lunes, 5 de octubre de 2015


De la experiencia al mito: Parte I, La experiencia 

Por: Miguel Morata Mora

Correo electrónico: mimorata.mmm@gmail.com

Espíritu, por Fentoro
La experiencia es el conjunto de estímulos que un ser vivo percibe mediante sus órganos sensitivos, haciéndose cada vez más compleja según avanza su vida, su experiencia vital. De ella emergerán las diferentes respuestas que se desarrollarán hacia el medio que le rodea. En cada especie animal la experiencia, al depender íntimamente de los sentidos, se desarrolla de manera distinta a la otra. En el caso de los seres humanos, su intensa vida psíquica hace que viva, no sólo hacia el exterior, sino también hacia su interior, le hace dudar, cuestionarse y contestar. Preguntas infantiles como “¿por qué podemos ver la luna pero no tocarla?” pueden parecer una estupidez para el adulto medio contemporáneo, pero para el hombre primitivo era un reto a la razón: no tenía al lado ningún científico que le explicase la naturaleza del Sistema Solar ni las leyes de Kepler, ocurriendo lo mismo con las teorías evolutivas o la tabla de los elementos. También encontramos en el hombre, aparte de una misma capacidad sensitiva que proporcionan la experiencia de la que derivan los motivos y temas universales, las culturas, las cuales desarrollan cosmovisiones distintas entre ellas alimentadas por variaciones geográficas, faunísticas, recuerdos históricos y política entre otros muchos factores. Podemos afirmar entonces que la experiencia del individuo humano se complementa mediante la cultura del grupo en el que vive.
Esta experiencia genera las certezas que el hombre alberga acerca del mundo exterior pasadas por el filtro de su subjetividad. Podemos distinguir certezas personales y comunitarias; y ambas se encuentran ligadas a la cultura. El mito vivo se encuentra entre las últimas. Como toda certeza, emerge de la experiencia vital humana, pero sin emanciparse de ella; por tanto, para empezar a definirlo debemos decir que el mito es experiencia. Mas luego, el mito se reforzará en ella; es decir, ambos son igualmente ciertos porque aquello que narra el mito lo confirma la experiencia. Por ejemplo: es cierto que Dios creó la tierra puesto que la tierra existe; es cierto que los hombres trataron de igualarse a Dios con una gran torre puesto que hay muchas lenguas en el mundo; o es cierto que se avecina el fin del mundo porque el demonio turco está sitiando Constantinopla. Al fin y al cabo el mundo no es verdadero ni falso, sino el ente sobre el que se fundamentan las afirmaciones verdaderas o falsas. Cada tipo de mito puede ser codificado en la relación del ser humano con el mundo que le rodea, con especial intimidad los etiológicos.
Para poder aproximarnos a la mente primigenia, original, primitiva, y los retos que a esta se le presentan es de vital importancia el estudio de los textos legados por las culturas antiguas junto con la forma de vida y el pensamiento de las actuales comunidades primitivas, pues los mitos de nuestros antepasados se encuentran ya perdidos en la noche de los tiempos. Sin embargo, antes de empezar a descubrir aquellos mitos primero tenemos que adentrarnos más en la experiencia de la que, como ya dejé claro, emanará el mito.
Todas las religiones creen en seres o estados superiores o paralelos que rigen o deberían regir el mundo, como si esta fuese una tendencia natural en el hombre. Ello ha conducido a filósofos religiosos como al protestante evangélico Alvin Plantinga a considerar que, dado que la idea del ser o del estado superior no emana de la experiencia, puesto que en ella no se puede evidenciar su existencia, está desarraigado de ella; sostienen que se trata de una creencia básica. Por ello retoman de Calvino el sensus divinitatis, con lo que estos se refieren a un mecanismo cognitivo por el cual la creencia en Dios se encuentra de manera innata en el hombre. Otros autores como Raimon Panikkar contradicen esta opinión considerando que Dios es una experiencia por encima de la realidad, algo indescriptible que no se puede pensar sino sentir, una suerte de experiencia vital total apoyada por la opinión de Pascal en cuanto que Dios es comprensible por el corazón y no por la razón al tener el corazón razones que la razón no comprende. Expresión de tal experiencia es el mito, pero expresión suprema de ello es la religión organizada y ritualizada, pues el rito es una de las maneras de llegar a sentir el contacto con la divinidad. Aquellas personas practicantes del contacto con Dios son los místicos, palabra procedente del griego mystós, secreto, callado, oculto, y de donde proviene también la palabra misterio la cual originariamente designaba aquellas religiones iniciáticas y cuyos rituales más avanzados quedaban en absoluto secreto. Continuando con la experiencia divina podemos concluir que son los espíritus, manes, o fuerzas naturales que actúan sobre diversos ámbitos de la vida humana aquellos que provienen más directamente de la experiencia, de los cambios visibles en la naturaleza, mientras que Dios, como un ser perfecto y sublime, es una idea mucho más avanzada. Cada tipo de divinidad ahora mencionada, la natural y la sublime, conlleva un tipo de creencia, las primeras, las más arcaicas, son superstición, la segunda religión. Kant, en Critica del Juicio, habla de la diferencia entre una y otra: la religión es la veneración de lo sublime que conlleva una buena conducta de vida, la superstición es el temor y el miedo a un ser todopoderoso que lo somete sin apreciarlo y que lo empuja a la solicitación de favores mediante la adulación.
El temor, el miedo, parece encontrarse en la base psicológica del sentimiento religioso. Freud, en Psicopatología de la vida cotidiana, opina que las supersticiones nacen en el hombre a causa del miedo al futuro, al error, al castigo divino. Con él coincide Nietzsche, quien en La genealogía de la moral también toca el tema del temor en el hombre primitivo y cuenta, en resumen, que surgió por entonces una relación deudor-acreedor entre el hombre y sus antepasados. Estos son considerados fundadores y preservadores de la estirpe, pues son concebidos como fuerzas naturales que ayudan o castigan los actos de sus descendientes, quienes deben de pagar con sacrificios (principalmente alimenticios) su deuda ancestral. Esto conlleva al temor y a la mala conciencia, los cuales aumentan de manera proporcional al poder de la estirpe (a mayor estirpe, mayor poder divino; y a mayor divinidad, mayor sentimiento de culpa) (1). Todo esto, por su parte, entra en relación con la megalomanía freudiana instintiva en el niño por la cual sus padres, y por ende, sus antepasados, son los mejores, los más poderosos y grandiosos del mundo, al contrario de los del resto de individuos/comunidades. La realidad de este concepto no es más que un simple mecanismo de supervivencia. Freud sostiene además que otros fenómenos mentales tales como los Déjà-vu y los sueños proféticos (generados por estímulos recibidos y asimilados por el inconsciente, confusiones entre propósitos y realizaciones o fantasías o sueños diurnos) pueden generar creencias y supersticiones. Estos acrecientan el sentimiento generado por el miedo.
Tanto miedo como asombro son difíciles de distinguir para las sociedades primitivas actuales (2). Esa era la sensación que el hombre prehistórico debía sentir al abandonar la cueva, la protección y el calor de la madre, para enfrentarse a la realidad de la vida, la supervivencia. Esta realidad, o mejor dicho, la naturaleza, se mostraba sensible a los cambios: un proyectil errado, la falta de lluvia o una gripe podían significar la desaparición del grupo. Este miedo a la iniciación puede contemplarse en algunos mitos: en el capítulo 3 de Génesis cuando Adán y Eva se hacen conscientes de todo cuanto les rodea y tratan de esconderse, o en El Gran Upanishad del Bosque (I, 4; 1-3), cuando la personificación del Ser miró a su alrededor y dijo «Yo soy», sintió miedo de su soledad y eso le empujó a dividirse dos generando los principios masculino y femenino. Incluso al principio del renacimiento intelectual al que Descartes se somete en Meditaciones metafísicas, dudando de todo cuanto cree conocer, surge el temor de que haya un genio maligno, un deus deceptor, que lo conduzca al error, que lo haga caer (3). Pero finalmente la esperanza acude ante el temor para rescatar al ser humano para que vuelva a levantarse, y entonces se da cuenta de que sí, existe una fuerza bondadosa que puede ayudarle siempre y cuando exista el compromiso mutuo que mencionó Nietzsche.
La relación que tenía el hombre primitivo con lo otro, la alteridad, se daba a nivel humano y personal, es decir, no lo conocían como un ‘ello’, sino como un ‘tú’. Ese valor personal hace que los animales y fenómenos naturales adquieran voluntad. Ello origina que el hombre no tropiece con la piedra, sino que sea la piedra quien le haga caer. Esta interrelación yo-tú, es característica de todos los animales y es la que permite comprender al otro, al no yo, e incluso saber si trata de atacar, agradar, mostrar dolor o sumisión. Mediante algunas observaciones los filólogos han podido concluir que en las conjugaciones verbales la tercera persona sería la más moderna de todas, ya que la manera más primitiva de expresión es la oración personal. En el País del Nilo encontramos numerosos textos antiguos en los que se recurre con gran normalidad a lo que hoy día conocemos como personificación: tanto los vivientes como los inertes, e incluso órganos y extremidades corporales parecen tener voluntad propia. Sin embargo no se trata de una simple personificación, sino que para el hombre antiguo no existe un mundo inanimado. Cuando el fenómeno cósmico se presenta ante él le otorgará una voluntad y relacionará su esencia con la de otros elementos que conoce: de ese modo la tormenta son las alas de una enorme ave, el mar en tempestad unos indomables caballos y la primavera la juventud de la vida y el origen de todas las cosas.
Observemos también la relación del ser humano primitivo con el tiempo y el espacio. Ya en las sociedades primitivas de cazadores recolectores surgiría la comparación ciclo vital, ciclo solar, ciclo lunar por la íntima relación que hallarían entre los tres y que tan prolífico ha sido tanto en la poesía como en el folklore. El sol indica el nacimiento y la muerte de los días. Nuestra palabra orto significa nacimiento y se aplica a los astros que hacen su aparición por el este, mientras que ocaso, que significa caída o muerte se utiliza para su ocultación por el oeste. La luna, por su parte, indica los meses. De hecho, en indoeuropeo (4) tanto luna y mes son la misma voz: *meHns. En inglés nos encontramos moon y month, en alemán mond y monat, en tocario men y meñes, y en latín, la palabra luna proviene de *leuk-; *lóuk-o- que significa luz, sin embargo tenemos la palabra mensis, mes, y su derivado, menstruus, mensual, de donde proviene menstruación, palabra comprendida en casi todas las lenguas europeas. Esta unión íntima entre la luna y el ciclo vital ha colaborado en la identificación de la luna como una diosa madre o señora de los animales. Dejamos claro por tanto que el mes es la unidad de tiempo más antigua de la humanidad. Sin embargo esta cuenta, por su larga duración, no era demasiado útil para algunos aspectos de la vida y las cuatro fases lunares indicaron una medida, la semana, y si pensamos que la semana existe desde tales tiempos fácilmente la podríamos considerar un nexo de unión entre nosotros y el momento de la creación, en sentido mítico, con nuestros orígenes. Sin embargo esto no es del todo posible a causa de nuestra percepción del tiempo como una línea infinita. La experiencia temporal en el hombre antiguo es cíclica: en la luna, el sol, las estaciones y en la propia vida está inscrito el eterno retorno, la caza, la recolección, el nacimiento, la madurez y la muerte son actos transitorios inscritos en el ciclo que deben realizarse piadosamente para no alterar el cosmos. La realización del rito posibilita también la unión del espectador, no sólo con Dios, sino con aquellos ancestros antiquísimos que en sus días realizaban los mismos ritos que ha recibido por la tradición.
Por otra parte, el espacio se muestra fuertemente delimitado. El yo y el tú cobran una dimensión espacial cuando entran en contacto mundos desconocidos mediante el comercio a largas distancias. Los viajeros cuentan historias de lugares extraordinarios e inimaginables, eso si consiguen volver a salvo. Las tierras lejanas se presentan ante la imaginación de la comunidad como lugares salvajes y agrestes o exóticos y paradisiacos. Estas tierras desconocidas, espacios marginales, lugares desolados y sin presencia de la civilización juegan un papel de interés en las creencias antiguas. En ellos el hombre puede experimentar físicamente la presencia de divinidades y seres monstruosos; cuando el héroe se aleja de la civilización rompe con el orden establecido para dirigirse a una tierra en la que todo puede ocurrir: Hércules, Odiseo o Hansel y Gretel sirven para ejemplificar este fenómeno.
Cada sociedad piensa de su hábitat como el escogido por las divinidades, el centro del mundo, mientras que los lugares más lejanos son mundos apartados, de una peligrosidad que solo el héroe puede vencer. El viaje heroico parece tener su origen en los viajes astrales chamánicos. Mediante ritos que varían en cada región del mundo, el chamán viaja a otros mundos, ya sean conocidos o imaginarios, habitualmente a lugares en los que residen los ancestros o los espíritus de la naturaleza, como el inframundo o el cielo. La misión del chamán en esos lugares es solicitar ayuda a fuerzas sobrehumanas, vencer a demonios o conseguir remedios mágicos.
Gilgamesh
Puede servir como ejemplo el Poema de Gilgamesh. Parece que este poema trata de narrar como el rey chamán de Uruk, Gilgamesh, pierde sus poderes. Se construyó un tambor con madera del árbol Huluppu, un árbol cósmico que une inframundo, cielo y tierra, habitando en sus ramas el águila Anzu y en sus raíces una serpiente. Más tarde pierde el tambor cayéndosele al inframundo. El tambor es una poderosa herramienta del chamán, pues con él es capaz de invocar a los espíritus para que le posean y hablen a través de su boca. La perdida de este tambor se identificaría con la pérdida de poder, al igual que la muerte de Enkidu, una fuerza de la naturaleza que lo ayudaba en sus viajes. Tras esta última pérdida, Gilgamesh tendrá que hacer un último viaje que lo llevará hasta el fin del mundo en busca del remedio a la muerte, la planta que otorga la vida eterna, que finalmente también pierde.
Un ejemplo contrario lo podemos observar en cierto cuento japonés, una cultura con un poderoso trasfondo chamánico siberiano. Momotaro es un niño que brota de un melocotón (su nombre significa hombre, ‘-taro’, melocotón, ‘momo’). Cuando crece se tiene que enfrentar a los ogros demoniacos que aterrorizan su aldea en una especie de rito de iniciación a la vida adulta a través de un viaje hacia una tierra lejana; en su ruta, como chamán-guerrero que es, debe reunir fuerzas de la naturaleza a su favor para derrotar a los malvados ogros. Finalmente regresa habiendo logrado salvar a la aldea exitosamente.
Es a través de mitos como estos como nos ha llegado, en un lenguaje cifrado, los saberes de los antiguos. En la siguiente parte veremos mitos más próximos a nuestra cultura, pero que sin lo expuesto en esta no podrían contemplarse de igual manera.
Todo cuanto crea el hombre nace de su experiencia. El mito, como poesía de la vida, es la caja de Pandora de todas las preocupaciones y sentimientos humanos y su lectura, si no se hace con los conocimientos apropiados, puede resultar peligrosamente errónea. Dos de los mayores problemas que han sucedido en occidente con la religión han estado relacionados con la percepción. El sistema heliocéntrico y las teorías de la evolución obligaban a la gente a dejar atrás todo aquello que se tenía como cierto, certeza procedente de nuestra percepción más directa. Los mitos etiológicos que durante milenios habían estado vigentes perdieron su utilidad con el derrumbamiento del fijismo, mientras que el racionalismo (que no la capacidad de razonar) se adueñó de occidente.

Bibliografía

Campbell, J.; Moyers, B. (1991); El Poder del mito, Emecé Editores, Barcelona [trad. César Aira]
Cart Hy, J.D. (1969): La conducta de los animales, Salvat Editores, Madrid
Castro Rodríguez, S.J. (2012): “La certeza de la creencia religiosa y sus razones”, SCIO, nº 8, pp. 123.140
Dantzer, R. (1989); Las emociones, Paidós, Barcelona [traducción Beatriz E. Anastasi de Lonné]
De Beas, J.L. (1976); “Algunos símbolos en la pictografía de los pueblos primitivos” CuPAUAM, v.3, UAM Ediciones
Frankfort, H. y H.A.; Wilson, J.A & Jacobsen T. (); El pensamiento prefilosófico, Fondo de Cultura Económica de España, Madrid
Freud, S. (1967); Psicopatología de la vida cotidiana, Editorial Alianza
Lévêque, P. (1997); Bestias, Dioses y Hombres: El imaginario de las primeras religiones, Universidad de Huelva, Huelva [traducción Teresa de la Vega]
Nietzsche, F.W. (1972); La genealogía de la moral, Editorial Alianza, Madrid
Panikkar, R. (2005); De la mística, experiencia plena de la vida, Editorial Herder, Barcelona

Notas:
1 Friedrich Nietzsche: La genealogía de la moral, Editorial Alianza, (Tratado segundo; 19, 20)
2 Robert Dantzer: Las emociones, Editorial Paidós, p. 46
3 Descartes: Meditaciones metafísicas, Editorial Austral (Primera meditación)
4 El indoeuropeo es una lengua reconstruida perteneciente a un pueblo seminómada del periodo neolítico. De ella que provienen gran cantidad de lenguas aún vivas: la mayor parte de las europeas y varias asiáticas.


Espejos y cuadrados mágicos en el Islam medieval, Parte 1

Por: Ivan Ruiz Larrea. Máster en Ciencias de las Religiones por la Universidad Complutense de Madrid.

Correo electrónico: ruizlarrea@hotmail.com

En esta primera entrega abordaremos la cuestión de los espejos mágicos para más adelante, en una entrega posterior, continuar con el artículo refiriéndonos a los cuadrados mágicos y completando con la bibliografía utilizada.

Desde la tradición islámica podemos rastrear un gran interés por la magia a partir sus comienzos. Dichos comienzos, son vistos por algunos autores como momentos en los que la confusión entre grupos de judíos, musulmanes, y cristianos, es difusa, por lo que la influencia de dichos grupos, su simbiosis originaria y sus préstamos en prácticas e intereses, nos llevan a una difícil distinción en lo que se refiere a lo auténtico y único de una tradición. Es por ello que mediante las prácticas de unos grupos y otros podemos entrever prácticas comunes.
Nuestro trabajo no va a indagar en lo común de dichas prácticas, sino que se va a centrar en las que se recogen desde la tradición islámica, a pesar de que consideramos que apuntar a dicha comunión, tan común en las cuestiones mágicas, es necesario, para poder destacar el valor transversal que el estudio de la magia adquiere en lo que se refiere a los préstamos producidos de unas confesiones a otras. La labor interdisciplinar del estudio de las religiones, queda, en los estudios de magia, resaltada por estas características intrínsecas a la propia disciplina. Podemos valorar mejor los préstamos interculturales, las influencias y los aspectos compartidos, así como los aspectos únicos de cada religión desde dicho estudio. 

La tradición musulmana y la magia. El reflejo como analogía de la magia lícita.

A diferencia del cristianismo que rechaza los aspectos mágicos y astrológicos (aunque tenga normalizadas ciertas prácticas no vistas como tales), la magia en el Islam goza de cierto reconocimiento que, no sin algunas dificultades, hacen que sea visto como una práctica incluida dentro del normal funcionamiento doctrinal y práctico.
Además de su vinculación con el judaísmo y con este de la astrología babilónica, encontramos influencias en la magia islámica desde diversos orígenes. Podemos destacar la influencia de la cultura india, la persa y la helenística, también desde el neoplatonismo, el gnosticismo, el mazdeísmo, y de figuras a las que se les atribuyeron obras de magia como Ptolomeo, Aristóteles, Platón, Zósimo, la escuela Pitagórica, el profeta Idris (Hermes)…
Para entender la proliferación de la magia en el mundo islámico debemos tener diversos factores en cuenta, entre los que se encuentran la herencia mencionada y la habitual presencia de este tipo de prácticas en el entorno del mundo islámico. A esto hay que añadir la inseguridad social de la época, la observación de ciertos hechos inexplicables en la naturaleza, como podía ser la generación de ciertos animales “de forma espontánea”. La astrología también estaba muy difundida (tenemos grandes ejemplos como los de Al-Kindi, Al-Farabi, Ar-Razi) y constituía el método adivinatorio por excelencia.  
El mundo mágico queda entroncado con la mística y las prácticas de sufíes dentro de las corrientes suníes, y goza de mayor popularidad en la vertiente chií. Realiza esa doble función que parece contradecirse, y que caracteriza la cuestión mágica dentro de las religiones. Por un lado sirve como sistema alternativo de vivencia social, como protección de resistencia contra el poder, que, en el desarrollo del mundo sufí les permitió permanecer al margen del poder de la administración califal o del gobierno de turno, al igual que en el entorno chií daba cierto poder de resistencia sobre el amplio dominio suní. Pero a su vez el control del mago (sufí o líder chií, principalmente) realiza un control social, como élite religiosa que representa dentro de su contexto interno.
Así la figura del Imam dentro del chiísmo, como la figura del sabio sufí, quedan  revestidas de cierto poder, a la vez que gozan de cierta protección contra el mayor poder político de las élites suníes. La tradición suní será más crítica con el uso de la magia, pero no por ello dejará de practicarla.
Algunos autores contrarios a los sufíes como puede ser el escritor medieval Abd al-Latif al-Baghdadi denunciarán ciertas prácticas de los sufíes (como Suhrawardi, Ibn Sina, o Jabir in Hayyan) como no tan lícitas, denunciándoles de practicar ciertos ritos de magia negra para curar ciertas enfermedades o ciertos hechizos (como podía ser el uso de ojos humanos para el mal de ojo). También encontramos detractores de la magia dentro de grupos de teólogos, que aludirán, por ejemplo, a que Abraham cambió su afición por las estrellas por su adoración a Dios.
Otro de los aspectos a destacar es la importancia que la magia (sihr) cobra en los avances de la ciencia, con la que se mezcla y confunde en gran medida. Lo oculto se hizo parte integral de la cultura islámica, en parte desde las ciencias. Los sabios astrónomos y científicos musulmanes de la Edad Media, combinan sus conocimientos físicos y matemáticos con conocimientos astrológicos y mágicos, siendo así que no existe una raya divisoria entre las prácticas mágicas y las ciencias de la naturaleza. Los avances técnicos serán utilizados indistintamente para uso técnico-científico así como mágico-adivinatorio.
En esta mezcla entre los distintos saberes también se unen arte y ciencia, ética y medicina, estética y arquitectura, con la magia y el esoterismo. En lo que se refiere a nuestro estudio, la simetría, moderación o itidāl es el concepto que aborda esta cuestión. La simetría es la esencia de la belleza. En su fuerte herencia neoplatónica, el Islam acogerá estas cuestiones sobre la forma y sus proporciones, y el espejo, motivo de nuestro estudio, ejemplifica esta cuestión. Su uso, así como las cuestiones derivadas de las propiedades refractantes de su superficie, darán lugar a toda una suerte de cuestiones relativas a sus aplicaciones. El espejo refleja lo que se ve y lo que no se ve. Muestra lo interno y lo externo del hombre, y como objeto que se sitúa en los márgenes de lo visible y lo invisible, también saca a la luz lo divino y lo demoníaco.
Su poder, recogido en tantas culturas, es importante, al conectar el más allá con la realidad presente, pudiendo hacer de conexión entre el pasado, el presente y el futuro, y sitúan al espejo dentro de los instrumentos que permiten el acceso al inframundo.
Sus propiedades físicas que permiten aprehender la forma, pero no la esencia del objeto, nos sitúan en las características filosóficas de estos instrumentos ópticos.
La mística del espejo es claramente aludida en múltiples valores musulmanes que constituyen su imaginario. El mundo es el espejo de Dios, la belleza no está nunca ausente del espejo. El mismo profeta Mohammed actúa como espejo en el que el creyente y el no creyente se reflejan en su pura naturaleza. El corazón será visto como un espejo, que siendo bien pulido se hace capaz de percibir la luz de Allah. La luna ejemplifica bien esta labor de reflejo de la verdad, que el Islam simboliza en su idea mística del reflejo especular. 
El uso de este instrumento simboliza, pues, la mística de la luz divina, y su reflejo en el hombre y en las cosas, al hacerse partícipes de dicho reflejo, contiene cierta sacralidad que las hace irrepresentable, en cuanto partícipes de lo divino. Es por ello que la representación del hombre, que participa de dicha luz, queda restringida en la ética de la labor artística. La obra pictórica es contemplada con lupa por los censores de la ortodoxia, siendo así que cualquier representación de dicha iluminación divina (con el objeto iluminado que funciona como espejo que refleja dicha luz), puede pecar de intentar competir con la belleza única, que emana del foco original de dicha luz. Hasta la regulación de las sombras en la pintura será tenido en cuenta.[1]
El artista, el poeta,[2] se convierte a través de su obra, en un posible hereje, al intentar emular, en un acto diabólico, la belleza que sólo la luz creativa de Dios puede realizar. La representación pictórica es vista como un juego peligroso que puede intentar competir con la majestuosidad divina. 
La caligrafía es así consagrada como un arte legítimo, que expresa en la belleza de sus líneas caligráficas y en la estética de sus letras, la esencia de lo referido, que las formas pictóricas tienen vedado expresar, por lo poco sutil de su labor. Si la belleza no es vista como reflejo de lo divino, será vista como demoníaca, como máscara de Satán.
El uso y el poder de las letras serán también recogidos dentro de esta corriente místico-esotérica, que dota de valor mágico a los diferentes signos.
El Corán y los hadices serán observados con lupa para legitimar lo permitido y lo prohibido (halal y haram) de las artes. Se origina una idea del uso legítimo de la magia frente a un uso prohibido (as-sihr al-halal  y as-sihr al-haram). Es decir, que se crean los conceptos y disposiciones para hablar de una magia legítima islamizada.[3]
La escritura sobre magia queda justificada en el propio Corán, así como su vínculo con el judaísmo,[4] y la preocupación por dichos temas queda reflejado en las dos últimas suras apotropaicas del libro sagrado.
Este tipo de magia lícita que caracterizará al Islam queda indisolublemente unida a las prácticas místicas y al éxtasis, convirtiéndose para algunos en la meta final e intrínseca, a la poesía y otros artes. Aparecerán así diversas fórmulas y modos que regularán los usos mágicos.
En su Muqaddimah, Ibn Jaldun clasifica la magia negra (él no habla de magia lícita pero sí distingue las acciones mágicas de sufíes como lícitas, identificándola con la magia divina de los profetas) en tres aspectos, todos ellos ilícitos:
La brujería, que utiliza fuerzas propias del alma para influir en los elementos.
La que usa los talismanes gracias a la ayuda de los planetas.
La que ejerce poder sobre la imaginación y que es característica de los predistigitadores.
La magia islámica o sihr incluye en todos sus aspectos, lícitos y prohibidos: la poesía, los trucos de manos, las propiedades curativas de las plantas, las invocaciones a Dios para que asista a alguien, las invocaciones a los jins o a los demonios o los espíritus de los planetas, y, en ocasiones, el arte adivinatoria de la astrología. La adivinación (kihana) busca la predicción de eventos futuros, pero no necesariamente cambiarlos, mientras que la magia buscará cambiar el transcurrir de las cosas con la ayuda de alguna fuerza sobrehumana.

Los espejos mágicos

Si bien es importante destacarlo, el motivo de los espejos no queda reducido solo a la influencia del pensamiento místico, desde el ámbito conceptual o alegórico. 
El uso del espejo como elemento adivinatorio o mágico lo podemos rastrear en diversas culturas, y su uso debió de pasar al islam influido por las culturas que tenía alrededor. Es bien conocido el componente mítico que tenía el espejo en Grecia.   
También en el judaísmo encontramos referencias diversas[5] al uso de espejos (como en Ex 38,8). Las referencias del poeta persa medieval Hafiz de Shiraz, respecto del uso de espejos, por parte del prior de los magos zoroástricos, nos aporta un dato estimable para entender la mayor influencia de estas prácticas en el islam chií.
“Lo vi riendo, la copa de vino en su mano, portando en su espejo cientos espectáculos diferentes”[6]
Una de las leyendas que se refieren a los espejos mágicos, sirvió para desprestigiar la facción chií a partir del relato suní. En dicha leyenda se cuenta como Dios dio a Adán un espejo mágico, que permitía al primer hombre conocer todas las cosas, todos los secretos cosmológicos (jafr). Dicha leyenda, contada por Tabari, continúa explicando cómo dicho espejo pasa de mano en mano, por los diferentes líderes judíos, hasta el rey Salomón, y, hasta un Rosh-Golah al final de la dinastía Omeya, que se lo dará al califa Marwan. El califa destruirá dicho espejo para que no caiga en manos de los demonios que intentan usurparlo. A pesar de ello, el espejo caerá en manos de un chií, al que se lo arrebatará el segundo califa abasí Ja´far al-Mansur, siendo castigado por el califa. Dicha historia trata de mostrar lo ilegítimo de la acción chií, desprestigiando la idea de estos, en torno a que su legitimidad proceda de la línea judía que entronca con los grandes reyes del judaísmo, los exilarcas babilónicos y la autoridad del Imam chií, desde la línea de Alí.[7] Estas y otras historias nos hablan de un tiempo en el que entre judíos y musulmanes se confundía y mezclaba el ámbito religioso.
Pero el ámbito de los espejos (mirʹāt), también es visto dentro de la filosofía chií como un dilema ontológico, al situar el problema de la aprehensión de la imagen sin la esencia del objeto. El tema del espejo genera interés en el mundo musulmán medieval desde la magia, la adivinación, la filosofía y también desde la ciencia y la técnica. Todo ello está de una forma u otra interrelacionado. 
Desde el ámbito más puramente científico-técnico hay que destacar la importante labor traductora de los estudiosos árabes, que, preocupados por rescatar los conocimientos griegos, entorno al uso de espejos con fines militares (los famosos espejos ardientes de Arquímedes), de comunicaciones, y otros usos prácticos, recuperaron diversos escritos, sobre la fabricación y la física del espejo o catóptrica.[8] Dichas traducciones de Diocles o Antemio fueron usadas tanto por magos y astrólogos como por astrónomos y físicos:    
“Deux siѐcles avant notre ѐre, Dioclѐs invoquait l´efficacité de certains miroirs pour illuminer les temples et pour marquer les heures”[9]
Otro escritor persa medieval, Nizām ad-Dīn (Nezāmi), nos cuenta ciertas leyendas sobre el origen del espejo y de cómo sorprendió este objeto en su encuentro con la cultura china, por parte de una embajada de Al-Iskandar (Alejandro Magno), y nos menciona a Alejandro, como el poseedor de un espejo mágico en el que aparecen los secretos del mundo. Dicho “Alejandrom” habría sido inventado por el mismo Alejandro, originándose en esta leyenda el primer espejo conocido.[10]
La adivinación a través del espejo, o catoptromancia, se relaciona con la adivinación en la superficie del agua o lecanomancia, a la que Ibn Jaldun se refiere como un tipo de adivinación de segundo rango, en la que se miraba fijamente la superficie hasta que aparecía una imagen, que informaba al adivino de qué hacer o qué saber. Mediante estas técnicas en las que se interpretaban los patrones aparecidos en la superficie del agua, del espejo, del aceite, o cualquier otra superficie brillante, se aprendía la voluntad divina o se leía el futuro.[11]
Muchos de los espejos incluían en su lado trasero un lema coránico o alguna palabra con funciones mágicas. También se conservan cajas de espejos que servían de talismán. Muchos otros que nos han llegado están grabados con cuadrados mágicos.
Podemos ver un ejemplo de la importancia de los espejos, reflejos y luces en este santuario chií de Shiraz.

Nota: La bibliografía correspondiente será expuesta en la segunda parte de esta investigación el próximo mes.




[1]  Bürgel, J. C. The Feather of Simurgh: the “Licit Magic” of the Arts in Medieval Islam. New York University Press, 1988. pp. 14

[2]  Los poetas eran propagandistas políticos y se les veía con poderes cuasi divinos, en algunos casos inspirados por los jins. Corán, 26.

[3] “Early in the history of Islam a magical world view started to evolve, not one of black magic, but of the white, i.e., licit, religious, Islamicized magic.” Bürgel, op. cit. pág. 16

[4] El Corán, 2,102.

[5]  Trachtenberg, J. Jewish Magic and Superstition. New York: Atheneum, 1987. Relata una práctica que consistía en escribir tres veces el nombre de la persona deseada, en el envés de un espejo. Si se dirigía el espejo a dos animales copulando se conseguiría el efecto deseado.

[6]  Referido en Bürgel, pág. 140.

[7]  Wasserström, S. M. Between Muslim and Jew. The problem of Symbiosis under Early Islam. Princeton: Princeton University Press, 1995pp 108-116.

[8]   Rashed, R. Les Catoptriciens grecs. Vol. 1: Les miroirs ardents. Paris: Les Belles Lettres, 2000. Pág. XVIIXVIII.

[9]Op. cit. pp. XIV-XV  

[10] En Bürgel, op. cit. pág. 138 y siguientes


[11]  Savage-Smith, E. Magic and Divination in Early Islam. Aldershot: Ashgate, 2004. Pág. XXXI