viernes, 9 de diciembre de 2016

La reforma luterana y su repercusión en la definición del templo: el sentimiento de una "iglesia distinta".


Por: Adoración González Pérez. Doctora en Historia del Arte por la Universidad Autónoma de Madrid.

Correo electrónico: adorig@yahoo.es



“Mi conciencia es prisionera de la palabra divina; yo no puedo ni quiero retractarme de nada, puesto que no es seguro ni honesto obrar contra la conciencia”.
M. Lutero frente a Carlos V, 1521, Dieta de Worms.

Datos históricos

Iglesia de Karlskrona, región de Blekinge. Götaland. Suecia. 1720-1740.
Durante el siglo XVI se vive una profunda transformación religiosa en algunos países de Occidente que, a lo largo de la Edad Media habían estado sometidos a la autoridad del Papa y a las normas de la curia romana. En esta situación que llevó a la ruptura de la unidad cristina, una serie de iglesias e instituciones  se desmarcaron del Papado y con su protesta encauzaron un nuevo sentimiento religioso y espiritual, un nuevo dogma de fe.
Martín Lutero, monje agustino  y teólogo por la cátedra de Wittenberg en 1508, manifestó desde joven un espíritu escrupuloso con los asuntos de la religión, hasta el punto de torturarse interiormente en esa búsqueda imposible de la perfección.
En su apasionado proceso religioso y de pensamiento desembocó en una tremenda ruptura con la Iglesia de Roma, en el momento cumbre de la consolidación del Papado y a través de su esplendorosa obra propagandística, la construcción de San Pedro, y la concesión de las indulgencias por León X.
Al quedar proscrito por el Emperador el camino estaba sembrado para la divulgación de una versión diferente del credo. Y esto vino de la mano del Elector de Sajonia que lo acogió en su castillo de Wartburg, donde comenzó la traducción de la Biblia y creó la lengua alemana moderna. Su doctrina se extendió con rapidez y caló en todas las clases sociales, y más entre aquellos que habían sido presionados por las exigencias del nuevo capitalismo burgués, y entre el campesinado que vio una vía para reclamar mejores condiciones que, finalmente dieron malos resultados sociales y económicos.[i]
Los primeros príncipes del territorio europeo que adoptaron el luteranismo, siempre con el explícito deseo de alcanzar cierto poder eclesiástico fueron, además del Elector de Sajonia, el landgrave de Hesse y Alberto de Brandeburgo, Gran Maestre de la Orden Teutónica. La extensión fue incontrolable y surgieron adeptos a la causa por muchos países, en ocasiones sin clara conciencia de ello, sino por intereses marcados según los tiempos vividos. Un ejemplo interesante fue el del conocido “grupo de Meaux”, apoyado por Margarita de Navarra y del rey francés, Francisco I. pero los citados intereses de las “potencias” del momento, por decirlo de alguna forma, provocaron problemas graves y decisiones políticas injustas, llegando casi al exterminio de algunos grupos. Los suecos, los daneses, la parte de los ciudadanos de Amberes y otros más consolidaron una liga para enfrentarse a los católicos, y en ese contexto es cuando surgió el calificativo de “protestantes”. Un concepto de frontera surgía para establecer a lo largo del tiempo las diferencias  de intereses entre los Estados. Como consecuencia del autoritarismo de Trento estallaron las llamadas guerras de religión entre los católicos y los nuevos cristianos protestantes.
En 1553 Carlos V, por la paz de Augsburgo, tuvo que reconocer oficialmente al luteranismo. La línea divisoria entre las dos Europas pasaba por Gran Bretaña, Holanda, mitad de Alemania y Suiza. Al norte de esa línea se encontrarían los países protestantes, al sur los católicos.
Pero, a partir de esa fecha, el principio de cujus regio, ejus religio,  se aplicó de inmediato: todos aquellos que adoptaron el luteranismo debían restituir los bienes eclesiásticos a la iglesia romana. Solo los dos tercios de Alemania, Sajonia, Turingia, Brandeburgo, Brunswick, Westfalia y valle del Rin, salvo los principados de Tréveris, Maguncia y Colonia, eran luteranos. Desde ahí se iría extendiendo hacia  Letonia, Escocia, Inglaterra y, en adelante, hacia otros continentes. A su vez, para los católicos se fijaban importantes áreas de control, donde tendrían cabida estados como Italia, España, Francia, Portugal, sur de los Países Bajos, cantones de Suiza, sur de Alemania, Irlanda, Polonia, Lituania, Checoslovaquia, parte de Hungría, norte de Yugoslavia, sin  olvidarnos de las zonas conquistadas en las tierras americanas y orientales.

La iglesia conceptual: Espacio arquitectónico/ versus espacio ideológico.

Sin poder renunciar a ser una institución en sí misma, la iglesia como tal surgía en medio de un sistema de poder admitido ya en pleno fervor renacentista. Es así como la Iglesia quedaba sometida al gobierno civil y al poder absoluto del príncipe y se establecían unas jerarquías para la secularización de los bienes eclesiásticos. Un príncipe designaría a los pastores y superintendentes para inspeccionar las iglesias y velar por la pureza del culto.
Uno de los objetivos de la Reforma era la recuperación del fundamento más puro de la fe que los creyentes fijaron en la base tangible de la doctrina cristina. La difusión de la Biblia, donde se hallaba la palabra misma de Cristo revivió el sentido y el lenguaje de la Iglesia en su más primitiva simplicidad.
Conforme a esto, la organización del dogma eclesiástico se fijaba en los Evangelios, al margen de las tradiciones Papales. Solo el hombre, el individuo, en su fuero interior, podía interpretar la Sagrada Escritura según su conciencia.
La creencia absoluta en la santidad exclusiva de Dios, como es conocido dentro de su rito, implicaba la desaparición de ciertos cultos y, en consecuencia, de protocolos rituales en el ejercicio de la fe. Así, ni santos, ni Virgen, ni imágenes pintadas o esculpidas. Dentro del proceso de definición de una nueva fe, y con la situación crítica de toda la ideología religiosa del siglo XVI, Lutero llegó a rozar la herejía monofisita. Pero, los principios elaborados nos permiten comprender el sentido purista del templo como lugar de oración y celebración de su liturgia, en la concreción de un lenguaje  exclusivamente  formal y exento de decorativismo o exuberancia.
El culto se simplificaba, reducido a la instrucción, al sermón, al canto de los salmos y, excepcionalmente los domingos, a la celebración de la misa. Se conservarían algunos elementos: altar, cirios y ornamentos sagrados. La confesión no era obligatoria.
La rama protestante, luterana, se haría tangible en sus actitudes y protocolos a través del modelo de iglesias evangélicas; mientras que aquellos templos que sufrieron los cambios propiciados por los calvinistas y por la influencia de las predicaciones de Huldrych Zwingli manifestarían a su vez otros modos de participación en el ejercicio de la fe. En este sentido, las sectas jugaron un papel importante, entre las que fue decisiva también la labor de los anabaptistas y anglicanos.
Esas señas de identidad que permitirían acercarnos a la comprensión del sentimiento religioso, tangible en la forma y atmósfera interior de los templos, solo pueden valorarse desde premisas diferentes que conviene recordar:
·         En cuanto a la fe, las iglesias protestantes ratifican la autoridad soberana de las Sagradas Escrituras sobre el Papado y el colegio cardenalicio.
·         Es al fiel creyente al que corresponde esa libre interpretación de lo escrito en los libros sagrados, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Se admiten solo los sacramentos creados directamente por Cristo, el bautismo y la comunión.
·         El culto exclusivo a Dios, al abandonar la parafernalia de santos, vírgenes y reliquias, nos dejará un templo puro, y formalmente transparente en la delimitación de sus zonas, sin ambages ni vínculos con lo teatral.
·         Al suprimir el tipo de confesión que había introducido la Iglesia Católica entre los siglos XIV y XV, los rituales se simplifican y, por ende, las jerarquías, votos y otros compromisos de los monjes.

Una sensibilidad diferente dentro de las normas formales barrocas.

La relación de fuerzas entre los distintos estamentos sociales en los diversos países de Europa, católica o no católica, iba a incidir de la misma manera  en el desarrollo de tantos estilos barrocos en cualquier aspecto de la creatividad.
En aquellos lugares donde el calvinismo arraigó, la grandeza divina se valoraba de tal forma que excluía no sólo la representación plástica de sus atributos, sino también cualquier iconografía que pudiera ofrecer centros de interés religioso distintos de la divinidad. “el arte nacido en estos círculos se limita a la representación de la propia comunidad de creyentes, sus ritos, sus costumbres, sus líderes”.[ii]
Allá donde la confesión religiosa se ponía al servicio del Estado, como era práctica común en las iglesias luteranas, se desarrolló cierto barroquismo, a través de elementos formales afines a los empleados por los católicos, pero que, al orientarse más a la exaltación del príncipe que a la de los héroes religiosos, condujo a fórmulas similares como las que se manifestaban den las edificaciones francesas, hecho que explica la difusión de los modelos franceses en numerosos países europeos.
En los países protestantes,  los arquitectos que buscaban una forma adecuada para los edificios de culto reformado, iban a  proponer una enorme variedad de tipos que no se  justificaban por las distintas exigencias funcionales o estructurales, sino por las alternativas planteadas en el debate cultural; algunas veces la casuística de los tipos edilicios es el resultado del trabajo de un solo proyectista, como en el caso de Wren, que construye las iglesias de Londres después del incendio de 1666[iii]. Los arquitectos también se señalaban profesionalmente como constructores, técnicos formados en el ambiente de las corporaciones  ciudadanas, ligados a una materia específica, la obra mural, y a un determinado procedimiento ejecutivo.
Como escribió L. Benévolo: “el constructor logra dominar los métodos científicos que se ajustan a los modelos establecidos y se capacita para desarrollarse en diferentes ámbitos dentro del abanico de las artes”. Pero hemos de entender que los cambios históricos y de mentalidad religiosa o cultural habrían de transformar también los criterios de interpretación del espacio de los templos, que es lo que nos ocupa.
 Bien es cierto que existen muchos paralelismos a lo largo del siglo XVII en las grandes ciudades de la época, en el sentido de hacer coincidir los intereses de la monarquía y de la propia burguesía con los criterios de reforma que se aplicaron a las ciudades en crecimiento. Es decir, la dimensión urbanística, así como las necesidades de adaptación del territorio constituyeron el marco estructural sobre el que se daría un sitio específico a cada edificio, bien fuera un templo como una construcción de carácter civil. Cambiarían los dirigentes pero no las necesidades y eso dio sentido a las obras arquitectónicas. La gran diferencia entre unos y otros está claramente definida por el poder eclesiástico. En los países protestantes, desaparece la iglesia como reguladora de la actividad arquitectónica.
Por referenciar algunos ejemplos, tan atrayentes como los de Roma u otra ciudad europea, citamos algunas iglesias con una importante trayectoria de fe, que se ajustaron en su conjunto a este nuevo dogma.  El modelo más academicista de iglesia luterana, por expresarlo de algún modo, presentaba la planta rectangular con galerías laterales, como la Nikolai Kirche, del antiguo barrio medieval de Berlín.  La iglesia de Santo Tomás de Leipzig, antigua fundación de monjes agustinos, modificada a comienzos de la Edad Moderna que eliminó los elementos barrocos. La Luleå domkyrka, iglesia catedra  sueca, levantada sobre un antiguo templo de madera que fue consagrado en 1667 y la iglesia de Gustavo, del siglo XVIII que sufrió un incendio en 1887. Las reconstrucciones  son el resultado de una nueva interpretación, dado que se hicieron bajo los criterios “neo” del siglo XIX, como fue este caso, por el arquitecto Adolf Emil Melander. La catedral tiene un plano en forma de cruz, con una sola nave. La torre campanario se encuentra en la entrada principal y es una estructura masiva de 60 m, que domina el horizonte de la ciudad.
Cerramos estas referencias limitadas a múltiples ejemplos con un breve repaso por la Frauenkirche de Dresde,  dentro de un conjunto de iglesias monumentales del barrio nuevo de la orilla derecha del Elba,  de la época del nuevo elector Augusto II, con planta octogonal y bella cúpula peraltada cerrada por linterna. Construida por un maestro ensamblador, no arquitecto, llamado Jorge Bahr, muestra una bella combinación de cúpula esférica con sala poligonal. No hay en su interior altares con imágenes, pero las líneas de todos los elementos definidores de su espacio, consiguen crear una atmósfera de fe arrobada por su ábside para el órgano y la tribuna del coro.

Frauenkirche (iglesia de Nuestra Señora) Plaza del Mercado Nuevo de Dresde.  Entre 1726 y 1743. (Fuente: Benévolo, L. Historia de la arquitectura moderna. Gustavo Gili. 1999)
Como se recoge en algunas fuentes, “La cúpula era ya para aquella época una sensación arquitectónica. Hecha – como toda la iglesia – de piedra de cantería de Posa, pesaba 12.2 toneladas, habida cuenta de que lo usual era hacerlas las cúpulas de madera o cobre. Fue una obra maestra de estática, que reposaba sobre ocho pilares y llegó a hacerse famosa como ‚la campana de piedra’. Un sorprendente progreso ingenieril.  (Ralf Jesse.Goethe-Institut e. V. 2004). A partir de entonces la Frauenkirche de Dresde pasó a ser la única iglesia protestante del Barroco alemán con importancia a nivel europeo. R. Po-Chia Hsia.Ediciones AKAL, 19 abr. 2010. El mundo de la renovación católica, 1540-1770




Bibliografía

[i] KOENIGSBERGER, H, G.: Historia del Mundo Moderno. II Vol. La Reforma. Barcelona, 1970.
[ii] AVILES FERNÁNDEZ, M.: La época de Felipe II. La Contrarreforma. Vol XV. Eds Nájera. Madrid 1994.
[iii] BENÉVOLO, L.: Historia de la Arquitectura del Renacimiento. Vol II. La Arquitectura clásica del siglo XV al siglo XVIII. Edit. Gustavo Gili. S.L. 1981.

Divinidades de la infancia en Roma

Por: Pietro Viktor Carracedo Ahumada. Doctorando de la Universidad Complutense de Madrid.

Correo electrónico: pietrocarracedo@gmail.com


La religión romana, reconocida erróneamente a nivel popular como una fusión con la griega[1] y sus divinidades, con sus supuestos y respectivos calcos latinos, resulta por desgracia bastante desconocida incluso en algunos círculos académicos, quizá porque hayan estado éstos más centrados en una evolución histórica y festiva que en el propio desarrollo de la espiritualidad y las creencias, de la vida religiosa romana, tanto a nivel personal como comunitario. Afortunadamente, estas tendencias van cambiando y hoy día podemos encontrar buenísimos estudios que profundizan en las raíces de la cultura romana, dando nuevos enfoques a temas que se daban por conocidos.
La religión romana arcaica, como otras muchas, dio sus primeros pasos en un entorno natural, cercano al animismo. El mundo está plagado de divinidades, con funciones o misiones definidas, pero el pueblo romano escoge y establece una relación con aquellas que le son propicias, en una relación do ut des , <<yo doy para que tú des>> que permite el buen desarrollo de las empresas que Roma quiera llevar a cabo, siempre y cuando esta buena relación con la divinidad, conocida como pax deorum, no sea pervertida o interrumpida. En la época monárquica se instauraron los primeros cultos oficiales, las fiestas y el calendario, así como los colegios sacerdotales; y fue a lo largo de los siglos IV y III a.C. cuando la religión romana, en contacto con la helénica, dio a sus divinidades forma humana, a la par que algunas fueron asimiladas y otras fusionadas.[2] No obstante, debe ser tenido en cuenta que, además de la religión oficial, donde los encargados eran los sacerdotes, también a nivel privado cada romano era libre de adorar a las divinidades que le gustase, siempre que respetase las festividades y cultos de su comunidad.
Las divinidades populares, consideradas “secundarias”, no sufrieron demasiado la helenización ni los cambios que sí tuvieron las divinidades mayores. Paralelamente, tampoco éstas pequeñas han recibido la misma atención. Estos dioses en su mayoría son divinidades abstractas que representan valores o fuerzas naturales, y entre estos hay grupos que están dedicados, por así decirlo, a las etapas vitales de los hombres. Una de las etapas más importantes es, obviamente, la infancia, infantia, que transcurría en la mentalidad romana desde el nacimiento hasta los siete años. Y no es de extrañar que hubiese numerosas divinidades a este cargo, ya que la situación de un niño en Roma no era nada sencilla: los índices de mortandad eran bastante altos, y además el niño no obtenía la ciudadanía hasta la mayoría de edad, lo que conllevaba ciertos vacíos jurídicos.
A continuación veremos los nombres de las divinidades romanas dedicadas a la etapa de la infancia, sus misiones y algunos de sus cultos y/o tradiciones.

En el vientre materno:

Consivio (cuya raíz significa sembrar) era un dios, desdoblado de Jano[3], que abría las puertas a la fecundación de un ser humano.
Alemona era una divinidad que alimentaba (alere) al niño dentro de la madre, para que éste naciese fuerte y sano. La diosas Nona y Décima protegían al niño y a la madre en el octavo y noveno mes de embarazo – pues los romanos hacían cálculo inclusivo, de ahí que sus nombres presenten una numeración superior.

Nacimiento:

Un dios llamado Diéspiter, posteriormente identificado con Júpiter y absorbido por éste, era el encargado de traer al recién nacido. Una divinidad llamada Génita Mana, identificada con Mania[4], la diosa de los Manes – las almas de los muertos, llamadas “los buenos” – presidía tanto el buen nacimiento como la lejana muerte. Su animal sacrificial era el perro. Lucina, identificada con la diosa griega Ilitía y luego asociada y absorbida por la diosa Juno, protectora del matrimonio, cumplía con la misma misión que su versión helena, presidiendo el alumbramiento.
Las Carmentes eran una tríada de diosas de diversas funciones que acabaron por ser reducidas a la protección del nacimiento y del recién nacido. Se decía que Carmenta, la que da nombre a las tres, era la madre o la esposa del rey Evandro, y que había enseñado múltiples artes al pueblo latino, en relación con el habla y la escritura, así como se le atribuía el don de la profecía (Carmen). Antevorta[5] y Posvorta, sus dos hermanas, ayudaban durante el parto, profetizando el futuro[6] del nacido, una cuando el niño venía de cabeza y la otra cuando lo hacía con los pies por delante. Tenían un pequeño santuario junto a la Puerta Carmental, y un Flamen Carmental encargado de su culto, en especial durante la celebración de las Carmentales.  Esta fiesta en honor de Carmenta se celebraba los días 11 y 15 de enero, día en que compartía la fiesta con sus hermanas. Se ofrecían sacrificios incruentos, ya que el nacimiento no debe tener relación alguna con la muerte (por tanto, nada “muerto”, como pieles, etc. podía entrar en el santuario). Ovidio en sus Fastos[7] cuenta que la segunda fecha fue instaurada en señal de gratitud cuando las matronas, tras haberse negado a tener hijos un tiempo, recuperaron el privilegio de ser llevadas en carruaje.[8]
Durante el parto, la madre y sus comadronas invocaban a la diosa Numeria para que todo fuese bien y se desarrollase rápidamente.
Vitumno era el dios que daba la vida (vita), entendida desde el momento del nacimiento, al recién nacido.
Levana era una divinidad que estaba presente en el acto sagrado de elevar (levo) al recién nacido hacia su padre, para que éste lo acepte en la familia. El pater familias tenía libre derecho de aceptar o no a los hijos de su esposa, dejándolos expuestos, ya fuese por dudar de su legitimidad o por malformación física, e incluso por no tener medios para mantenerlo.
Se decía que en aquellas casas donde hubiese nacido un niño, Silvano iría a interrumpir el sueño de la madre, por lo que la diosa Deverra (la que barre) e Intercidona (la que corta por la mitad), armadas con una escoba y un hacha respectivamente, aguardaban a la entrada del hogar para evitarlo. Pilumno, un dios agrícola que enseñó a moler el trigo a los hombres y su hermano Picumno, descubridor de los abonos, ambos protectores de la fecundidad y el bienestar de las cosechas, velaban por el recién nacido en unos lechos que se preparaban en la habitación matrimonial especialmente para ellos.

Día lustral:

Al octavo o noveno día desde el nacimiento, se celebraba una ceremonia purificatoria del nacido, donde pública y oficialmente se le imponía el nombre (praenomen) y se le colgaba al cuello una bula, amuleto que habría de llevar consigo hasta la mayoría de edad – los diecisiete, momento en que los varones tomaban la toga virilis; o al casarse, en el caso de las jóvenes. La diosa que presidía esta celebración, con sacrificios en el hogar y regalos para los niños, era Núndina o Neuna Fata.

Primeros pasos:

La tríada de dioses Estalitino, Estatina y Estatino enseñaban al niño a mantenerse en pie. La diosa Abeona protegía a los niños cuando éstos, al aprender a andar, se alejaban (abeo) de la madre, quien hasta ese momento los sujetaba para evitar su caída. Del mismo modo Adeona, con significación paralela, ayudaba al niño a volver (adeo ) con ella. Iterduca protegía al niño que por primera vez salía de casa, y Domiduca, como su nombre latino indica, acompañaba a los infantes de vuelta a su hogar[9].
La diosa Cunina protegía del mal de ojo y las envidias a los niños más pequeños, así como en su cuna. Cuba, por su parte, protegía al niño cuando pasaba de ser acostado en la cuna a acostarse (cubo) en su propia cama.

Primeras palabras:

Vaticano o Vagitano era el encargado de abrir la boca del recién nacido, para que emitiera los primeros sonidos. Farino era el dios de los primeros balbuceos. Fabulino era el dios que enseñaba las primeras palabras (fabulo - hablar) a los niños, y Locucio las primeras frases. Numeria[10] les enseñaba los números y a contar. Camena  - o las Camenas, ninfas identificadas a menudo con las musas -era la encargada de enseñar a los niños la música e iniciarlos en el canto.

Crecimiento:

La diosa Rúmina ayudaba a los niños a mamar (ruma). Educa, también llamada Victa[11], enseñaba a los niños a comer. Potica[12] o Potua le enseñan a beber (poto).
La pareja divina Osipágina y Osipago eran los encargados de asegurar el endurecimiento de los huesos (ossa) del niño, junto con la salida de los dientes. La diosa Carna era una divinidad que compaginaba su misión agraria con la dedicación a los niños romanos, pues es la diosa de la madurez física, tanto de los frutos como del cuerpo humano, desarrollando los músculos y protegiendo los órganos vitales, a la par que ayudaba en una buena alimentación. Ovidio[13] cuenta que ella salvó al futuro rey de Alba, Procar, cuando fue atacado por las Estriges, unas mujeres monstruosas que atacaban a los niños y devoraban sus entrañas, momento en que le fue adjudicada ésta misión protectora. Las fiestas en su honor tenían lugar el día 1 de junio, donde se ofrecía en sacrificio un puré de habas y tocino, los alimentos que más fuerza otorgaban, según Macrobio[14], por lo que ese día era llamado también “calenda de las habas”. Existía la creencia de que quienes comiesen ese puré se libraría de dolores intestinales todo el año.
Madurez intelectual:
Sentino era el primer dios en intervenir en la vida del niño, otorgándole sentido, conciencia.
Pavencia[15] era la divinidad encargada de defender al niño de los temores propios de la niñez. Peta era una diosa que permitía que, poco a poco, el niño pudiese demostrar voluntad propia. Prestana[16], Polencia y Valencia daban fuerzas al niño para que llevase a cabo sus pequeños cometidos y deseos. Volumna y Volumno eran una pareja de dioses destinada a inspirar en los niños buena voluntad.
Puede deducirse de la relación anteriormente expuesta que la mayoría de estos dioses conservan tal nivel de abstracción que incluso sus nombres son inequívocamente indicadores de sus funciones. Por otra parte, es una muestra más de que en toda cultura las grandes divinidades tienden a ser progresivamente  sólo controladoras de grandes hechos, hasta cierto punto aislados de los humanos, y tanto el imaginario como la tradición son los que acaban por hacerse un hueco en la vida cotidiana, con divinidades secundarias, mensajeros o santos en otras culturas, con los que la relación se manifiesta mucho más cercana.

Bibliografía:

Contreras Valverde, R. et al. Diccionario de la religión romana. Ediciones Clásicas. Madrid 1992
Harlow, M. Ray, L.(ed.), Growing up and growing old in Ancient Rome: a life course approach. Routledge, USA 2002
Sechi mestica, G. Diccionario Akal de mitología universal. Ediciones Akal S.A. Madrid, 2007
Sevilla Conde, A. Morir Ante Suum Diem. La infancia en Roma a través de la muerte, en Niños en la Antigüedad. Estudios sobre la infancia en el mundo mediterráneo,  Justel Vicente, D (ed.) Prensas  de la Universidad de Zaragoza, 2012





[1] Mejor sería decir, griegas, en plural, habida cuenta de que nunca hubo en territorio griego, como en Roma, una “religión estatal”.
[2] La asimilación de divinidades extranjeras, aunque puede contarse a efectos de ganarse el favor divino de la región conquistada, tenía también fines políticos.
[3] Divinidad encargada de la protección de los pasos, puertas y comienzos.
[4] Era utilizada, a niVel popular, para asustar a los más pequeños, como nuestro Coco o el Boogeyman.
[5] Otros apelativos suyos son Prosa, Pórrima o Prorsa.
[6] Acerca del destino del recién nacido, se hablaba de Fata scribunda, personificaciones del hado preescrito para él.
[7] Ov. Fasti, 1.461-586; 617-636
[8] Que se habían ganado al entregar sus joyas para que Camilo pudiera pagar lo prometido al Oráculo de Delfos.
[9] Curiosamente también conducía, protectora del matrimonio, a la novia al hogar del esposo.
[10] Con el mismo nombre que la diosa del alumbramiento, pero, en principio, sin relación.
[11] O Edula, Edulia y Edusa.
[12] O Potica.
[13] Ov. Fasti 6.101-182
[14] Macrob. Sat. 1.12.31-33
[15] O Paventina.
[16] O Presticia.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Editorial Noviembre 2016

De Dioses y hombres: estudios sobre religiones y mitología, es un blog de investigación coordinado y dirigido por el profesor y Máster en Literatura Clásica José Marco Segura Jaubert y el profesor y Doctorando por la Universidad Complutense de Madrid Carmelo Morales Marcos.

El Doctor por la Universidad Politécnica de Madrid y Profesor Jorge Mateos Enrich explica en esta segunda parte de su artículo, los preceptos principales de esta religión, las diferentes ramas que surgieron desde su nacimiento y la ley que rige a la sociedad musulmana. Antonio Justo en esta segunda parte sigue tratando sobre los sacrificios humanos en el antiguo Israel. Los sacrificios humanos están documentados en las antiguas religiones de Oriente, pero eran excepcionales, y eran tan particulares que se tiene reparo en llamarlos sacrificios. Por último, el doctorando por la complutense Alejandro Tenorio nos escribe una breve reflexión sobre la fe y la vida. Si el creyente únicamente puede ejercitar su fe en Dios en el abismo de la incertidumbre, de lo problemático, de la oscuridad, de las sequedades e incluso de la nada, es exactamente ese océano de la inseguridad el único espacio que se le ha adjudicado  para vivir la fe, su íntima fe.

Las ramas del árbol del islam Parte II

Por: Jorge Mateos Enrich, Doctor por la Universidad Politécnica de Madrid.


En esta segunda parte del artículo se desarrollará la cuestión que daremos en llamar  las “ramas secundarias”, o las que dan frondosidad al “árbol” del islam. Se hablará de lo referente a las distintas escuelas y sectas que surgen de las dos grandes ramas del tronco común: el sunismo y el chiismo.
Para resituar el tema recodaremos los momentos clave en el desarrollo del árbol. El crecimiento del tronco principal se da a partir de las predicaciones de Mahoma y se empieza a retorcer con la muerte de este y los debates sobre su sucesión. El asesinato de su yerno Alí y posteriormente el sacrificio del hijo menor de este, Hussein, marcan la bifurcación del tronco en sus dos ramas principales. El resto del árbol lo van a completar ramas que surgen de estas dos principales y a las que está dedicado este artículo.
A partir del siglo III D.H. cobró forma un código bien trabado, un conjunto de proscripciones y prescripciones, obligaciones, advertencias, orientaciones, normas, castigos y recompensas que abarcan todos los aspectos de la vida de un musulmán; esto es, la Sharía. Los cinco elementos básicos de la Sharía se anticiparon en la primera parte de este artículo, pero no estará de más recordarlos brevemente. Estos son: el Corán (libro sagrado), los Hadices (dichos del profeta), la Qiya (razonamiento analógico), la Ijma (consenso de la comunidad) y la Ijtihad (pensamiento libre e independiente basado en la razón). La clave de la aparición de pequeños brotes en cada rama del árbol radicaría en este código.
En la rama suní cobraron forma cuatro versiones un tanto diferentes de este código, mientras que los chiíes desarrollaron también otra propia, similar en espíritu a las suníes e igualmente de vasta cobertura. Esta va a ser la cuestión en la que profundizaremos, para tener una idea de la complejidad del organismo vivo que forma el islam.

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Las cuatro escuelas de la ley suní se conocen por el nombre de los eruditos que les dieron su forma definitiva. Vamos a enunciarlas para luego desarrollarlas más extensamente:

- La escuela hanafí la fundó Abu Hanifa, procedente de la región del actual Afganistán, aunque enseñó en Kufa (actual Irak).
- La escuela malikí fue creada por el jurista marroquí Ibn Malik, aunque trabajó y enseñó en Medina.
- La escuela shafí la desarrolló el imán al-Shaf´i de La Meca, aunque al final se estableció en Egipto.
- La última en cristalizar fue la escuela hanbalí, que fundó el Ahmed Ibn Hanbal.

Las escuelas defienden sistemas un tanto diferentes de derivar normas, lo que provoca pequeñas variaciones en sus leyes. No obstante, desde los tiempos de los abasíes (mitad del siglo VIII- mitad del siglo XIII, invasiones mongolas), las cuatro se han considerado igualmente ortodoxas pues las diferencias son tan pequeñas que, según los eruditos, sería difícil que uno entre mil musulmanes supiera encontrar cinco de ellas.
Los eruditos que aplicaron y desarrollaron esto se dieron en llamar “ulemas” (de alim, “sabio”). Nadie nombraba, ni nombra, a los ulemas. Los ulemas son una clase que se autoselecciona y se autorregula, delimitada por completo por el flujo de la doctrina establecida. Es obvio que el proceso por el que se autogenera la clase social de los ulemas la hace inherentemente conservadora.
De esta manera, de una de las ramas del “árbol” del islam había empezado a crecer, a partir de brotes, pequeñas ramas que iban dándole su verdadera identidad. Desarrollaremos a continuación algunos aspectos de estas escuelas. 
La escuela Hanafí, fundada por Abû Hanîfa Annu‘mân. Como ya se ha dicho, esta escuela apareció en Irak, en la ciudad de Kufa, y se difundió en Bagdad. Adoptó los métodos de su fundador y los de sus maestros después de él, como Abû Yûsuf y Abû El Hassan. Sus fundamentos comprenden, además del Corán y de la Sunna, el istihsân, al ‘urf (la costumbre) y qawl as-sahâbî (las palabras de los compañeros del Profeta). Esta escuela está caracterizada principalmente por la utilización de la razón y de la opinión: Ar-ra’y. Está considerada la escuela más literal, dado que el contexto de su aparición está relacionado con una sociedad muy compleja y con muchas nuevas necesidades. Hoy la encontramos implantada en Afganistán, India, Turquía, Irán, Siria, Rusia y  China.
La escuela Malikí, fundada por Mâlik Ibn Anas, el Sabio de Medina, como lo había augurado el Profeta. Aparecida en Medina, esta escuela hace hincapié en el aviso de los compañeros del Profeta y en la práctica de los medinenses, comprendidos estos como los descendientes de los compañeros del Profeta. También da mucha importancia a las costumbres de la sociedad, mientras no contradigan la Ley divina, así como al establecimiento de normas jurídicas a partir del interés general de la sociedad, llamado al masâlih al mursala. El Imâm Mâlik era famoso por su narración del Hadîth y está considerado uno de los mejores narradores de esta disciplina.
Las obras de referencia de esta escuela son, entre otras, el Muwatta’ (la vía hecha fácil) (primera compilación de Hadîth y de Fiqh en el Islam) del Imâm Mâlik y la Mudawanna, una compilación de avisos jurídicos de Mâlik que compiló su alumno Sahnûn Ibn Saïd At-tanûkhî. La mayoría de los discípulos del Imâm Mâlik se fueron a África del norte y a España. Esta escuela se difundió en Andalucía, en África del norte, en Mali, en Senegal, en los Emiratos Árabes, en Sudán y en el Khurâsân
La escuela Shâfi‘í, fundada por Muhammad Ibn Idriss Ash-shâfi‘î, que vivió en la Meca, después en Irak, y que finalmente se mudó a Egipto. Aprendió el fiqh según la escuela malikí y después según la escuela Hanaíi. Su escuela se posicionó entre la escuela hanafí que prima la opinión personal (ar-ra’y), y la escuela malikí que se basa esencialmente en la Sunna. Para el Imâm ash-Shâfi‘i, la Sunna está valorizada como fuente de derecho, y da una gran importancia al consenso de toda la comunidad (Ijmâ‘). Esta escuela se difundió en Egipto, en Kuwait, en Yemen y en algunos países de Asia como Indonesia, Malasia y Tailandia
La escuela Hanbalí, fundada por Ahmad Ibn Hanbal. Nació prácticamente del conflicto que oponía Ibn Hanbal a los Mu'tazili (racionalistas helenistas un tanto intolerantes) y a las autoridades políticas que sostenían entonces los Mu'tazili. La reputación de Ibn Hanbal se forjó durante estos acontecimientos, cuando fue perseguido y encarcelado sin negar nunca. El Imâm Ibn Hanbal está considerado por muchos ‘ulema (sabios de la Ley) un tradicionalista (hombre del hadîth) más que un jurista. Ibn Hanbal no estaba de acuerdo con su maestro Ash-shâfi‘î con respecto al uso de la opinión personal. Primó antes de todo el hadîth del Profeta, al cual consagró una compilación llamada «al musnad» que comprende aproximadamente 40.000 hadîth. Esta escuela adopta la interpretación aparente (Zâhir) del Corán y de la Sunna y niega el razonamiento por analogía excepto en casos raros.
Ibn Hanbal desconfiaba del ra'y (opinión personal) y del qiyâs (analogía), pues según él habían abierto la puerta a la herejía mu'tazili, fuente de innovaciones pecadoras y de división de la comunidad. Esta escuela se desarrolló y sus misioneros llevaron su madhhab hasta comarcas lejanas, notamente en el norte de Irán, donde iba a nacer el Sheikh Abd al-Qâdir al Jilânî (muerto en 1166 después de Cristo), gran organizador del sufismo en cofradía.
Vemos en el desarrollo de las distintas escuelas una amalgama de conceptos como: cuestiones filosóficas, cuestiones inherentes a la razón, a la fe…, en suma, un conglomerado difícil de simplificar. Es notable la influencia que tuvo el descubrimiento de los escritos de Platón, de todo el pensamiento griego, desde los presocráticos hasta Aristóteles y más allá de él. Se advierte, también, el choque entre fe y razón, cuestión de suma importancia en todo lo que refiere a las religiones y sus cuestiones dogmáticas.
Por otro lado la rama chií fue dando brotes que desarrollaron sus propias ramas. Así como el sunismo constituye ulemas, el chiísmo constituye imanes, que son algo así como doctores de la ley. Quizá la diferencia más palpable entre suníes y chiíes es la aplicación de las normas de derecho: los suníes hablan de los Hadices, pero los chiíes dudan de la verisimilitud de los mismos.
Otra rama importante es la de los sufíes. Es complejo ubicar territorialmente su nacimiento, así como la afinidad a cualquiera de las dos ramas principales del islam. Incluso hay diversas teorías sobre el porqué del nombre de esta secta mística, y pocos términos han conocido tantas etimologías y atribuciones fantasiosas, que perduran incluso hasta nuestros días. Algunos consideran que la palabra sufí deriva del árabe safá, puro, o de soffa, escaño donde se acomodaban los sufíes en el patio de las mezquitas, pero el origen más probable de este término es suf, lana, en alusión al manto grueso de lana que utilizaban como vestimenta, kherqueh.
El sufismo representa, la corriente mística dentro del islam. Es una corriente anti-formalista que se nutrió de muchas influencias procedentes de religiones y culturas muy diversas, como las doctrinas ascéticas de eremitas cristianos, la visión dualista del maniqueísmo y el perpetuo combate entre las fuerzas del bien y del mal, unidas a una total desvalorización del cuerpo físico. De hecho uno de los primeros sufíes, Dhu al-Num al-Mesri (796-821), nacido en Egipto, es descrito por sus biógrafos como un filósofo conocedor de las doctrinas helenísticas y las ciencias alquímicas.
La rápida extensión del islam a territorios muy alejados del marco cultural de Medina y la Meca fue una de las principales causas del enriquecimiento del sufismo con elementos doctrinales y rituales procedentes de otras culturas o tradiciones más desarrolladas. En este proceso de sincretismo Irán desempeñó un papel fundamental, debido a que mil años antes de la aparición del islam ya contaba con una tradición espiritual muy desarrollada cuyos orígenes se remontan a la época sumeria.
Ya se comentó, en su momento, la distribución geográfica del sunismo y el chiismo, y cómo este es mayoritario en el actual Irán. En efecto, una de las principales características de la cultura irania es su enorme capacidad de sincretismo, lo que significó también que prácticamente ningún movimiento, religión o filosofía foráneos sobrevivieron en Irán sin ser tamizados o transformados por la particular visión del pueblo iranio. Los chiitas, junto con las reivindicaciones estrictamente políticas (mencionadas en la primera parte de este artículo), introdujeron una corriente mesiánica con un fuerte contenido doctrinal de corte místico en su modo de entender y vivir el islam. No es de extrañar, por tanto, que muchos místicos musulmanes nacieran en Irán.
Los sufíes suspiraban por una experiencia de Dios como una presencia viva, real y actual, una experiencia que se viviera en el momento. Se oponían a la ambición mundana, a la corrupción y a la codicia, pero, en teoría lo mismo hacía todo musulmán. Los sufíes solo se diferenciaban de los demás porque decían: ¿”Como purificas tu corazón”? Por esto empezaron a ensayar técnicas para eliminar las distracciones y las ansias no solo en el momento de la oración, sino en la propia vida.
Volviendo, ahora, a la historia, hablaremos de otra corriente que brotó en el islam. Con la caída del califato abasí arrollado por los mongoles (siglo XIII), el clérigo sirio Ibn Taimiya se rebeló contra el razonamiento consensuado, se autoproclamó mujtahid y arremetió contra la jurisprudencia clásica. Refutó la innovación, demonizó a los chiíes y vilipendió a los sufíes.
Las tesis de Ibn Taimiya fueron recuperadas cinco siglos más tarde (siglo XVIII) por el tenebroso clérigo árabe Abdel Wahab, fundador del Wahabismo, actual corriente implantada en Arabia Saudí. Una corriente intransigente y retrógada.
Volviendo a la rama chií, y para terminar el presente artículo, debemos hacer notar que actualmente hay dos corrientes implantadas mayoritariamente en Irán: los ismailitas o seguidores del octavo imán y los duodecimanos o seguidores del imán número doce. Tanto unos como otros esperan la vuelta de los respectivos imanes el día del juicio final. 
A lo largo de estos dos artículos se ha intentado llevar a cabo un acercamiento a las distintas facciones, corriente y sectas presentes en el islam, haciendo una analogía con un gran árbol. Un árbol con raíces, tronco principal bifurcado en dos ramas y un tupido follaje que configuran una realidad compleja y fuertemente relacionada en lo que al mundo del islam se refiere

Bibliografía.
·        
ANSARY, TAMIN. Un destino desbaratado. La historia universal vista por el Islám. Ed. RBA. 2011.
·         BÜYÜKÇELEBI, ISMAIL. El Islám como un modo de vida. Ed. The Light Inc. 2006.
·         MARTÍN, JAVIER. Suníes y chiíes. Los dos brazos de Alá. ED. Catarata. 2008
·         KAVANAGH, ALFRED G. Irán por dentro. Terra incognita. 2010
·         VERNET, JUAN. Los orígenes del Islám. ED. El acantilado. 2001.
·         WAINES, DAVID. El Islám. Ed. Akal. 2008.

Los sacrificios humanos en el antiguo Israel Parte II

Por: Antonio Justo Patallo, Licenciado en historia, especializado en Historia Antigua. Máster en Ciencias de las Religiones por la Universidad Complutense de Madrid.

Correo electrónico: antoniojusto@hotmail.com

Los sacrificios de niños en las partes deuteronómicas y postdeuteronómicas

Completamente diferente es la imagen que se saca de los fragmentos deuteronómicos y postdeuteronómicos del Antiguo Testamento. No existen narraciones de las épocas anteriores que se puedan igualar a las más antiguas de Gen. 22 y Jueces 11, 30-40. Solamente se pueden nombrar las informaciones del libro de Reyes sobre Ahab y los sacrificios de niños de sefarvitas y Manasés (II Re. 16, 3; 17, 31; 21, 6) que han sido reescritas primero por parte deuteronómica, como ejemplo de la idolatría más atroz, y el cronista (II Cro. 28, 3; 33, 6) realza aún más la facilidad de pecar que tenían Ahab y Manasés diciendo que no sólo sacrificaban a su hijo sino a varios.
También están los sermones de reprimendas y amenazas que llevaron a Jeremías y Ezequiel a lanzarse contra los sacrificios de niños, que consideraban como una costumbre extraña a la religión de Yahveh y más bien originaria del culto cananeo, y todas las disposiciones penales con las que la Ley de Santidad quería hacer desaparecer la costumbre de los sacrificios de niños. Al contrario de las leyes más antiguas no dice ni una sola palabra sobre los primogénitos, en relación con la demanda de animales que nacen los primeros (Deu. 15, 19-23). En cambio polemiza aún más contra los sacrificios de niños en general:

No obres tal respecto a Yahveh, tu Dios, porque ellos cometieron en relación con sus dioses todo lo que Yahveh abomina, lo que El aborrece, pues incluso queman en el fuego a sus hijos e hijas en honor de sus dioses. (Deu. 12, 31)
Cuando hayas entrado en el país que Yahveh, tu Dios, te otorga, no aprenderás a imitar las abominaciones de aquellas naciones. No ha de hallarse en ti quien haga pasar a su hijo o su hija por el fuego. (Deut. 18, 9-10)
Las primeras iniciativas se dieron en el Deuteronomio y en la reforma de Josías. Esta, en seguimiento de las demandas del Deuteronomio, junto a elementos verdaderamente “extraños”, es decir los que procedían de cultos asirios y cananeos que habían fluido hacia la religión de Yahveh, apartaba también a aquellos que como mínimo habían adquirido carácter nacional desde siglos, pero que ahora se les tenía por atrasados e incompatibles con la “verdadera” religión de Yahveh. Por esa razón se les marcaba luego como a los extranjeros, para así poder desecharles sin razón ni decoro, una actitud que luego tiene su paralelo en todas las reformas y revoluciones.
La época que siguió también continuó esta clase de lucha contra las costumbres y conceptos religiosos y morales. Una de las costumbres eliminadas por Josías fue el sacrificio de niños, que había sido reconocido como legítimo en la religión de Yahveh hasta entonces, y también aquí la ficción legalizó la renovación, ya que se trataba de una práctica de la religión de Yahveh de origen extranjero. El informe sobre esta reforma por lo menos lo reconoce así, en cuanto se hace referencia a la profanación de los lugares de culto del valle de Hinnom que estaban destinados para los sacrificios de niños (II Re. 23, 10), y a las medidas que apuntaban claramente que se trataba de la eliminación de elementos de culto extranjeros, como la desaparición de los caballos sagrados de Shamash del recinto del Templo (23, 10).
En la época de Jeremías todavía se señalaban como idólatras los sacrificios de niños llevados a cabo en el valle de Ben Hinnom. En Jer. 32, 35 se denuncia a Jerusalén de sus servicios idólatras:

Y construyeron las alturas del Ba´al, que están en el valle de Ben-Hinnom para hacer pasar [por el fuego] a sus hijos e hijas en honor de Molok, lo cual no les había ordenado, ni me había venido a la mente que se cometiera tal abominación a fin de inducir a pecar a Judá.
En los pasajes 7, 31; 19, 5 también se alza la voz contra la idolatría. Sin embargo, también se deja bien claro en los pasajes de Jeremías que los sacrificios de niños se tuvieron como componente legítimo de la religión de Yahveh, por lo menos en amplios círculos. Aquí se trata evidentemente de la lucha contra una costumbre que una vez tuvo el derecho a la legitimidad en la religión de Yahveh pero que ahora se concibe como desfasada, y la forma en que esta lucha se lleva a cabo es la misma que se relata en el pasaje 7, 21-23 sobre el carácter que tiene el rechazo de Jeremías a los sacrificios de animales. Yahveh no dio ninguna clase de indicaciones sobre los sacrificios de sangre u holocaustos en la salida de Israel de Egipto, sino solamente pedido que obedezcan sus mandamientos. Como esto es un postulado voluntario, nacido de la contemplación de la historia y no una constatación objetiva histórica, lo mismo sucede con las declaraciones sobre los sacrificios de niños: ambas veces la disputa sobre la procedencia de estas costumbres de Yahveh demuestra lo contrario de lo que quiere demostrar, o sea que sí tuvieron valor una vez de acuerdo con la voluntad de Yahveh y aún lo siguen teniendo.
Ezequiel por una parte cree que los sacrificios de niños fueron dedicados a ídolos, es decir fetiches, como relata el pasaje 39 y los pasajes 16, 21; 23, 37 y 23, 39 sobre todo. Por otra parte él puede dejar a Yahveh hablar de esta manera en 20, 25-26:

Por otra parte, Yo les propuse también preceptos no buenos y prescripciones por las cuales no podrían vivir, y suscité la contaminación de ellos mediante sus ofrendas, al hacer pasar [por el fuego] a todo primogénito, a fin de aterrorizarlos, para que supiesen que Yo soy Yahveh.
Ezequiel tiene la certeza de que los sacrificios de niños eran indispensables y cree como Jeremías que fueron un bien común en grandes círculos. Sin embargo, al contrario que Jeremías, los rechaza sin indignación y los modela al donaire del concepto que tiene de dios, después dice que Yahveh le ha dado estas órdenes de sacrificar, que para él son repulsivas, para castigar a Israel por sus pecados. Lo que posiblemente piensa el profeta es que ese mandamiento ha constituido el verdadero punto de partida para el sincretismo reinante.[1]
Bibliografía
Albertz, R., Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, vol. 1: De los comienzos hasta el final de la monarquía, trad. esp. de D. Mínguez, Ed. Trotta, Madrid, 1999.
Eissfeldt, O., “Molk como concepto del sacrificio púnico y hebreo y el final del dios Moloch”, en Otto Eissfeldt, El Molk como concepto del sacrificio púnico y hebreo y el final del dios Moloch, trad. esp. de A. Wagner y K. Mansel, Centro de Estudios Fenicios y Púnicos, Madrid, 2002, pp. 45-86.
Ruiz Cabrero, L. A., “El sacrificio semita de las primicias y el molk en Fenicia e Israel: problemática de su difusión”, en J. Alvar; C. Blánquez; y C. G. Wagner (eds.), Formas de difusión de las religiones antiguas, Ediciones Clásicas, Madrid, 1993, pp. 75-97.
Vaux, R. de, Instituciones del Antiguo Testamento, trad. esp. de A. Ros, Herder, Barcelona, 1985.





[1] Albertz, R., Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, vol. 1: De los comienzos hasta el final de la monarquía, trad. esp. de D. Mínguez, Madrid, 1999, p. 364.