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domingo, 10 de julio de 2016

Raíces, motivos y procesos del culto imperial en época augustea.

Por: Miguel Morata Mora

Correo electrónico: mimorata.mmm@gmail.com

Augusto y la religión

El gobierno de Augusto estuvo investido de una gran religiosidad que, según el pueblo romano, llevó la paz al imperio. Algunos autores afirman que Augusto tomó conciencia de que el control de la plebe, del ejército y de la política no era suficiente para hacer que su sistema perdurara por lo que se sirvió de la religión para reforzar su prestigio. Así, el nacimiento del culto imperial fue un proceso largo, meditado y planificado por el propio princeps[1][2]. En el presente trabajo nos situamos bajo la opinión de que, desde un profundo sentido de misión religiosa, Augusto pretendía dar a Roma un nuevo y esplendoroso comienzo, reflejo de los tiempos de Eneas y Rómulo, un comienzo en el que, mediante la piedad a los dioses, pudiera purgar las faltas cometidas en el pasado.[3]
De esta manera, Augusto se presenta como restaurador, no solo de la República, sino también de la pietas primigenia del pueblo Romano, plasmada por Virgilio en el pius Aeneas, su ancestro mítico. Son los discursos los que mantienen a las élites en el poder, las derrocan e imponen otras nuevas, y este discurso de Augusto ha ganado frente al de un Antonio masacrado por las fuentes: que gusta de la proscripción indiscriminada, del autoritarismo senatorial y del lujo oriental. Quedaron de esta forma representados como fuerzas antagónicas: Octaviano escogió como su dios personal y protector a Apolo, dios de la belleza y la mesura, frente al dios del exceso y el desorden, el Nuevo Dioniso, Antonio como él mismo se autoproclamó. El culto a Apolo será alentado durante el principado. Se construirá en el Palatino un templo dedicado a él. Apolo hasta entonces fue considerado un dios de adivinación y curación, para Augusto era un dios de la paz y de la civilización que representaba todo lo que es nuevo y próspero[4].
Impulsó también el culto a Marte, no solo, tal y como antes dijimos, como vengador de César, sino como padre de Rómulo, el progenitor de Roma. Fueron muchos los templos renovados, reparados y reconstruidos por Augusto, pero aparte de los de Apolo y Marte, la agradable paz y la guerra justa, hubo otro culto en el que es importante reparar, y es en el culto al Divino Julio. Augusto sabía que el pueblo lo veía como un hombre cercano al ámbito divino y parecía que no le gustaba rechazar los halagos que le hacían, pero sabía que proclamarse oficialmente como una divinidad le traería problemas. El propio César fue un ejemplo. Pero aquel ya tenía esos honores, por lo que perfectamente pudo nombrarse, sin dañar demasiadas sensibilidades, Diui filius[5]. Esos fueron los comienzos oficiales de la religión de Augusto.
Una religión no puede ser impuesta a una sociedad debido a su naturaleza: la unión “religada” con los antepasados basada en la adoración de los ancestros y las divinidades cósmicas sempiternas. Esto es llevado a cabo mediante el uso de objetos y vestimentas similares o idénticos a los que utilizaban los antepasados (o los mismos) durante los rituales heredados de aquellos, e incluso en los mismos lugares en los que antaño se realizaban. La religión, por tanto, se convierte en un elemento altamente tradicional dentro de una sociedad. La imposición ex nihilo de una serie de cultos y/o creencias solo puede causar tensiones sociales y políticas internas dentro de los estados dando pie al advenimiento de crisis de mayor calibre. Para que una religión o culto pueda ser oficializado es necesario que haya una amplia base social que la secunde. Teniendo esto en cuenta, se nos antoja pensar que el hecho de que Augusto fuese considerado un personaje divino no era solo una estrategia política de legitimación del poder imperial, sino una auténtica certeza popular a causa de los beneficios generales que su llegada al poder provocó en la sociedad romana.

Nada pueden pedir los hombres a los dioses y nada pueden los dioses conceder a los hombres, ningún deseo concebir ni realizar que felizmente César después de su vuelta a Roma no presentara al estado, al pueblo romano y al mundo.[6]

Pero la moderatio política de Augusto le prohibía en vida cualquier aspiración a la divinización. Bien parece ser que el princeps mostraba su rechazo a que hubiese en Roma templos dedicados a su persona[7]. Cuando inició su vida pública rechazaba abiertamente la monarquía y la divinización. En una carta escrita por Décimo Bruto a Cicerón en mayo del 43 a.C.[8] exponía aquel al preclaro orador una conversación que ocurrió entre un personaje del que poco sabemos, Segulio Labeón, y Octaviano. En esta conversación comenzaron a hablar sobre Cicerón; Octaviano afirmó que no tenía nada en contra del orador a excepción de unas palabras que pronunció contra él, afirmando que un hombre joven debe ser alabado, honrado y elevado al cielo. Continuó diciendo, según esta noticia, que no permitirá que nadie lo elevase al cielo, actitud que no continuará tras su ascenso al poder. En una carta privada suya transmitida por Suetonio afirmaba: “mi benignidad me conducirá a la gloria celestial”[9]. Algunos emperadores posteriores tomaron medidas para frenar el culto privado a ellos mismos. Era una práctica permanente pero sin llegar a resultar una persecución excesiva. Tiberio y Claudio intentaron detener el proceso levemente, posiblemente para calmar al Senado y no pecar de adulatio. Sin embargo, desconocemos hasta qué punto este rechazo aparente fue ciertamente efectuado[10]. Divino pero humano, Augusto sería divinizado en vida de facto, pero no de iure. Para ello habrá que esperar hasta su defunción.
Existían, sin embargo, otros recursos para aproximarse a los dioses sin proclamarse uno de ellos. Uno de los más importantes ya comentado anteriormente fue la denominación de Diui filius. Otra de gran importancia era el nomen Augusti, concedido por el Senado el 13 de enero del 27 a.C., que está etimológicamente asociado con el verbo augeo, hacer crecer. En la antigüedad, que aún no existía un método etimológico, pensaban que podía ser una palabra derivada de auctus (participio de augeo), de augur o de auium gestus o gustus. En cualquier caso, la palabra augustus ya se utilizaba para hablar de monumentos y objetos sagrados[11]. De esta manera su persona quedó santificada, bendecida por los dioses. Sabemos también por el testimonio de Suetonio que fue iniciado en los misterios eleusinos a Deméter[12], ello le investiría de un poder sagrado al ser conocedor (gnostós) de cuanto hay más allá de la muerte.
La conferencia de paz entre Octavio y Antonio que dio lugar al segundo triunvirato se hizo por mediación de Lépido en una isla del río Lavinio, en las cercanías de Módena. Por entonces Lépido era Pontífice Máximo; él cruzó primero el puente, llegó a la isla y, tras inspeccionar que todo estaba en orden, se aproximaron allí Octavio y Antonio. Allí se trató la paz y los dos bandos enfrentados quedaron sacramente unidos[13]. Lépido continuó en el cargo de Pontífice Máximo por su escrupuloso respeto de las convenciones, evitando así que Augusto lo destituyese. Cuando Lépido murió en el año 12 a.C., Augusto fue ascendido por fin al puesto máximo de la jerarquía religiosa[14]. Para Augusto tenía una gran importancia este cargo, posiblemente por la gran carga simbólica que tenía el puente en la antigüedad. Las aguas de los ríos eran sagradas y por tanto los puentes eran considerados elementos prácticamente sacrílegos: imponían un yugo a la divinidad del río, herían el subsuelo estableciendo contacto con las potencias infernales y unían dos orillas que por naturaleza deberían estar separadas, generando la paz entre dos polos enfrentados. Por ello los puentes estaban decorados con elementos profilácticos de carácter mágico-simpático como bucráneos o falos. La entrada del puente era lo que daba prestigio a los sacerdotes pontífices; este sacerdocio era, pues, lo mínimo a lo que Augusto podía aspirar[15] junto al título de Pater Patriae, que le fue concedido de forma unánime en el año 2 a.C. por el Senado y el pueblo de Roma[16]. Con él, Augusto fue reconocido finalmente como patrón del estado. Al igual que el pater familias era la figura principal de la domus, el princeps se convirtió en el patrón de una estructura superior. Esta reformulación implicó la entrada de Augusto en el culto doméstico de los lares[17].
Antes de comenzar a ver la situación del culto en época de Augusto, debemos fijar algunos términos. En toda religión podemos ver tres tipos de ritos: comunitarios, familiares y personales; y dos tipos de caracteres: privado y público. En Roma solo los ciudadanos podían participar en los ritos públicos, que eran ejecutados por sacerdotes funcionarios. La no participación por parte de un ciudadano en estos ritos, especialmente en los comunitarios y los familiares, podía poner en evidencia al individuo y a su gens. Los ritos privados, los cuales tienden a ser en la mayor parte de los casos familiares y personales, no tenían fronteras jurídicas por lo que podían ser realizados por personas de cualquier condición, incluidos los esclavos. Este modelo lo conocemos como religión cívica[18].
No creemos que haya habido un único epicentro en el surgimiento del culto imperial. De hecho, sabemos que no había un ritual establecido, por lo que en cada provincia se realizaba de manera distinta atendiendo a las tradiciones locales y sincretismos de la zona. En ciertas ciudades de Oriente existieron misterios imperiales[19]. Entre las primeras ciudades griegas en construir complejos dedicados a su nombre estuvieron Éfeso, Nicea, Pérgamo, Nicomedia, Afrodisia y Nisia; Segóbriga y Tarraco en Hispania, y las colonias fundadas por Augusto por todo el Imperio por estar beneficiadas directamente por el princeps[20]. En muchos de estos casos existirá un círculo vicioso que, aparte de legitimar al princeps en las provincias, gastará los recursos humanos y elitistas de las mismas: el Imperator beneficia a las élites y a la ciudad, por ello el princeps recibe la fidelidad sagrada mediante su culto, y vuelve a promocionar a sus élites como recompensa para que le sigan dando su apoyo. De esta manera, Augusto se convierte en el patrón de las ciudades al modo que vimos antes en el paso de pater familias al Pater Patriae. Cuando con el paso de las generaciones las élites se desliguen de sus ciudades y emigren a la Urbe, el vacío de poder será ocupado por el ejército. Este proceso se dará especialmente en Occidente por la mayor cantidad de colonias allí fundadas. En este sentido, el Oriente conservará en mejor sus recursos y se podrá superar mucho mejor las épocas de crisis.
Una de las explicaciones que se dan a la expansión de la visión del princeps como patrón del estado en el plano urbano se explica mediante los esclavos de la casa imperial. Estos rendirían culto a los lares de sus patrones, en este caso a Augusto, y, cuando eran manumitidos, continuaban con el culto en otros collegia, asociaciones y ciudades pasando a ser el emperador parte esencial de los lares en los cultos familiares y comunitarios privados. Cuando un culto de carácter privado tiene un fuerte seguimiento social, fácilmente podrá pasar al ámbito público. Para que no se descontrolase la domus imperial, se vió en la obligación de imponer una regulación de las leyes vinculadas a las festividades imperiales tanto privadas como públicas[21].
Finalmente, con la muerte de Augusto el Senado lo nombró deus y su culto se fortaleció en época de Tiberio:

Fue enterrado en Roma, en el Campo de Marte y, a pesar de ser un hombre, fue considerado merecidamente en muchos aspectos semejante a un dios.[22]

Como benefactor y pacificador del Imperio fue considerado un gobernante bueno y justo con el pueblo y por tanto sabio y santo. En la muerte que nos transmitió Suetonio hay quienes ven el reflejo de la muerte ejemplar del filósofo: con los allegados y amigos junto al lecho de muerte, y una muerte tranquila propia del estoicismo, muy similar a la Sócrates, Séneca o Trasea Paeto.[23]

Bibliografía

Fuentes literarias

Eutropio; Breviario, Ed. Gredos, Madrid, trad. Emma Falque
Cicerón; Cartas, v.2 (A Ático II), Ed. Gredos, Madrid, trad. Miguel Rodriguez-Pantoja Márquez
Id; Cartas, v.4 (A Familiares II), Ed. Gredos, Madrid, trad. Ana-Isabel Magallón García
Salustio; Guerra de Jugurta, Ed. Gredos, Madrid, trad. Bartolomé Segura Ramos
Suetonio; Vida de los doce Césares, Ed. Juventud, Barcelona, trad. Vicente López Soto
Veleyo Patérculo; Historia Romana, Ed. Gredos, Madrid, trad. Mª Asunción Sánchez Manzano

Fuentes contemporáneas

Engels, Friedrich (2010): El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Biblioteca Pensamiento Crítico (Público), Barcelona, primera edición.
Gónzalez, Julián (2015): “El culto a Augusto Vivo y la Devotio Popular: el origen del culto imperial”, Onoba, pp.16-24, Universidad de Huelva
Langa, Alfredo (2013): La economía política de la guerra, Icaria Editorial, Barcelona.
Le Glay, Marcel (2002): Grandeza y caída del Imperio Romano, Cátedra, Madrid, primera edición
Martin, Régis F. (1998): Los doce Césares. Del mito a la realidad, Aldebarán Ediciones, Madrid, primera edición española
Montero, Santiago (2010): “Augusto y los puentes: ingeniería y religión”, de Naturaleza y religión en el Mundo Clásico: Usos y abusos del medio natural (MONTERO, Santiago; et CARDETE, Mª Cruz eds.), Signifer Libros, Madrid.

Solís, Javier (2012): “Adoración corporativa y culto imperial. Cuando lo ‘privado’ invado lo ‘público’.”, Antestería, Nº1, pp. 371-378, publicación online disponible en: https://www.antesteria.es/n1-2012.html





[1] González 2015: 16
[2] Le Glay 2002: 129
[3] Ogilvie 1995, 143
[4] Ogilvie 1995: 145
[5] Ogilvie 1995: passim
[6] Vel. Pat. Hist. II, 89, 2
[7] Martin 1998: 311
[8] Cic. Fam. XI, 20, 1
[9] Suet. Aug. 72, hablando sobre el perdón de deudas en el juego.
[10] Solís 2012: 374
[11] Suet. Aug. 7
[12] Suet. Aug. 93
[13] Montero 2010: 203
[14] Ogilvie 1995: 144
[15] Montero 2010: 199
[16] Suet. Aug. 58
[17] Solís 2012: 373
[18] Solís 2012: 372
[19] Le Glay 2002: 131
[20] González 2015: passim
[21] Solís, 2012: 377
[22] Eutropio, 8, 4.
[23] Martin 1998:130-131

sábado, 11 de junio de 2016

Raíces, motivos y procesos del culto imperial en época augustea.



Por: Miguel Morata Mora


Correo electrónico: mimorata.mmm@gmail.com


Introducción


No se puede al hablar del culto imperial separar la cuestión religiosa de la política. Es por ello por lo que para la mejor comprensión de este tema lo primero que debemos observar es el contexto anterior al ascenso de Augusto al poder. El objetivo que aquí nos presentamos es ver cómo la aparición del culto imperial responde, no solo a una apetencia política, sino a un proceso derivado del contexto social, político y religioso.

Cuando las guerras civiles concluyeron con la victoria de Octavio sobre Antonio quedó una Italia desolada por siglos de guerras. Desde que Aníbal puso en jaque a Roma, las tierras itálicas tuvieron pocos descansos para recuperar su nivel de producción, algunas regiones dejaron de ser habitadas y la crisis demográfica acentuaba la crisis agraria que sumada a las insaciables ansias de poder de algunos miembros del orden senatorial dejaron exhausta a la población. En este entramado aparecieron personas de diversa condición que reclamaban más contramedidas a la corrupción y ayudas para el pueblo, indiferentemente si fueron movidos por un verdadero altruismo o por ansias de gloria. Sin duda el hecho más revolucionario fue la aparición de los homines noui (hombres nuevos), en cuanto al orden senatorial, pues resultarán ser una pieza fundamental en el puzle político-religioso. Al ser personas que no son reconocidas socialmente por su ascendencia sino que por sus méritos personales, han logrado formar parte de la élite política, rechazan todas las tradiciones religiosas y supersticiosas de una cada vez más desfasada y corrupta oligarquía senatorial.

Tras la guerra de Yugurta ocurrida a finales del siglo II a.C. comenzará el periodo de las guerras civiles, un momento histórico de gran convulsión que dejará una profunda huella en la historia de Roma. Es interesante comprobar que tras la guerra entre Mario y Sila aparecen dos bandos políticos, uno seguidor de las políticas silanas y otro de las marianas; tras la guerra entre César y Pompeyo, todos parecen ser o cesarianos o pompeyanos; y en la guerra civil surgida del segundo triunvirato ocurrirá lo mismo entre Antonio y Octaviano. El nexo guerra-política-guerra se hace evidente. Para Clausewitz la guerra es un instrumento político, la continuación de las relaciones políticas gestionadas por otros medios. Foucault, por su parte, invierte esta proposición afirmando que en realidad la política es la continuación de la guerra por otros medios, que se trata de las secuelas de la guerra precedente[1]. A lo que queremos llegar con esto es a la observación de cómo la guerra y otros actos violentos tienen una gran capacidad para transformar las ideas y las conductas de los pueblos hasta el punto, como veremos, de cambiar el sentido religioso, pues en nuestra opinión el nacimiento del culto imperial tiene su raíz en la crisis y en la guerra.

Hay otros cambios significativos que tendremos que tener en cuenta. Años atrás, la victoria era considerada una recompensa divina por la pietas de los romanos[2]; se consideraban un pueblo de gran piedad y que los dioses se lo habían recompensado con la victoria y la supremacía mundial. En consecuencia los triunfos de Roma eran entendidos como triunfos divinos[3]. Con las guerras civiles la victoria comenzó a verse como consecuencia de la uirtus y de la felicitas del general, de su valor, su talento militar y su fortuna[4]. Esto no significa que desapareciese de la cosmovisión romana el factor religioso de la victoria, sino que el individuo ganó importancia frente a la comunidad. En un periodo en el que el pueblo ha dejado de lado a los dioses, sus templos y sus ritos, ya no es la comunidad la que puede lograr salvarse, es un individuo de gran piedad el que debe permitir a Roma pagar sus deudas con los dioses. Este individuo será Octaviano[5].


El heredero de César


Julio César marcó toda una época. Fue el primer hombre que logró que el pueblo romano se uniese tan unánimemente a su ambiciosa voluntad. Tal es así que la propia plebe se tomó la venganza por su muerte[6], porque bien sabía el pueblo que su propio bienestar residía en el bienestar de su dictador. Tanta fue la cantidad de gente que fue a honrar a César tras su muerte que se decidió no establecer un orden a los oferentes para que pudiesen llegar desde cualquier parte de la ciudad. Se realizaron, aparte de las numerosas ofrendas realizadas por parte del ejército y la plebe, procesiones y cánticos funerales en su honor. Los judíos, afirmó Suetonio, llegaron a reunirse alrededor de la pira durante varias noches consecutivas[7]. Sabemos por una carta de Cicerón[8] que de entre la plebe surgió un personaje llamado Mario, un bandido que levantó un altar sobre el lugar en el que fue incinerado César y se estableció allí como cabecilla de un grupo que trató de seguir vengando su muerte. Fue detenido y ejecutado el 13 de abril del 44 a.C., casi un mes después de la muerte del dictador. En el funeral se leyó en público el decreto senatorial que lo divinizaba.

Es muy importante tener en cuenta este tipo de acontecimiento: el político, puesto que depende del pueblo para mantenerse en el poder, adaptará a él su discurso aunque ello genere una contradicción interna del mismo. Durante la crisis de la República este hecho será una constante en la política romana. Ya en los los tres últimos años de la vida del dictador, a César se le dedicaron estatuas, altares, Lupercales y un flamen, desarrollándose así un culto a su persona que, en vida, lo igualaba a los dioses[9]. Hubiese sido lógico que los asesinos de un dictador con pretensiones divinas tratasen de anular el culto establecido para eliminar posibles problemas derivados de su recuerdo, pero tal fue la fuerza con la que respondió el pueblo que para poder salvarse a sí mismos tuvieron que dejarse vencer por las tensiones sociales del momento, tensión alimentada por el hecho de que uno de los cónsules, Antonio, era completamente cesariano y el otro, Dolabela, se movía más por ambición que por lealtad.

Cuando, tras ser leído el testamento de César en la casa de Antonio, Octavio fue adoptado como sucesor del dictador comenzó una rivalidad que estará presente en la vida política de los próximos veinticinco años[10]. Desde un primer momento se escuchan rumores de que Octaviano pretendió asesinar a Antonio en un atentado[11]. A finales del 44 la rivalidad entre ambos es tal que se convierte en un asunto público que obliga a la élite senatorial a situarse en un bando o en otro. Por regla general, se situarán al lado de Octaviano huyendo del castigo jurado por Antonio contra los enemigos de César.

En principio Octaviano parece no saber muy bien lo que hacer. Le pide múltiples consejos a Cicerón, según nos ha transmitido el orador[12], incluso le pide que salve de nuevo a la República, propuesta que Cicerón no se ve en posición de aceptar en un momento en el que todo el Senado se haya aterrorizado por la sombra de Antonio[13]. Lo que sí podemos ver en Octaviano es la prontitud con la que se quiso mostrar como heredero legítimo de César financiando un templo dedicado a su culto y un ejército de veteranos que fácilmente pudo tener a su favor por su nombre y su dinero para combatir a su rival principal. Todo ello mostraba al pueblo y al Senado su piedad filial y, por tanto, consolidaba su situación frente a Antonio[14]. Posteriormente, cuando asociado con Antonio derrote a los asesinos de César, dedicará un templo en Roma a Marte con la advocación de Ultor, vengador[15].

Según nos transmite Salustio, tras la batalla de Perusa escogió a trescientos prisioneros de entre los dos órdenes, ecuestre y senatorial y los sacrificó como víctimas durante las idus de marzo ante un altar erigido al Divino Julio. La elección de este número no es gratuita. Se trata de un número fundamental en la política romana, el Senado siempre ha estado compuesto durante la República por trescientos individuos o por un múltiplo del mismo número. Esta cantidad los romanos la explicaban en un mito en el que se aseguraba que la fundación de la Urbe se produjo por un asentamiento de cien gens latinas reunidas en una tribu. Más adelante se unió la tribu Sabelia con otras cien gens, y por último entraron otras cien gens de elementos diversos. Cada una de estas trescientas gens tenían un pater familias, el miembro más experimentado de la gens y por general el mayor de todos en edad, pues ello lo investía de auctoritas. Aquellos trescientos ancianos, senex, conformaron los miembros del Senatus original[16]. Sea cierta o no el relato recogido por Salustio es una clara evidencia de la imagen piadosa que reinaba en torno a Octaviano hacia su padre adoptivo.

Muertos ya todos los asesinos de César y los posibles herederos de su poder, la flagelada Italia despertó de la pesadilla sufrida durante las guerras civiles, pero las cicatrices no curarían en seguida. Campos, pueblos y templos quedaron abandonados por toda la península. Octavio, quien se acababa de convertir en el único poder en Roma era el portador de todas las esperanzas de la plebe de poder vivir en paz y en abundancia.


Fuentes literarias


EUTROPIO; Breviario, Ed. Gredos, Madrid, trad. Emma Falque

CICERÓN; Cartas, v.2 (A Ático II), Ed. Gredos, Madrid, trad. Miguel Rodriguez-Pantoja Márquez

Id; Cartas, v.4 (A Familiares II), Ed. Gredos, Madrid, trad. Ana-Isabel Magallón García

SALUSTIO; Guerra de Jugurta, Ed. Gredos, Madrid, trad. Bartolomé Segura Ramos

SUETONIO; Vida de los doce Césares, Ed. Juventud, Barcelona, trad. Vicente López Soto

VELEYO PATÉRCULO; Historia Romana, Ed. Gredos, Madrid, trad. Mª Asunción Sánchez Manzano



Fuentes contemporáneas


ENGELS, Friedrich (2010): El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Biblioteca Pensamiento Crítico (Público), Barcelona, primera edición.

GÓNZALEZ, Julián (2015): “El culto a Augusto Vivo y la Devotio Popular: el origen del culto imperial”, Onoba, pp.16-24, Universidad de Huelva

LANGA, Alfredo (2013): La economía política de la guerra, Icaria Editorial, Barcelona.

LE GLAY, Marcel (2002): Grandeza y caída del Imperio Romano, Cátedra, Madrid, primera edición

MARTIN, Régis F. (1998): Los doce Césares. Del mito a la realidad, Aldebarán Ediciones, Madrid, primera edición española

MONTERO, Santiago (2010): “Augusto y los puentes: ingeniería y religión”, de Naturaleza y religión en el Mundo Clásico: Usos y abusos del medio natural (MONTERO, Santiago; et CARDETE, Mª Cruz eds.), Signifer Libros, Madrid.

SOLÍS, Javier (2012): “Adoración corporativa y culto imperial. Cuando lo ‘privado’ invado lo ‘público’.”, Antestería, Nº1, pp. 371-378, publicación online disponible en: https://www.antesteria.es/n1-2012.html





[1] Langa 2013: 64-65

[2] González 2015: 17

[3] Ogilvie 1995: 142

[4] González 2015: 17

[5] Ogilvie 1995: 143-144

[6] Suet. Jul. 85

[7] Suet. Jul. 84

[8] Cic. Att. XIV, 6, 1

[9] Martin 1998: 310

[10] Suet. Jul. 83

[11] Cic. Fam. XII, 23, 2

[12] Cic. Att. XVI, 8, 2

[13] Cic. Att. XVI, 11, 6

[14] Martin 1998: 311

[15] Suet. Aug. 29


[16] Engels 2010: 173