deficiente administración”[5].
«Cuando el reino es administrado con justicia, basta su palabra para que le sea conferido lo que merece; cuando el reino es mal gobernado y haya disturbios, basta su silencio para salvarse»[6]
«La pompa y la ostentación sirven de muy poco para la conversión de los pueblos».

Es un ministro de excelente virtud aquel que a pesar de encontrase en un gobierno degradado y corrupto sigue siendo honrado y honesto. Este ministro solo tiene dos opciones, pasar inadvertido o dimitir hasta que el gobierno sea honesto. Cuando esto suceda el ya no pasará inadvertido y obtendrá todo lo que merece. Termina el texto haciendo alusión al absurdo despilfarro de algunos gobiernos. Y terminamos con ejemplos del último texto: las Analectas.

«Quien pretenda someter a los hombres por la fuerza de las armas no alcanzará la sumisión de sus corazones; por esto, la violencia nunca es suficiente para dominar a los hombres. Quien conquista a los hombres por la virtud, consigue que todos se sometan a él sin reservas y con corazón alegre.»[7]
Una vez más Confucio, ahora en otro texto, pretende decirnos que es la educación y la fuerza en las virtudes morales la que convierte a las personas y que los castigos y la violencia harán que estas obren bien por temor, pero no por vergüenza, y es la vergüenza la que produce en cambio radical en el ser humano. Más ejemplos en su texto más famoso, Las Analectas, sería el siguiente que hace referencia a los atributos y virtudes que debe tener un gobernante virtuoso:
«Para gobernar un estado de mil carros hay que tener respeto por sus asuntos, tener confianza, ser económico en el gasto, amar a los hombres y no hacer levas más que en los tiempos apropiados.»[8].
«Si para gobernar al pueblo se usa el poder, la ley y los castigos, el pueblo se comportará bien por miedo, pero no se avergonzará de su mala conducta».
«Si para gobernar al pueblo se utiliza la virtud y los ritos, este tendrá una conducta correcta y además será honesto.»[9].
Conclusión
Esto es la filosofía de Confucio en cuanto a la política. Sí el pueblo no se comporta bien por miedo, este no se convertirá al bien puesto que no se avergüenza de lo que ha hecho. Por lo tanto, no sirve de nada gobernar por medio de los castigos. Cuando para gobernar al pueblo se utiliza la educación y la virtud, este sí se avergonzará de sus actos y tendrá una conducta correcta y voluntaria. De esto se trata el gobierno mediante la virtud.
Bibliografía

-          Cheng, A. Historia del pensamiento chino, Bellaterra, Navas de Tolosa, 2012.
-          Elorduy, C. Romancero Chino, Editora Nacional, Madrid 1984.
-          Kant, I. Crítica de la razón práctica, F.C.E, México, 2005.
-          Kaizuka, S. Vida y pensamiento de Confucio, J de Olañeta , Palma de Mallorca 2004.
-          Pérez Arroyo, J. Confucio: Los cuatro libros, Espasa libros, Barcelona 2014.
-          Wilhelm, R, I Ching, Libro de las Mutaciones, Edhasa, Barcelona, 1977.
-          Xinzhong, Y, El Confucianismo, Cambridge University Press, Madrid, 2001.




[1] Arroyo Pérez, Javier. La Gran Ciencia. Cap.IV
[2]  Ibid, cap IX
[3]  Ibid, cap. X
[4] Ibid
[5] Arroyo Pérez; Javier. El Justo Medio
[6] Ibid
[7] Arroyo Pérez, Las Analectas
[8] Ibid cap. I, 5
[9] Ibid, cap.II, 3

jueves, 11 de mayo de 2017

Lo Santo en Rudolf Otto

Por: Carmelo Morales Marcos, profesor y doctorando por la Universidad Complutense de Madrid.

Correo electrónico: karmelo7777@hotmail.com


Introducción

La presente reseña o breve ensayo trata de mostrar cómo los textos monoteístas del Antiguo Testamento están presente en la pluma y mente de los pensadores modernos, desde Immanuel Kant hasta Derrida, pasando por pensadores de la talla de Schleiermacher, Schelling, Kierkegaard, Otto o María Zambrano.
El objetivo del presente trabajo es presentar el concepto numinoso en Rudolf Otto, para seguidamente observar cómo dicho concepto se aplica cabalmente en el Antiguo Testamento, pero más concretamente en el libro de Job. Relato que, por sus características, se ajusta perfectamente a lo que Otto llamará Misterium o numinoso.
Para ello, comenzaremos aclarando y explicando qué entiende Otto por numinoso y cómo esto para él es el elemento esencial de toda religión. Muy en contraposición de lo que Kant proponía, que era el elemento racional lo más importante en toda religión. Para ello el filósofo prusiano se apoyará en otro relato distinto, también del Antiguo Testamento: el episodio del Sacrificio de Isaac.
Pues bien, esta dialéctica ha suscitado dos tipos de bandos: en uno estarían los que defienden el elemento racional como el más esencial en la religión, aquí entrarían, entre otros muchos, Kant o Schelling, y utilizarán el relato del Sacrificio de Isaac como paradigma para defender que tiene que preponderar lo racional ; el otro grupo lo compondrían los que creen que es el elemento numinoso el principal a tener en cuenta en la religión, en este grupo estarían, entre otros, Derrida, Kierkegaard, Schleiermacher y Otto, estos últimos utilizarán como elemento primordial para defender su tesis de lo numinoso el relato de Job. Bien, pues a Rudolf Otto y a su obra Lo Santo va dedicada esta reseña o pequeño ensayo, y nos centraremos más concretamente en su capítulo 11 Lo Numinoso en el Antiguo Testamento, capítulo que está compuesto en gran parte por el relato del libro de Job.

Lo numinoso en la obra de Rudolf Otto

Otto denuncia en su obra Lo Santo que los predicados que se aplican a la divinidad son erróneos, sobre todo porque corresponden a elementos personales y racionales y la esencia de la divinidad no es eso. Otto es de otra opinión. En su obra “Lo santo” dice lo siguiente: “Hay que salir al paso de un equívoco que puede conducir a una visión parcial e incorrecta, y es la idea de que los predicados racionales apuran y agotan la esencia de la divinidad”*. Argumenta que parece a menudo que lo racional es todo, se refiere a que los predicados racionales dejan inexacta la idea de divinidad. Aquí empieza para él la primera contraposición entre racionalismo y lo que él llama religión profunda.
Por lo tanto tenemos que la verdadera diferencia entre los racionalistas y lo que propone Otto en su obra es que los primeros piensan que el elemento esencial en la religión es el razonamiento o que tiene una gran preponderancia lo racional en la religión, y nuestro autor defiende justo lo contrario. De lo que Otto se queja es de una tendencia a la racionalización de todo, pero sobre todo en teología. Hay que tener en cuenta que este autor, además de ser un gran erudito en el estudio comparativo de las religiones, fue un gran teólogo protestante alemán.
Lo que se llama en esta obra lo santo, es más que bueno, y ese más es lo que dirá Otto que es lo numinoso. Es decir lo numinoso es lo que queda de lo santo o sagrado cuando le restamos esa parte moral. El autor explica muy bien cómo la palabra santo en otras lenguas antiguas como el hebreo, el latín o el griego no tenía ningún componente moral, o sea, relacionado con la bondad. Sin embargo, las lenguas modernas ya sí han adoptado esta palabra relacionándolo con la idea de bueno.
Para él lo numinoso es cuando se pasa el primer estadio de lo demoniaco, sería el sentimiento de absoluta dependencia (no exactamente como lo define Schleiermacher) y el sentimiento de humildad. Nuestro autor pone un ejemplo para explicarlo y es cuando Abraham osa hablar con Dios sobre la muerte de los sodomitas y dice: “He aquí que yo me atrevo a hablarte, yo que soy polvo y ceniza”**. Este ejemplo define bien lo que el autor se refiere con numinoso, o sea, temblor, miedo, misterio, recogimiento interior, etc.,
*Otto, R, Lo Santo. Alianza, Madrid, 2005, I, pag10.
**Genesis, I, 18, 27.

Lo numinoso en las oraciones judaicas

Otto también denomina lo numinoso como misterium tremendum, como terror y temblor. Y pone como ejemplo a la liturgia del Jom Kippur, el gran día de la expiación de los judíos, esta es muy rica en oraciones e himnos numinosos, según él. «Deja JHVH, nuestro Dios, que tu terror descienda sobre todas tus criaturas y tu respetuoso miedo sobre cuanto has creado; que te teman todas tus criaturas y ante Ti se humillen todos los seres, y todos ellos formen una alianza para cumplir tu voluntad de todo corazón, tal como la conocemos. JHVH, nuestro Dios, que el imperio está en Ti, el poder en tus manos y la fuerza en tu diestra y tu nombre exaltado sobre todo cuanto has creado.»
También el alemán pone como ejemplo el Cadosch atta: «Santo eres y terrible es Tu nombre, y no hay ningún Dios fuera de ti, como está escrito: Y exaltado es JHVH Zebaoth en justicia y el santo Dios santificado en justicia».

Lo mismo ocurre en los magníficos cantos de Jigdal Elohim Chaj y Adon'olam, así como en algunos trozos de la «Corona del Rey», de Salomón ben Jehudah Gabirol; por ejemplo, el titulado Niflaim:

Maravillosas son tus obras
y mi alma lo conoce y lo sabe.
Tuyos, ¡oh, Dios!, son el poder y la grandeza,
el resplandor, la gloria y la alabanza.
Tuyo el imperio sobre todas las cosas,
la riqueza y el honor.
Las criaturas de lo alto y de lo bajo atestiguan que Tú permaneces
cuando ellas se hunden en el vacío.
Tuya es la fuerza, en cuyo misterio
se fatiga el pensamiento;
pues Tú eres más poderoso
que sus límites.
Tuyo el velo de omnipotencia,
el misterio y el fundamento primero.
Tuyo el nombre oculto a los hombres de la luz,
y la fuerza que, sosteniendo el mundo sobre la nada,
declara lo que está secreto en el día del juicio.
Tuyo el trono, eminente sobre la cima de la grandeza,
y la mansión, tras los misteriosos velos del éter.
Tuya la existencia, de cuya luz irradia toda vida,
de la que decimos que nosotros en su sombra fluctuamos.


Creo que queda claro en estos textos cómo aflora las características de lo que Otto llama numinoso.

Lo numinoso en el Antiguo Testamento

Explica Otto que en toda religión palpitan los sentimientos de lo irracional y numinoso. Sin embargo, yo pienso al contrario que él, esto no pasa en todas las religiones, de hecho no sé dónde se encuentra lo numinoso en el Budismo o en el Taoísmo. Él matiza que en ninguna sobresale de igual manera que en la bíblica. Para él lo misterioso caracteriza la naturaleza de Yahveh y Elohim, que es también el «padre celestial» de Jesús.
Pone como ejemplo de numinoso el relato del segundo libro de Moisés, de cómo Yahveh, colérico, ataca a Moisés en la noche y quiere quitarle la vida*. Dice que este relato conserva todavía ese carácter, y, sin embargo, a nosotros nos produce una impresión casi pavorosa. Y nombra también, como auténticamente numinoso, la aparición de Dios en la zarza ardiente y el versículo siguiente del libro segundo de Moisés: «Entonces Moisés cubrió su rostro porque tuvo miedo de mirar a Elohim.»**
Interesante es la apreciación de Rudolff Otto sobre el cambio de giro de una religión numinosa a otra más racional. Se supera el estadio demoniaco según él, luego fue con la religión de Moisés cuando comienza el proceso de moralización y racionalización universal de lo numinoso y su consumación en el sentido de lo santo. Luego se perfeccionará en las profecías y en los evangelios. Según Otto ya en el segundo Isaías se puede ver su pretensión fundada a ser una religión mundial. Peca también nuestro autor de cierto religiocentrismo al afirmar que es aquí donde demuestra el cristianismo su clara superioridad sobre el islamismo, eso sí, insiste que esta moralización y racionalización no es superación de lo numinoso, sino superación de su exclusivo predominio. Ella se realiza dentro de lo numinoso y queda incluida en ello y no al contrario. Y sigue explicando sobre el segundo Isaías, sobre todo desde el capítulo XL al LXVI, que si en algún sitio encontramos la bondad, omnipotencia, sabiduría y confianza divina, entendidas por modo conceptual y claro, es aquí. De hecho, la palabra santo, se repite en el segundo Isaías cincuenta veces y siempre en los lugares donde puede producir más sensación.

* cap. IV, 26
**capítulo III, 6

Lo numinoso en el libro de Job

Además de la palabra santo, se emplean expresiones afines, tales como su furor, su celo, su cólera, su fuego devastador. Para Otto, todas ellas significan, no tan sólo su justicia vengadora ni tampoco tan sólo el Dios que obedece a su temperamento y vive en intensa pasión, sino todo junto, impregnado del carácter tremendo, misterioso y con su irracional esencia divina. Y sigue ratificando su tesis cuando afirma en contra del Dios de los filósofos, que el Dios viviente, el Dios que se encoleriza y ama, el Dios de los afectos, siempre se ha acudido a él, consciente o inconscientemente.

Pero donde nuestro autor hace más hincapié en el aspecto misterioso de lo numinoso y en toda su pureza es en el capítulo XXXVIII del libro de Job, que figura entre los más notables de la historia de la religión. Job ha pleiteado con sus amigos contra Elohim, y sostiene frente a ellos su causa. Estos han tenido que callarse a sus razones. Entonces aparece el propio Elohim para defenderse por sí mismo. Y lleva su defensa con tal fortuna que Job se declara vencido, y vencido realmente y por derecho, y no tan sólo forzado al silencio por la mera prepotencia, dice Otto, y resalta las palabras de Job: «Por tanto, me aborrezco y me arrepiento en el polvo y la ceniza». Para el alemán esta es la señal que atestigua el estar convencido íntimamente de una superioridad, esto es humillación ante algo superior.

Sigue hablando Otto sobre el capítulo XXXVIII del libro de Job, y dice que no se renuncia a justificar a Dios ni se confiesa la imposibilidad de hacerlo, sino, que por el contrario, se declara que debe darse una justificación plausible de Dios, y una justificación que sea mejor que la de los amigos de Job, una que pueda convencer hasta Job, y no sólo convencerle, sino serenar su espíritu ahogado por la duda. Hay también para él, en la rara emoción que Job experimenta ante la revelación de Elohim, una distensión interior de su tormento espiritual y un apaciguamiento. Y dice que este apaciguamiento sería bastante por sí sólo para resolver el problema del libro de Job sin necesidad del añadido suplemento posterior en el capítulo XLII.


Sigue explicando Rudolf Otto que se invoca a la maravilla, al prodigio absoluto y lo hace aludiendo al pasaje de Job donde el águila que anida en la roca, hace de su picacho una atalaya desde donde acecha la presa, cuya sangre chupan sus polluelos, que no es ejemplo de una sapiencia que medita fines y que todo lo prepara con prudencia y sutileza, dice Otto, sino este águila es más bien lo extraño y maravilloso, a cuyo través se intuye el prodigio de su creador.

También recurre el autor a la conducta misteriosa de otros animales; la cabra montesa del versículo 4; y el asno salvaje del versículo 8. Y dice que aquí se manifiesta el misterio, a la vez como fascinante y como augusto. Estos dos aspectos palpitan en el libro de Job, no en claros conceptos racionales, sino en el tono, en el entusiasmo y ritmo de toda la composición. Otros ejemplos de este libro a los que alude Otto son: el misterio como las gamuzas del versículo 1, el de los ciervos en el versículo 4, el de la sabiduría de los relámpagos del capítulo XXXVIII, versículo 36, el de la inteligencia de los signos celestes, con su misterioso ir y venir, aparecer y desaparecer, o el de las extrañas Pléyades. Todos estos ejemplos y algunos más le sirven a Otto como modelos para expresar la idea de lo numinoso, de lo tremendo, de lo terrible, o misterioso.

Lo racional en la religión según Kant

En la historia de la literatura universal existen pocos relatos como el del sacrificio de Isaac que dejen sentir lo sorprendente del Absoluto y el temor de la criatura ante su soberanía suprema. No es casual que fuese a partir de la Ilustración cuando se planteó y se cuestionó con toda su fuerza la crisis general del texto bíblico, al cuestionar la lectura literal permitió establecer la cuestión decisiva acerca del carácter real del hecho y, así, el significado supuso un nuevo problema. Kant lo expresó magníficamente con un razonamiento difícil de refutar y bien conocido:"Como ejemplo puede servir el mito del sacrificio que Abraham, por mandato divino, quería llevar a cabo inmolando y quemando a su único hijo, con el agravante de que el pobre niño, sin saberlo, llevaba la leña. Abraham debería haber respondido a esta pretendida voz divina<< que no debo matar a mi hijo es completamente cierto; pero que tú, que te me apareces, seas Dios, de esto no estoy seguro, ni podría estarlo aunque esa voz resonase desde el cielo visible>>*.
Kant dice a este respecto: “Esta terrible voluntad se basa en documentos históricos y no es apodícticamente cierto. La revelación ha llegado a él solo a través de los hombres y solo interpretada por estos. Por lo tanto es posible que aquí haya un error”**. Los dos motivos de fondo de su razonamiento son, por un lado, que no es posible demostrar con seguridad la realidad empírica de una revelación divina y, por otro, que el contenido de cualquier revelación efectiva no puede contradecir los principios de la moralidad auténtica. Kant duda de que sea Dios mismo quien da esa orden a Abraham y que posiblemente sea una trampa demoniaca. Critica cualquier fe que se oponga a la injusticia. Si aquí la muerte se justifica por la fe, en el caso de un inquisidor que quisiese matar a alguien porque piensa que es agradable a Dios, también lo justificaría. Después, tanto Derrida en su obra “Dar la muerte” como Kierkegaard en su obra “Temor y temblor” dirán que la singularidad del acto de Abraham se encuentra en el temor y temblor, o sea, en el sacrificio y no en una razón apodíctica de la razón. Autores modernos interpretan este acto no como documento histórico como Kant, sino como posibilidad de una justicia que mide el riesgo de una injusticia. Kierkegaard ve en el relato de Abraham el paradigma de la fe. En su obra Temor y Temblor dice que la fe comienza precisamente allí donde la razón termina. Tanto Derrida y Kierkegaard lo que plantean es una ética más allá del deber. Hay que tener en cuenta que en la época de Abraham eran comunes los sacrificios humanos. Pero es paradójico y choca con el mandamiento del decálogo de “no matarás”. En las palabras de Kant sobre este relato se anunciaban un cambio de época en el modo de comprender la revelación: por primera vez en la historia se ponen en cuestión, de manera expresa y por motivos de principio, tanto la verdad literal de todas las afirmaciones bíblicas como la realidad de los hechos empíricos que servían de soporte a su significado religioso. Era el mayor desafío cultural que tuvo que afrontar el cristianismo establecido, puesto que tocaba a la misma raíz de su fundamento.
*Clases magistrales de lecciones sobre la filosofía de la religión de Immanuel Kant.
**Kant, La religión dentro de los límites de la mera razón, Alianza, 1969. 4ªparte 2ª sección, 182.

Conclusión

Hemos visto cómo entroncan el punto de vista religioso de estos dos autores. Por un lado tenemos a Kant que afirma que no es posible una doctrina religiosa sin una ley moral en la conducta, y por otro a Rudolf Otto que, como se ha demostrado en este breve ensayo de su obra lo Santo, defiende la tesis de que los preceptos morales y racionales no agotan la esencia ni de la divinidad, ni de lo sagrado. Parece en un principio que no existe tanta contradicción entre los dos autores, porque el primero afirma que no puede haber religión sin moral y el segundo defiende que la moral no es lo único. El problema viene cuando Kant radicaliza su postura diciendo: “Los hombres, conscientes de su impotencia en el conocimiento de cosas suprasensibles, aunque conceden todo el honor a esa fe, no son fáciles de convencer de que la aplicación constante a una conducta moralmente buena sea todo lo que Dios pide de los hombres para que éstos sean súbditos agradables a él en su reino. No pueden, por lo tanto, pensar para sí su obligación de otro modo que como el estar obligados a algún servicio que han de hacer a Dios, en donde no importa tanto el valor moral interior de las acciones como más bien el que son hechas a Dios…. Deben saber que cuando cumplen sus deberes para con hombres, justamente por ello ejecutan también mandamientos de Dios…. Y que además es absolutamente imposible servir a Dios más de cerca de otro modo”*.
Kant concluye explicando que otra manera de intentar agradar a Dios es fanatismo religioso y que la única manera de servirle y agradarle es obrando moralmente bien. Además distingue dos tipos de religión, la cultural, que busca favores, y la religión moral, fundada en la conducta buena, la única que resulta agradable a Dios. Hay que decir que la influencia de la obra de Kant será enorme para la religión. Aunque no fuese su intención, su obra colaboró a la destrucción de la metafísica en la religión, y lo quisiera o no Kant, también inicia la era positivista mediante la cual todo lo que remite a la metafísica o religión es desacreditado como superstición. También dio paso a una ética libre de toda religión. Por otro lado, aparece el Humanismo que va sustituyendo a la religión, si la razón humana es la única responsable de la acción moral, el hombre puede ser un fin en sí mismo.
Por otro lado para Otto, aun cuando los predicados racionales están en el término más visible, dejan inexhausta la idea de la divinidad. Cuando habla de lo numinoso lo define como un estado algo más avanzado de lo demoniaco, poniendo como ejemplos muchos pasajes del Antiguo Testamento. A mí me gustaría preguntarle a este autor cómo se puede pasar de un primer pavor demoniaco que desasosiega y amedrenta a lo numinoso, si no se supiera, consciente o inconscientemente, que la divinidad es justa, bondadosa o misericordiosa. Porque si solo fuera poderosa e intimidatoria pero no tuviese ninguno de estos atributos morales o sirviese como modelo de esa Ley moral a la que se refiere Kant, veo muy difícil que se pudiese pasar del primer estadio demoniaco. Como dice Kant, ¿cómo diferenciarlo de la magia o de la superstición?
* Kant, La religión dentro de los límites de la mera razón, Alianza 1969. 3ª parte 1ª sección, 6, 104.

Bibliografía:

-Kant, I. (1969). La religión dentro de los límites de la mera razón. Madrid: Alianza.
-Kierkegaard, S. (2005). Temor y temblor. Madrid: Alianza.
-Otto, R. (1998). Lo Santo. Madrid: Alianza.

-Stendebach, F, J. (1996). Introducción al Antiguo Testamento. Barcelona: Herder.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Moral y religión en Kant Parte 1

Por: Carmelo Morales Marcos. Licenciado en Geografía e historia por la UNED; licenciado en Teoría de la Literatura por la Universidad Complutense de Madrid; máster en Ciencias de las Religiones por la Universidad Complutense de Madrid y doctorando en Ciencias de las Religiones por la Universidad Complutense de Madrid.

1. Introducción

Immanuel Kant
En el presente trabajo voy a exponer parte del pensamiento moral y religioso de Kant. Dividiré la exposición en dos partes: la primera, sobre las ideas de Kant con respecto a la religión y la segunda, una relación con las ideas de lo numinoso de Rudolf Otto. Lo haré así porque, como es bien sabido, el pensamiento moral y religioso de Kant es amplísimo e inabarcable en tan reducido espacio.
El objetivo del presente trabajo es, por tanto, ver hasta qué punto es importante la moral en la religión para Kant y si para él es posible que se sostenga una religión sin su parte moral, pues en sus textos se vislumbra que esta es, incluso, la única esencial en el fenómeno religioso.
Para ello, seguiremos textos sacados de sus obras, sobre todo de La religión dentro de los límites de la mera razón y Crítica de la razón práctica. Intercalaremos estos textos con comentarios propios y con algún que otro texto de Rudolf Otto.
En la historia de la literatura universal existen pocos relatos como el del sacrificio de Isaac que dejen sentir lo sorprendente del Absoluto y el temor de la criatura ante su soberanía suprema. No es casual que fuese a partir de la Ilustración cuando se planteó y se cuestionó con toda su fuerza la crisis general del texto bíblico: el cuestionamiento de la lectura literal permitió establecer la cuestión decisiva acerca del carácter real del hecho y, así, el significado supuso un nuevo problema.

2. La religión dentro de los límites de la mera razón moral en Kant
Kant lo expresó magníficamente con un razonamiento difícil de refutar y bien conocido: “Como ejemplo puede servir el mito del sacrificio que Abraham, por mandato divino, quería llevar a cabo inmolando y quemando a su único hijo, con el agravante de que el pobre niño, sin saberlo, llevaba la leña. Abraham debería haber respondido a esta pretendida voz divina<< que no debo matar a mi hijo es completamente cierto; pero que tú, que te me apareces, seas Dios, de esto no estoy seguro, ni podría estarlo, aunque esa voz resonase desde el cielo visible>>”[1].
Kant dice a este respecto: “Esta terrible voluntad se basa en documentos históricos y no es apodícticamente cierto. La revelación ha llegado a él solo a través de los hombres y solo interpretada por estos. Por lo tanto, es posible que aquí haya un error”[2].
Los dos motivos de fondo de su razonamiento son, por un lado, que no es posible demostrar con seguridad la realidad empírica de una revelación divina y, por otro, que el contenido de cualquier revelación efectiva no puede contradecir los principios de la moralidad auténtica. Kant duda de que sea Dios mismo quien da esa orden a Abraham y sospecha que sea, más bien, una trampa demoniaca. Al hacerlo, critica cualquier fe que se oponga a la injusticia, razonando que, si aquí la muerte se justifica por la fe, en el caso de un inquisidor que quisiese matar a alguien porque piensa que es agradable a Dios, también lo justificaría.
Después, tanto Derrida en su obra Dar la muerte como Kierkegaard en su obra Temor y temblor dirán que la singularidad del acto de Abraham se encuentra en el temor y temblor, o sea en el sacrificio y no en una razón apodíctica de la razón. Autores modernos interpretan este acto no como Kant, como un documento histórico, sino como la posibilidad de una justicia que mide el riesgo de una injusticia. Kierkegaard, incluso, ve en el relato de Abraham el paradigma de la fe: en su obra Temor y Temblor dice que la fe comienza precisamente allí donde la razón termina. Por ello, es posible afirmar que Derrida y Kierkegaard plantean una ética más allá del deber. Hay que tener en cuenta que en la época de Abraham eran comunes los sacrificios humanos. Pero es paradójico y choca con el mandamiento del decálogo de “no matarás”.
En las palabras de Kant sobre este relato se anunciaba un cambio de época en el modo de comprender la revelación: por primera vez en la historia se ponen en cuestión, de manera expresa y por motivos de principio, tanto la verdad literal de todas las afirmaciones bíblicas como la realidad de los hechos empíricos que servían de soporte a su significado religioso. Era el mayor desafío cultural que tuvo que afrontar el cristianismo establecido, puesto que tocaba a la misma raíz de su fundamento: la autoridad de la revelación bíblica. Era la crisis del principio de la inspiración literal.
Otto es de otra opinión. En su obra Lo santo dice lo siguiente: “Hay que salir al paso de un equívoco que puede conducir a una visión parcial e incorrecta, y es la idea de que los predicados racionales apuran y agotan la esencia de la divinidad”[3].
Vamos a ir viendo paulatinamente cómo entroncan los puntos de vista religiosos de estos dos autores. Por un lado, tenemos a Kant, que afirma que no es posible una doctrina religiosa sin una ley moral en la conducta, y por otro a Rudolf Otto, que dice que los preceptos morales y racionales no agotan la esencia de la divinidad, de lo santo. De momento no parece que exista tanta contradicción entre los dos autores, porque según se puede observar las dos proposiciones son compatibles: el primero afirma que no puede haber religión sin moral y el segundo defiende que la moral no es lo único. Esto no es contradictorio, aunque lo parezca. Seguimos con las ideas de Kant: “Jamás se puede probar inequívocamente la existencia de un ser cuando no hay ninguna experiencia ni ninguna intuición que sean adecuadas a su concepto. Nadie puede estar primeramente convencido, por una intuición cualquiera, de la existencia del ser supremo; la fe racional tiene que preceder”[4].
He elegido este pasaje del autor prusiano porque refleja muy bien lo que piensa sobre el relato bíblico de Abraham. Cuando dice en su obra La religión dentro de los límites dentro de la mera razón que “Nadie puede estar primeramente convencido, por una intuición cualquiera, de la existencia del ser supremo y que tiene que prevalecer la razón” se puede trasladar perfectamente a la afirmación que hace sobre el pasaje bíblico de Abraham, cuando dice que este debía haber contestado “tú, que te me apareces, seas Dios, de esto no estoy seguro, ni podría estarlo, aunque esa voz resonase desde el cielo visible”.
Lo que trata de decir Kant es que por esta vía es imposible llegar a tener la seguridad de Dios o de entender la divinidad y que sin embargo la vía de la ley moral no da lugar a equívocos: “Los hombres, conscientes de su impotencia en el conocimiento de cosas suprasensibles, aunque conceden todo el honor a esa fe, no son fáciles de convencer de que la aplicación constante a una conducta moralmente buena sea todo lo que Dios pide de los hombres para que éstos sean súbditos agradables a él en su reino. No pueden, por lo tanto, pensar para sí su obligación de otro modo que como el estar obligados a algún servicio que han de hacer a Dios, en donde no importa tanto el valor moral interior de las acciones como más bien el que son hechas a Dios…. Deben saber que cuando cumplen sus deberes para con hombres, justamente por ello ejecutan también mandamientos de Dios…. Y que además es absolutamente imposible servir a Dios más de cerca de otro modo” [5].

Kant sigue ahondando en la importancia de la buena conducta o conducta moral como medio para acercarse más a Dios. Pero va más allá: “Todo lo que, aparte de la buena conducta de vida, se figura el hombre poder hacer para hacerse agradable a Dios es mera ilusión religiosa y falso servicio de Dios… Persuadirse de poder distinguir los efectos de la gracia de los de la naturaleza (de la virtud), o incluso de poder producir en sí los últimos mediante los primeros, es fanatismo. La ilusión de conseguir mediante acciones religiosas de culto algo con respecto a la justificación ante Dios es la superstición religiosa; así como la ilusión consistente en querer hacerlo mediante el esfuerzo en orden a un supuesto trato con Dios es el fanatismo religioso. Es ilusión supersticiosa querer hacerse agradable a Dios por medio de acciones que todo hombre puede hacer sin que tenga que ser un hombre bueno. Es llamada supersticiosa porque elige para sí simples medios de naturaleza (no morales), los cuales por sí no pueden obrar absolutamente nada. …De un chamán tungús al prelado europeo, que gobierna a la vez la iglesia y el Estado, o (si en vez de a los jefes y dirigentes miramos sólo a los adeptos de la fe según su propio modo de representación) entre el vogul, totalmente sensitivo, que se pone de mañana la garra de una piel de oso sobre la cabeza con la breve oración, y el sublimado puritano e independiente de Connecticut, hay ciertamente una importante distancia en la manera, pero no en el principio de creer; pues por lo que toca a éste pertenecen todos ellos a una y la misma clase, a saber: la de los que ponen su servicio de Dios en aquello que en sí no hace a ningún hombre mejor. Sólo los que piensan encontrar ese servicio únicamente en la intención de una conducta buena se diferencian. Si lo piensan como ser moral, entonces fácilmente se convencen por su propia Razón de que la condición para conseguir el agrado de aquel ser ha de ser su conducta moralmente buena, particularmente la intención pura como principio subjetivo de ella. Pero el ser supremo quizá puede también querer ser servido, además, de un modo que no puede sernos conocido por la mera Razón, a saber: mediante acciones en las cuales, por sí mismas, no echamos de ver nada moral, pero que son emprendidas por nosotros arbitrariamente, como dispuestas por él o bien solamente para atestiguar nuestra sumisión hacia él. …Ahora bien, el hombre que usa de acciones que por sí mismas no contienen nada agradable a Dios (moral) como medios para conseguir la complacencia divina incondicionada en él y con ello el cumplimiento de sus deseos, está en la ilusión de poseer un arte de lograr un efecto sobrenatural por medios totalmente naturales; a tales intentos se les suele llamar magia, palabra que, sin embargo (dado que lleva consigo el concepto secundario de una comunidad con el principio malo, mientras .que aquellos intentos pueden también ser pensados como por lo demás emprendidos, por un malentendido, con una mira moral buena), queremos cambiar por la palabra, por lo demás conocida, fetichismo” [6].
Va más allá, porque dice que, aparte de la buena conducta de vida, todo lo que se figure el hombre poder hacer para hacerse agradable a Dios es mera ilusión religiosa y falso servicio de Dios. 
Aquí vemos que su idea se radicaliza y va chocando con los postulados de Otto en su obra Lo santo cuando dice: “¡Ojalá sirva de saludable acicate el observar que la religión no se reduce a enunciados racionales!”[7].
Estoy totalmente de acuerdo con Kant en cuanto a que en la religión lo más importante es la moral y por tanto la buena conducta, pues únicamente de este modo la religión puede conseguir que el mundo vaya a mejor. También estoy de acuerdo con él en que no se debería aceptar ninguna religión que no vaya acompañada de esta ley moral, porque de otra forma estarían justificadas las masacres e injusticias de la inquisición o cualquier fanatismo religioso, como justificar dar muerte al prójimo por una inspiración divina. Pero no estoy de acuerdo con Kant en que todo lo que el hombre haga, aparte de una buena conducta, no va agradar a Dios, porque pienso que el respeto, la admiración o el recogimiento interior al orar es importante para Dios, pero Kant no le da importancia alguna (esto es lo que Otto denuncia). Ahora, sí pienso como Kant en cuanto a que lo más importante para la divinidad es la buena conducta, pero no lo único, como parece decir Kant.
Supongamos que todos los humanos del mundo estuviéramos adoctrinados por una religión que no diese ninguna importancia a la Ley moral y que casi nadie practicase la buena conducta, pero le diese mucha importancia al culto y a los sacrificios. Ahora supongamos otro mundo paralelo donde no se practicase la adoración a la divinidad, ni los sacrificios, pero que en dicha religión tuviese una importancia vital la buena conducta, ¿Cuál de las dos religiones colaboraría más al progreso de la humanidad? 
Por lo tanto, siguiendo con Kant, él distingue dos religiones, la histórica y particular y la universal, esta última deducida de la Ley Moral inscrita en el corazón de todo hombre: “El hombre muestra la necesidad, operada moralmente en él, de pensar en relación a sus deberes también un fin último como el resultado de ellos. Así pues, la Moral conduce ineludiblemente a la Religión, por lo cual se amplia, fuera del hombre, a la idea de un legislador moral poderoso en cuya voluntad es fin último (de la creación del mundo) aquello que al mismo tiempo puede y debe ser el fin último del hombre” [8].
También podemos observar cómo un mismo término puede tener un significado muy distinto para cada autor. Kant afirma que lo que nos conduce a los misterios santos es la realización de la idea del fin último moral.

BIBLIOGRAFÍA:
-DERRIDA, J. (2006); Dar la muerte, Paidos Ibérica, Barcelona
-KANT, I. (1969); La religión dentro de los límites de la mera razón, Alianza, Madrid
-KANT, I. (2005); Crítica de la razón práctica, FCE, México.
-KIERKEGAARD, S. (2005); Temor y temblor, Alianza, Madrid
-OTTO, R; (1998). Lo Santo, Alianza, Madrid
-STENDEBACH, F, J. (1996); Introducción al Antiguo Testamento, Herder, Barcelona




[1]Clases magistrales de lecciones sobre la filosofía de la religión de Immanuel Kant.
[2] Kant, La religión dentro de los límites de la mera razón, Alianza, 1969. 4ªparte 2ª sección, p. 182.
[3] Otto, Rudolf, Lo Santo. Alianza, Madrid, 1998, 1 p.10.
[4] Kant, Crítica de la razón práctica. FCE, México, 2005, p.164.
[5] Kant, La religión dentro de los límites de la mera razón, Alianza 1969. 3ª parte 1ª sección, 6, p. 104.
[6] Kant, La religión dentro de los límites de la mera razón, Alianza, Madrid 1969, 4ªparte. 2ª sección, 2. p. 166-174.
[7] Otto, Rudolf, Lo Santo. Alianza, Madrid, 1998, 2, p. 12.
[8] Kant, Crítica de la razón práctica, FCE, México, 2005, p. 154.