sábado, 11 de junio de 2016

Raíces, motivos y procesos del culto imperial en época augustea.



Por: Miguel Morata Mora


Correo electrónico: mimorata.mmm@gmail.com


Introducción


No se puede al hablar del culto imperial separar la cuestión religiosa de la política. Es por ello por lo que para la mejor comprensión de este tema lo primero que debemos observar es el contexto anterior al ascenso de Augusto al poder. El objetivo que aquí nos presentamos es ver cómo la aparición del culto imperial responde, no solo a una apetencia política, sino a un proceso derivado del contexto social, político y religioso.

Cuando las guerras civiles concluyeron con la victoria de Octavio sobre Antonio quedó una Italia desolada por siglos de guerras. Desde que Aníbal puso en jaque a Roma, las tierras itálicas tuvieron pocos descansos para recuperar su nivel de producción, algunas regiones dejaron de ser habitadas y la crisis demográfica acentuaba la crisis agraria que sumada a las insaciables ansias de poder de algunos miembros del orden senatorial dejaron exhausta a la población. En este entramado aparecieron personas de diversa condición que reclamaban más contramedidas a la corrupción y ayudas para el pueblo, indiferentemente si fueron movidos por un verdadero altruismo o por ansias de gloria. Sin duda el hecho más revolucionario fue la aparición de los homines noui (hombres nuevos), en cuanto al orden senatorial, pues resultarán ser una pieza fundamental en el puzle político-religioso. Al ser personas que no son reconocidas socialmente por su ascendencia sino que por sus méritos personales, han logrado formar parte de la élite política, rechazan todas las tradiciones religiosas y supersticiosas de una cada vez más desfasada y corrupta oligarquía senatorial.

Tras la guerra de Yugurta ocurrida a finales del siglo II a.C. comenzará el periodo de las guerras civiles, un momento histórico de gran convulsión que dejará una profunda huella en la historia de Roma. Es interesante comprobar que tras la guerra entre Mario y Sila aparecen dos bandos políticos, uno seguidor de las políticas silanas y otro de las marianas; tras la guerra entre César y Pompeyo, todos parecen ser o cesarianos o pompeyanos; y en la guerra civil surgida del segundo triunvirato ocurrirá lo mismo entre Antonio y Octaviano. El nexo guerra-política-guerra se hace evidente. Para Clausewitz la guerra es un instrumento político, la continuación de las relaciones políticas gestionadas por otros medios. Foucault, por su parte, invierte esta proposición afirmando que en realidad la política es la continuación de la guerra por otros medios, que se trata de las secuelas de la guerra precedente[1]. A lo que queremos llegar con esto es a la observación de cómo la guerra y otros actos violentos tienen una gran capacidad para transformar las ideas y las conductas de los pueblos hasta el punto, como veremos, de cambiar el sentido religioso, pues en nuestra opinión el nacimiento del culto imperial tiene su raíz en la crisis y en la guerra.

Hay otros cambios significativos que tendremos que tener en cuenta. Años atrás, la victoria era considerada una recompensa divina por la pietas de los romanos[2]; se consideraban un pueblo de gran piedad y que los dioses se lo habían recompensado con la victoria y la supremacía mundial. En consecuencia los triunfos de Roma eran entendidos como triunfos divinos[3]. Con las guerras civiles la victoria comenzó a verse como consecuencia de la uirtus y de la felicitas del general, de su valor, su talento militar y su fortuna[4]. Esto no significa que desapareciese de la cosmovisión romana el factor religioso de la victoria, sino que el individuo ganó importancia frente a la comunidad. En un periodo en el que el pueblo ha dejado de lado a los dioses, sus templos y sus ritos, ya no es la comunidad la que puede lograr salvarse, es un individuo de gran piedad el que debe permitir a Roma pagar sus deudas con los dioses. Este individuo será Octaviano[5].


El heredero de César


Julio César marcó toda una época. Fue el primer hombre que logró que el pueblo romano se uniese tan unánimemente a su ambiciosa voluntad. Tal es así que la propia plebe se tomó la venganza por su muerte[6], porque bien sabía el pueblo que su propio bienestar residía en el bienestar de su dictador. Tanta fue la cantidad de gente que fue a honrar a César tras su muerte que se decidió no establecer un orden a los oferentes para que pudiesen llegar desde cualquier parte de la ciudad. Se realizaron, aparte de las numerosas ofrendas realizadas por parte del ejército y la plebe, procesiones y cánticos funerales en su honor. Los judíos, afirmó Suetonio, llegaron a reunirse alrededor de la pira durante varias noches consecutivas[7]. Sabemos por una carta de Cicerón[8] que de entre la plebe surgió un personaje llamado Mario, un bandido que levantó un altar sobre el lugar en el que fue incinerado César y se estableció allí como cabecilla de un grupo que trató de seguir vengando su muerte. Fue detenido y ejecutado el 13 de abril del 44 a.C., casi un mes después de la muerte del dictador. En el funeral se leyó en público el decreto senatorial que lo divinizaba.

Es muy importante tener en cuenta este tipo de acontecimiento: el político, puesto que depende del pueblo para mantenerse en el poder, adaptará a él su discurso aunque ello genere una contradicción interna del mismo. Durante la crisis de la República este hecho será una constante en la política romana. Ya en los los tres últimos años de la vida del dictador, a César se le dedicaron estatuas, altares, Lupercales y un flamen, desarrollándose así un culto a su persona que, en vida, lo igualaba a los dioses[9]. Hubiese sido lógico que los asesinos de un dictador con pretensiones divinas tratasen de anular el culto establecido para eliminar posibles problemas derivados de su recuerdo, pero tal fue la fuerza con la que respondió el pueblo que para poder salvarse a sí mismos tuvieron que dejarse vencer por las tensiones sociales del momento, tensión alimentada por el hecho de que uno de los cónsules, Antonio, era completamente cesariano y el otro, Dolabela, se movía más por ambición que por lealtad.

Cuando, tras ser leído el testamento de César en la casa de Antonio, Octavio fue adoptado como sucesor del dictador comenzó una rivalidad que estará presente en la vida política de los próximos veinticinco años[10]. Desde un primer momento se escuchan rumores de que Octaviano pretendió asesinar a Antonio en un atentado[11]. A finales del 44 la rivalidad entre ambos es tal que se convierte en un asunto público que obliga a la élite senatorial a situarse en un bando o en otro. Por regla general, se situarán al lado de Octaviano huyendo del castigo jurado por Antonio contra los enemigos de César.

En principio Octaviano parece no saber muy bien lo que hacer. Le pide múltiples consejos a Cicerón, según nos ha transmitido el orador[12], incluso le pide que salve de nuevo a la República, propuesta que Cicerón no se ve en posición de aceptar en un momento en el que todo el Senado se haya aterrorizado por la sombra de Antonio[13]. Lo que sí podemos ver en Octaviano es la prontitud con la que se quiso mostrar como heredero legítimo de César financiando un templo dedicado a su culto y un ejército de veteranos que fácilmente pudo tener a su favor por su nombre y su dinero para combatir a su rival principal. Todo ello mostraba al pueblo y al Senado su piedad filial y, por tanto, consolidaba su situación frente a Antonio[14]. Posteriormente, cuando asociado con Antonio derrote a los asesinos de César, dedicará un templo en Roma a Marte con la advocación de Ultor, vengador[15].

Según nos transmite Salustio, tras la batalla de Perusa escogió a trescientos prisioneros de entre los dos órdenes, ecuestre y senatorial y los sacrificó como víctimas durante las idus de marzo ante un altar erigido al Divino Julio. La elección de este número no es gratuita. Se trata de un número fundamental en la política romana, el Senado siempre ha estado compuesto durante la República por trescientos individuos o por un múltiplo del mismo número. Esta cantidad los romanos la explicaban en un mito en el que se aseguraba que la fundación de la Urbe se produjo por un asentamiento de cien gens latinas reunidas en una tribu. Más adelante se unió la tribu Sabelia con otras cien gens, y por último entraron otras cien gens de elementos diversos. Cada una de estas trescientas gens tenían un pater familias, el miembro más experimentado de la gens y por general el mayor de todos en edad, pues ello lo investía de auctoritas. Aquellos trescientos ancianos, senex, conformaron los miembros del Senatus original[16]. Sea cierta o no el relato recogido por Salustio es una clara evidencia de la imagen piadosa que reinaba en torno a Octaviano hacia su padre adoptivo.

Muertos ya todos los asesinos de César y los posibles herederos de su poder, la flagelada Italia despertó de la pesadilla sufrida durante las guerras civiles, pero las cicatrices no curarían en seguida. Campos, pueblos y templos quedaron abandonados por toda la península. Octavio, quien se acababa de convertir en el único poder en Roma era el portador de todas las esperanzas de la plebe de poder vivir en paz y en abundancia.


Fuentes literarias


EUTROPIO; Breviario, Ed. Gredos, Madrid, trad. Emma Falque

CICERÓN; Cartas, v.2 (A Ático II), Ed. Gredos, Madrid, trad. Miguel Rodriguez-Pantoja Márquez

Id; Cartas, v.4 (A Familiares II), Ed. Gredos, Madrid, trad. Ana-Isabel Magallón García

SALUSTIO; Guerra de Jugurta, Ed. Gredos, Madrid, trad. Bartolomé Segura Ramos

SUETONIO; Vida de los doce Césares, Ed. Juventud, Barcelona, trad. Vicente López Soto

VELEYO PATÉRCULO; Historia Romana, Ed. Gredos, Madrid, trad. Mª Asunción Sánchez Manzano



Fuentes contemporáneas


ENGELS, Friedrich (2010): El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, Biblioteca Pensamiento Crítico (Público), Barcelona, primera edición.

GÓNZALEZ, Julián (2015): “El culto a Augusto Vivo y la Devotio Popular: el origen del culto imperial”, Onoba, pp.16-24, Universidad de Huelva

LANGA, Alfredo (2013): La economía política de la guerra, Icaria Editorial, Barcelona.

LE GLAY, Marcel (2002): Grandeza y caída del Imperio Romano, Cátedra, Madrid, primera edición

MARTIN, Régis F. (1998): Los doce Césares. Del mito a la realidad, Aldebarán Ediciones, Madrid, primera edición española

MONTERO, Santiago (2010): “Augusto y los puentes: ingeniería y religión”, de Naturaleza y religión en el Mundo Clásico: Usos y abusos del medio natural (MONTERO, Santiago; et CARDETE, Mª Cruz eds.), Signifer Libros, Madrid.

SOLÍS, Javier (2012): “Adoración corporativa y culto imperial. Cuando lo ‘privado’ invado lo ‘público’.”, Antestería, Nº1, pp. 371-378, publicación online disponible en: https://www.antesteria.es/n1-2012.html





[1] Langa 2013: 64-65

[2] González 2015: 17

[3] Ogilvie 1995: 142

[4] González 2015: 17

[5] Ogilvie 1995: 143-144

[6] Suet. Jul. 85

[7] Suet. Jul. 84

[8] Cic. Att. XIV, 6, 1

[9] Martin 1998: 310

[10] Suet. Jul. 83

[11] Cic. Fam. XII, 23, 2

[12] Cic. Att. XVI, 8, 2

[13] Cic. Att. XVI, 11, 6

[14] Martin 1998: 311

[15] Suet. Aug. 29


[16] Engels 2010: 173

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