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lunes, 5 de octubre de 2015



Espejos y cuadrados mágicos en el Islam medieval, Parte 1

Por: Ivan Ruiz Larrea. Máster en Ciencias de las Religiones por la Universidad Complutense de Madrid.

Correo electrónico: ruizlarrea@hotmail.com

En esta primera entrega abordaremos la cuestión de los espejos mágicos para más adelante, en una entrega posterior, continuar con el artículo refiriéndonos a los cuadrados mágicos y completando con la bibliografía utilizada.

Desde la tradición islámica podemos rastrear un gran interés por la magia a partir sus comienzos. Dichos comienzos, son vistos por algunos autores como momentos en los que la confusión entre grupos de judíos, musulmanes, y cristianos, es difusa, por lo que la influencia de dichos grupos, su simbiosis originaria y sus préstamos en prácticas e intereses, nos llevan a una difícil distinción en lo que se refiere a lo auténtico y único de una tradición. Es por ello que mediante las prácticas de unos grupos y otros podemos entrever prácticas comunes.
Nuestro trabajo no va a indagar en lo común de dichas prácticas, sino que se va a centrar en las que se recogen desde la tradición islámica, a pesar de que consideramos que apuntar a dicha comunión, tan común en las cuestiones mágicas, es necesario, para poder destacar el valor transversal que el estudio de la magia adquiere en lo que se refiere a los préstamos producidos de unas confesiones a otras. La labor interdisciplinar del estudio de las religiones, queda, en los estudios de magia, resaltada por estas características intrínsecas a la propia disciplina. Podemos valorar mejor los préstamos interculturales, las influencias y los aspectos compartidos, así como los aspectos únicos de cada religión desde dicho estudio. 

La tradición musulmana y la magia. El reflejo como analogía de la magia lícita.

A diferencia del cristianismo que rechaza los aspectos mágicos y astrológicos (aunque tenga normalizadas ciertas prácticas no vistas como tales), la magia en el Islam goza de cierto reconocimiento que, no sin algunas dificultades, hacen que sea visto como una práctica incluida dentro del normal funcionamiento doctrinal y práctico.
Además de su vinculación con el judaísmo y con este de la astrología babilónica, encontramos influencias en la magia islámica desde diversos orígenes. Podemos destacar la influencia de la cultura india, la persa y la helenística, también desde el neoplatonismo, el gnosticismo, el mazdeísmo, y de figuras a las que se les atribuyeron obras de magia como Ptolomeo, Aristóteles, Platón, Zósimo, la escuela Pitagórica, el profeta Idris (Hermes)…
Para entender la proliferación de la magia en el mundo islámico debemos tener diversos factores en cuenta, entre los que se encuentran la herencia mencionada y la habitual presencia de este tipo de prácticas en el entorno del mundo islámico. A esto hay que añadir la inseguridad social de la época, la observación de ciertos hechos inexplicables en la naturaleza, como podía ser la generación de ciertos animales “de forma espontánea”. La astrología también estaba muy difundida (tenemos grandes ejemplos como los de Al-Kindi, Al-Farabi, Ar-Razi) y constituía el método adivinatorio por excelencia.  
El mundo mágico queda entroncado con la mística y las prácticas de sufíes dentro de las corrientes suníes, y goza de mayor popularidad en la vertiente chií. Realiza esa doble función que parece contradecirse, y que caracteriza la cuestión mágica dentro de las religiones. Por un lado sirve como sistema alternativo de vivencia social, como protección de resistencia contra el poder, que, en el desarrollo del mundo sufí les permitió permanecer al margen del poder de la administración califal o del gobierno de turno, al igual que en el entorno chií daba cierto poder de resistencia sobre el amplio dominio suní. Pero a su vez el control del mago (sufí o líder chií, principalmente) realiza un control social, como élite religiosa que representa dentro de su contexto interno.
Así la figura del Imam dentro del chiísmo, como la figura del sabio sufí, quedan  revestidas de cierto poder, a la vez que gozan de cierta protección contra el mayor poder político de las élites suníes. La tradición suní será más crítica con el uso de la magia, pero no por ello dejará de practicarla.
Algunos autores contrarios a los sufíes como puede ser el escritor medieval Abd al-Latif al-Baghdadi denunciarán ciertas prácticas de los sufíes (como Suhrawardi, Ibn Sina, o Jabir in Hayyan) como no tan lícitas, denunciándoles de practicar ciertos ritos de magia negra para curar ciertas enfermedades o ciertos hechizos (como podía ser el uso de ojos humanos para el mal de ojo). También encontramos detractores de la magia dentro de grupos de teólogos, que aludirán, por ejemplo, a que Abraham cambió su afición por las estrellas por su adoración a Dios.
Otro de los aspectos a destacar es la importancia que la magia (sihr) cobra en los avances de la ciencia, con la que se mezcla y confunde en gran medida. Lo oculto se hizo parte integral de la cultura islámica, en parte desde las ciencias. Los sabios astrónomos y científicos musulmanes de la Edad Media, combinan sus conocimientos físicos y matemáticos con conocimientos astrológicos y mágicos, siendo así que no existe una raya divisoria entre las prácticas mágicas y las ciencias de la naturaleza. Los avances técnicos serán utilizados indistintamente para uso técnico-científico así como mágico-adivinatorio.
En esta mezcla entre los distintos saberes también se unen arte y ciencia, ética y medicina, estética y arquitectura, con la magia y el esoterismo. En lo que se refiere a nuestro estudio, la simetría, moderación o itidāl es el concepto que aborda esta cuestión. La simetría es la esencia de la belleza. En su fuerte herencia neoplatónica, el Islam acogerá estas cuestiones sobre la forma y sus proporciones, y el espejo, motivo de nuestro estudio, ejemplifica esta cuestión. Su uso, así como las cuestiones derivadas de las propiedades refractantes de su superficie, darán lugar a toda una suerte de cuestiones relativas a sus aplicaciones. El espejo refleja lo que se ve y lo que no se ve. Muestra lo interno y lo externo del hombre, y como objeto que se sitúa en los márgenes de lo visible y lo invisible, también saca a la luz lo divino y lo demoníaco.
Su poder, recogido en tantas culturas, es importante, al conectar el más allá con la realidad presente, pudiendo hacer de conexión entre el pasado, el presente y el futuro, y sitúan al espejo dentro de los instrumentos que permiten el acceso al inframundo.
Sus propiedades físicas que permiten aprehender la forma, pero no la esencia del objeto, nos sitúan en las características filosóficas de estos instrumentos ópticos.
La mística del espejo es claramente aludida en múltiples valores musulmanes que constituyen su imaginario. El mundo es el espejo de Dios, la belleza no está nunca ausente del espejo. El mismo profeta Mohammed actúa como espejo en el que el creyente y el no creyente se reflejan en su pura naturaleza. El corazón será visto como un espejo, que siendo bien pulido se hace capaz de percibir la luz de Allah. La luna ejemplifica bien esta labor de reflejo de la verdad, que el Islam simboliza en su idea mística del reflejo especular. 
El uso de este instrumento simboliza, pues, la mística de la luz divina, y su reflejo en el hombre y en las cosas, al hacerse partícipes de dicho reflejo, contiene cierta sacralidad que las hace irrepresentable, en cuanto partícipes de lo divino. Es por ello que la representación del hombre, que participa de dicha luz, queda restringida en la ética de la labor artística. La obra pictórica es contemplada con lupa por los censores de la ortodoxia, siendo así que cualquier representación de dicha iluminación divina (con el objeto iluminado que funciona como espejo que refleja dicha luz), puede pecar de intentar competir con la belleza única, que emana del foco original de dicha luz. Hasta la regulación de las sombras en la pintura será tenido en cuenta.[1]
El artista, el poeta,[2] se convierte a través de su obra, en un posible hereje, al intentar emular, en un acto diabólico, la belleza que sólo la luz creativa de Dios puede realizar. La representación pictórica es vista como un juego peligroso que puede intentar competir con la majestuosidad divina. 
La caligrafía es así consagrada como un arte legítimo, que expresa en la belleza de sus líneas caligráficas y en la estética de sus letras, la esencia de lo referido, que las formas pictóricas tienen vedado expresar, por lo poco sutil de su labor. Si la belleza no es vista como reflejo de lo divino, será vista como demoníaca, como máscara de Satán.
El uso y el poder de las letras serán también recogidos dentro de esta corriente místico-esotérica, que dota de valor mágico a los diferentes signos.
El Corán y los hadices serán observados con lupa para legitimar lo permitido y lo prohibido (halal y haram) de las artes. Se origina una idea del uso legítimo de la magia frente a un uso prohibido (as-sihr al-halal  y as-sihr al-haram). Es decir, que se crean los conceptos y disposiciones para hablar de una magia legítima islamizada.[3]
La escritura sobre magia queda justificada en el propio Corán, así como su vínculo con el judaísmo,[4] y la preocupación por dichos temas queda reflejado en las dos últimas suras apotropaicas del libro sagrado.
Este tipo de magia lícita que caracterizará al Islam queda indisolublemente unida a las prácticas místicas y al éxtasis, convirtiéndose para algunos en la meta final e intrínseca, a la poesía y otros artes. Aparecerán así diversas fórmulas y modos que regularán los usos mágicos.
En su Muqaddimah, Ibn Jaldun clasifica la magia negra (él no habla de magia lícita pero sí distingue las acciones mágicas de sufíes como lícitas, identificándola con la magia divina de los profetas) en tres aspectos, todos ellos ilícitos:
La brujería, que utiliza fuerzas propias del alma para influir en los elementos.
La que usa los talismanes gracias a la ayuda de los planetas.
La que ejerce poder sobre la imaginación y que es característica de los predistigitadores.
La magia islámica o sihr incluye en todos sus aspectos, lícitos y prohibidos: la poesía, los trucos de manos, las propiedades curativas de las plantas, las invocaciones a Dios para que asista a alguien, las invocaciones a los jins o a los demonios o los espíritus de los planetas, y, en ocasiones, el arte adivinatoria de la astrología. La adivinación (kihana) busca la predicción de eventos futuros, pero no necesariamente cambiarlos, mientras que la magia buscará cambiar el transcurrir de las cosas con la ayuda de alguna fuerza sobrehumana.

Los espejos mágicos

Si bien es importante destacarlo, el motivo de los espejos no queda reducido solo a la influencia del pensamiento místico, desde el ámbito conceptual o alegórico. 
El uso del espejo como elemento adivinatorio o mágico lo podemos rastrear en diversas culturas, y su uso debió de pasar al islam influido por las culturas que tenía alrededor. Es bien conocido el componente mítico que tenía el espejo en Grecia.   
También en el judaísmo encontramos referencias diversas[5] al uso de espejos (como en Ex 38,8). Las referencias del poeta persa medieval Hafiz de Shiraz, respecto del uso de espejos, por parte del prior de los magos zoroástricos, nos aporta un dato estimable para entender la mayor influencia de estas prácticas en el islam chií.
“Lo vi riendo, la copa de vino en su mano, portando en su espejo cientos espectáculos diferentes”[6]
Una de las leyendas que se refieren a los espejos mágicos, sirvió para desprestigiar la facción chií a partir del relato suní. En dicha leyenda se cuenta como Dios dio a Adán un espejo mágico, que permitía al primer hombre conocer todas las cosas, todos los secretos cosmológicos (jafr). Dicha leyenda, contada por Tabari, continúa explicando cómo dicho espejo pasa de mano en mano, por los diferentes líderes judíos, hasta el rey Salomón, y, hasta un Rosh-Golah al final de la dinastía Omeya, que se lo dará al califa Marwan. El califa destruirá dicho espejo para que no caiga en manos de los demonios que intentan usurparlo. A pesar de ello, el espejo caerá en manos de un chií, al que se lo arrebatará el segundo califa abasí Ja´far al-Mansur, siendo castigado por el califa. Dicha historia trata de mostrar lo ilegítimo de la acción chií, desprestigiando la idea de estos, en torno a que su legitimidad proceda de la línea judía que entronca con los grandes reyes del judaísmo, los exilarcas babilónicos y la autoridad del Imam chií, desde la línea de Alí.[7] Estas y otras historias nos hablan de un tiempo en el que entre judíos y musulmanes se confundía y mezclaba el ámbito religioso.
Pero el ámbito de los espejos (mirʹāt), también es visto dentro de la filosofía chií como un dilema ontológico, al situar el problema de la aprehensión de la imagen sin la esencia del objeto. El tema del espejo genera interés en el mundo musulmán medieval desde la magia, la adivinación, la filosofía y también desde la ciencia y la técnica. Todo ello está de una forma u otra interrelacionado. 
Desde el ámbito más puramente científico-técnico hay que destacar la importante labor traductora de los estudiosos árabes, que, preocupados por rescatar los conocimientos griegos, entorno al uso de espejos con fines militares (los famosos espejos ardientes de Arquímedes), de comunicaciones, y otros usos prácticos, recuperaron diversos escritos, sobre la fabricación y la física del espejo o catóptrica.[8] Dichas traducciones de Diocles o Antemio fueron usadas tanto por magos y astrólogos como por astrónomos y físicos:    
“Deux siѐcles avant notre ѐre, Dioclѐs invoquait l´efficacité de certains miroirs pour illuminer les temples et pour marquer les heures”[9]
Otro escritor persa medieval, Nizām ad-Dīn (Nezāmi), nos cuenta ciertas leyendas sobre el origen del espejo y de cómo sorprendió este objeto en su encuentro con la cultura china, por parte de una embajada de Al-Iskandar (Alejandro Magno), y nos menciona a Alejandro, como el poseedor de un espejo mágico en el que aparecen los secretos del mundo. Dicho “Alejandrom” habría sido inventado por el mismo Alejandro, originándose en esta leyenda el primer espejo conocido.[10]
La adivinación a través del espejo, o catoptromancia, se relaciona con la adivinación en la superficie del agua o lecanomancia, a la que Ibn Jaldun se refiere como un tipo de adivinación de segundo rango, en la que se miraba fijamente la superficie hasta que aparecía una imagen, que informaba al adivino de qué hacer o qué saber. Mediante estas técnicas en las que se interpretaban los patrones aparecidos en la superficie del agua, del espejo, del aceite, o cualquier otra superficie brillante, se aprendía la voluntad divina o se leía el futuro.[11]
Muchos de los espejos incluían en su lado trasero un lema coránico o alguna palabra con funciones mágicas. También se conservan cajas de espejos que servían de talismán. Muchos otros que nos han llegado están grabados con cuadrados mágicos.
Podemos ver un ejemplo de la importancia de los espejos, reflejos y luces en este santuario chií de Shiraz.

Nota: La bibliografía correspondiente será expuesta en la segunda parte de esta investigación el próximo mes.




[1]  Bürgel, J. C. The Feather of Simurgh: the “Licit Magic” of the Arts in Medieval Islam. New York University Press, 1988. pp. 14

[2]  Los poetas eran propagandistas políticos y se les veía con poderes cuasi divinos, en algunos casos inspirados por los jins. Corán, 26.

[3] “Early in the history of Islam a magical world view started to evolve, not one of black magic, but of the white, i.e., licit, religious, Islamicized magic.” Bürgel, op. cit. pág. 16

[4] El Corán, 2,102.

[5]  Trachtenberg, J. Jewish Magic and Superstition. New York: Atheneum, 1987. Relata una práctica que consistía en escribir tres veces el nombre de la persona deseada, en el envés de un espejo. Si se dirigía el espejo a dos animales copulando se conseguiría el efecto deseado.

[6]  Referido en Bürgel, pág. 140.

[7]  Wasserström, S. M. Between Muslim and Jew. The problem of Symbiosis under Early Islam. Princeton: Princeton University Press, 1995pp 108-116.

[8]   Rashed, R. Les Catoptriciens grecs. Vol. 1: Les miroirs ardents. Paris: Les Belles Lettres, 2000. Pág. XVIIXVIII.

[9]Op. cit. pp. XIV-XV  

[10] En Bürgel, op. cit. pág. 138 y siguientes


[11]  Savage-Smith, E. Magic and Divination in Early Islam. Aldershot: Ashgate, 2004. Pág. XXXI

miércoles, 1 de abril de 2015

El simbolismo pitagórico en el arte cristiano medieval

Por: Julián Natucci, Profesor de Filosofía y Doctorando en la Universidad Complutense de Madrid.

Correo electrónico: juliannatucci@hotmail.com


Rosetón de la Catedral de Palma de Mallorca
Antes de comenzar a desarrollar la importancia de la cosmovisión pitagórica en el arte cristiano medieval es preciso destacar algunas diferencias fundamentales entre el arte griego clásico y el arte cristiano. En primer lugar, la Grecia clásica refleja un mundo basado en la idea de límite, equilibrio y proporción. Toda la realidad se manifiesta objetivamente, está delante, incluso es muy cercana. Los seres, el alma misma, son realidades externas, tangibles y finitas. Es decir, el hombre clásico carece de una percepción del sujeto y su interioridad. En el cristianismo, por el contrario, aparece la idea de sujeto y lo divino se transforma en una realidad infinita en todos los sentidos: Dios es infinitamente bello, infinitamente bueno, infinitamente poderoso, infinitamente sabio, etc. El Dios del cristianismo es un Dios interior, de ahí que en el templo cristiano la interioridad arquitectónica cumpla un papel esencial. Igual que Dios se esconde en nosotros mismos, la infinitud de Dios se esconde en el templo. Si para la Grecia clásica lo infinito era despreciable por ser amorfo, sin determinación ni belleza, ahora, con el cristianismo, se convierte en lo más laudable, en Dios mismo. Dios es infinito, sujeto absoluto, interioridad.[1] Mientras que el arte griego clásico muestra un total equilibrio entre la idea que se quiere representar y el contenido de lo representado, pues existe una forma o estructura finita que contiene esa idea, en el arte cristiano ocurre una desproporción, pues la idea que se representa (Dios como infinitud) no puede ser encerrada en un contenido, en una forma concreta representable. La idea de Dios, por tanto, no se ajusta a ninguna forma, pues la forma, por definición, es algo limitado. ¿Cómo expresar entonces la idea de Dios en el arte? ¿Cómo traer a este mundo finito algo que de por sí es infinito? Este problema, que ya se encuentra en el judaísmo, es totalmente ajeno al arte clásico. Una de las soluciones al mismo fue la prohibición de cualquier representación de Dios. Así encontramos durante varios siglos de cristianismo la disputa entre los iconoclastas y aquellos defensores de una imagen como vehículo de acercamiento y adoración a Dios[2].
En el presente artículo me gustaría destacar la solución que presenta la simbología numérica, la geometría sagrada y la luz al problema de la representación de Dios dentro del cristianismo. La manifestación de Dios a través de un espacio geométrico sagrado, por ejemplo, fue un recurso utilizado en la arquitectura medieval, especialmente durante el gótico. Mi hipótesis es que esta tendencia recibe la influencia de la cosmovisión pitagórica a través de los autores cristianos neoplatónicos. ¿Cuáles eran algunos de los principales símbolos usados por la tradición pitagórica?
El universo, según el pitagorismo, estaba formado por una síntesis de contrarios: uno y múltiple, bueno y malo, par e impar, recto y curvo, luz y oscuridad, etc. Era una síntesis de caos y orden. La oposición y la sinestesia serán también un recurso muy usado en el templo cristiano. Por otro lado, la tetraktys o figura triangular del número cuatro también representó un símbolo místico de enorme importancia[3], pues sus diez puntos formaban un triángulo equilátero que para los pitagóricos reflejaba la totalidad del universo. En el cristianismo esta figura se representó en relación con la Trinidad, pero también se muestra en la Estrella de David. Otra forma de representar el cosmos en el pitagorismo fue a través del pentagrama, cuyos cinco vértices aludían a los cinco sólidos regulares. Los cristianos también adoptaron esta figura.
Iglesia de San Juan Bautista
de Moarves de Ojeda, Palencia 
Según la tradición pitagórica, dentro de las realidades sensibles había una que más tarde se asemejaría al ideal cristiano de belleza intelectual e infinita: la luz. La luz era el elemento más puro del mundo sensible, pues era lo más inmaterial captado por los sentidos. Además, la oposición luz-oscuridad estaba estrechamente arraigada a la oposición alma-cuerpo, pues el alma, para el pitagorismo, era el fuego, la luz interior, mientras que el cuerpo representaba la oscuridad. En este sentido, Plotino afirmó que en el arte, como en el universo, debía existir un camino de ida y vuelta: de la luz a la oscuridad y de la oscuridad a la luz. Es decir, lo inmaterial nos conduciría a lo material (obra), para, desde ahí, regresar al mundo inmaterial, a la luz. El artista creaba a partir de belleza intelectual y el espectador, a través de la contemplación de la obra material, debía regresar a ese estado intelectual del artista. Lo que representaba una obra de arte no era, por tanto, lo que se veía, sino una realidad invisible, intelectual, que debía captar el espectador.
Como se verá a continuación mediante una serie de ejemplos, la representación de Dios en el arte tuvo durante el cristianismo una vía de escape a través de la simbología sagrada y la estética de la luz. Esta solución se puede apreciar en innumerables rosetones, pero también en  esculturas y pavimentos. Me centraré en primer lugar en la ermita de san Bartolomé en Ucero, Soria, de claro origen Templario. Esta ermita data de finales del siglo XII y está situada en una etapa de la peregrinación a Santiago de Compostela. Según cuenta una leyenda, en ese lugar clavó su espada el Apóstol y desde entonces fue un lugar de culto. La obra marca ya un estilo protogótico, como se puede observar en los arcos apuntados de la entrada de la cara sur. También el rosetón, aunque con influencias árabes, usa la imagen de la flor, una constante en todos los rosetones góticos. La construcción, si atendemos a la autoría templaria y a su relación con las matemáticas y la simbología numérica sagrada, está situada en un ónfalo (centro del mundo, equiparable a la mónada pitagórica), un lugar energético en el cual coinciden varios puntos de la tierra. Si pudiésemos plegar una cartulina con la Península Ibérica, la ermita se ubicaría justo en el punto donde se unen el cabo de Finisterre y el de Creus. La importancia del centro, del punto, y su relación con el pitagorismo es, pues, evidente[4].  Por otro lado, el rosetón (Anexo 1) muestra un pentagrama, símbolo de la proporción áurea o la divina proporción de los pitagóricos. Las cinco puntas aluden a los sólidos regulares, al misterio de la vida terrena o a la de todo el Universo, que también es representada por los diez pétalos que surgen entrelazados. El diez es la década, la tetraktys, símbolo del Universo.  Otra interpretación del símbolo del pentagrama nos puede remitir al hombre con sus cinco extremidades, que, a su vez, es una referencia al cielo y la tierra, pues el hombre es el único ser que se encuentra en la intersección de dos mundos o realidades, la divina y la terrena.
En la escultura de la entrada de la iglesia románica de San Juan Bautista de Moarves de Ojeda, en Palencia (Anexo 2), podemos también realizar una interpretación semejante recurriendo a la simbología pitagórica. La escultura (Maiestas Domini) está compuesta por cinco elementos que pueden evocar a la composición de los cinco sólidos regulares. Además, el Pantocrator está situado en una mandorla (vesica piscis), que representa claramente la díada pitagórica y que el cristianismo relacionará con el símbolo del pez. La figura central se comprende como una unión de dos principios: la mónada (Cristo) y la díada (el principio generador, la Inteligencia), a través de los cuales se crea todo el universo. Mediante este acto creador, se formarían los cuatro elementos: aire (águila), fuego (león), tierra (toro) y agua (hombre), representados por los cuatro evangelistas (tétrada). Los evangelistas estarían unidos al lado espiritual (representado en Cristo), que evoca al número tres, pues Cristo bendice con los tres dedos, símbolo de la trinidad y de la tríada plotiniana. En cuanto al libro que porta en la mano izquierda Cristo, el Libro de la Vida, que contiene todos los nombres de los que han de salvarse, podemos observar que está cerrado, quizás queriendo aludir el profundo dualismo entre un mundo divino y un mundo terrenal y haciendo una clara alusión al dualismo pitagórico.
Por otro lado, una de las principales influencias de la estética de la luz en el gótico se la debemos al abad Suger (1081-1151)[5].  Suger, consejero de los reyes Luis VI y Luis VII de Francia, mandó construir una basílica donde antiguamente se encontraba una iglesia carolingia, la basílica de Saint-Denis.  Basándose en la obra del neoplatónico Pseudo-Dionisio y el importante influjo de la nueva Orden de Cister de Bernardo de Claraval (1090-1153), el abad Suger construyó un nuevo templo en base al espacio celestial, la Jerusalén Celeste, vaciando y ampliando todo el espacio de la iglesia románica.  Los anchos muros románicos, la pintura y la sobrecarga de adornos interiores darán paso a una nueva concepción del espacio que hará uso de la geometría clásica griega basada en la línea (la díada pitagórica), con su efecto de infinitud, ligereza y flotación. En la basílica de Saint-Denis, la línea geométrica buscará así la plasmación artística de una nueva experiencia religiosa vinculada con el nuevo culto a la Virgen y la infinitud.
Aparte de Saint-Denis, un ejemplo de la majestuosa interioridad del templo gótico se muestra en la catedral de Palma de Mallorca (Anexo 3), que se inició hacia el 1229, tras la conquista de la isla por Jaime I. Me centraré en la significación geométrica del rosetón, situado en la cabecera del templo, lugar poco habitual para la época. En la circunferencia se muestra un predominio de triángulos (doce en total), símbolo de la Trinidad y, nuevamente, de la tríada plotiniana.  Si concentramos la mirada en el triángulo central, observaremos una tetraktys pitagórica (representación del diez, el Universo y la vuelta al origen). También encontramos el Sello de Salomón o Estrella de David, que representa el número seis, el proceso de la creación. El rosetón  está cubierto de flores amarillas de seis pétalos y rojas de cuatro pétalos. Las flores amarillas aluden a la Flor de la Vida, mientras que las rojas forman grupos de tres, simbolizando la Trinidad. La obra se compone a partir de la combinación del tres (triángulo) y el seis (Flor de la Vida), cuya suma es la Enéada, representando las nueve esferas celestes y los nueve tipos de ángeles.
Laberinto y representaciones geométricas
en la Catedral de Amiens
Por último, es interesante observar como la influencia de la geometría sagrada se encuentra en el pavimento de algunas catedrales góticas. Por ejemplo, en el pavimento de la catedral de Amiens (Anexo 4), mandada construir por Robert de Luzarches hacia 1220, se muestra  un laberinto y varias representaciones geométricas. La esvástica cristiana es un símbolo de los cuatro evangelistas (tétrada) o una cruz encubierta. También puede mostrar un símbolo terrestre (el cubo platónico) o un símbolo de la creación (rueda del Cosmos). El laberinto es un reflejo de lo infinito e indeterminado (díada) y se puede relacionar con el peregrinaje, la larga marcha hasta llegar a Dios y el regreso al origen (ascensión de la tierra al cielo). También puede simbolizar el difícil trabajo en la construcción de la catedral, pues en el centro aparecen los tres arquitectos y el obispo de la catedral (Evrad Fouilloy). El centro del laberinto se inscribe en un octógono. El octógono, relacionado con el octaedro (símbolo del aire), puede aludir a la transición de la tierra al cielo, pues el octógono se construye a través de la unión del círculo (cielo) y el cuadrado (tierra), mostrando el paso que hay entre los dos mundos.
Como hemos observado en estos pocos ejemplos, podemos afirmar que existen influencias pitagóricas en el templo cristiano, influencias que ayudaron a resolver el problema de cómo plasmar la infinitud  en el arte.


1.    BIBLIOGRAFÍA:

1.    Almazán de Gracia, A., Guía Templaria de San Bartolo en Río Lobos, Sotabur, Soria 2011.
2.    Castelnuovo, E., Sergi, G., Arte e historia en la Edad Media I. Tiempo, espacio, instituciones, Akal, Madrid 2009.
3.    Diogenes Laertios, Leben und Lehre der Philosophen, Reclam, Stuttgart, 1998,
4.    Hegel, G.W.F.: Vorlesungen über die Ästhetik, Band I und II, Suhrkamp Verlag, Frankfurt a. M.1990.
5.    Panofsky, Erwin: Ikonographie und Ikonologie, DuMont Verlag, Köln 2006.
- Estudios sobre iconología, Alianza Universidad, Madrid 2010.
6.    Platón: Timeo, Diálogos Vol. VI, Editorial Gredos, Madrid 1992.
7.    Plotino, Enéadas, Textos esenciales, Ediciones Colihue, Buenos Aires 2007.
8.    Riedweg, Christoph: Pythagoras: Leben – Lehre –Nachwirkung. Eine Einführung, C.H. Beck Verlag, München 2002.
9.    Tatarkiewicz, Wladyslaw: Historia de la estética, Tomos I, II y III, Ediciones Akal, Madrid 2000.




[1] Cf. G.W. F. Hegel, Vorlesungen über die  Ästhetik, Bd. II, Abs. III.
[2] En el siglo VIII, el emperador bizantino León III prohibió todas las imágenes cristianas. Semejantes disputas también se dieron durante la Reforma.
[3] La tetraktys, es decir, la década, era la suma del uno o mónada, principio activo representado por el punto; el dos o díada, principio de la división y la procreación, representado por la línea; el tres o tríada, principio espiritual, representado por la superficie; el cuatro o la tétrada, símbolo del universo, representado por el volumen.
[4] Recordemos la mónada como centro del universo y unión de toda realidad, la condición de posibilidad del ser (Plotino), la simetría respecto a un centro, etc.
[5]Suger resaltó la importancia de pensadores influenciados por el neoplatonsimo como San Agustín, Pseudo-Dionisio y Erígena.