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domingo, 6 de diciembre de 2015

Freud y las parafilias



Por: Alejandro Tenorio Tenorio



Correo electrónico: alejante@ucm.es



Sigmund Freud
El término perversión desaparece de la terminología psiquiátrica mundial en 1987 y fue sustituido por parafilia (del griego παρά, para, "fuera de", y φιλία, filía, "amor"). Una parafilia es una conducta sexual en el que la fuente predominante de placer no se da en el coito sino en alguna otra actividad. Las parafilias se consideran inocuas excepto cuando se dirigen a un objeto potencialmente peligroso, dañino para el sujeto o para otros, o cuando impiden el funcionamiento sexual normal. El estado legal de las parafilias varía ampliamente de cultura en cultura y de país en país.

El comportamiento parafílico dependen de las convenciones sociales del momento y de las culturas; ciertas prácticas, como la homosexualidad o la masturbación fueron consideradas parafílicas, aunque ahora se consideran variaciones normales y aceptables de la actividad sexual. Así resulta imposible catalogar las parafilias con exactitud. En cuanto su origen, no se ha podido demostrar la existencia de ninguna alteración orgánica o psicológica que las explique. Se ha sugerido que estas personas podrían tener unos niveles excesivamente altos de andrógenos y también se ha especulado sobre una posible relación entre conducta parafílica y lesión del lóbulo temporal. Las distintas escuelas psicoanalíticas, por su parte, defienden que algunas de las parafilias serían una consecuencia del complejo de castración en la fase edípica

La psicodinámica de las parafilias tiene su origen en 1905 con TREE ESSAYS ON THE THEORY OF SEXUALITY de Freud; allí especulaba que la energía sexual o libido está presente desde el nacimiento en forma desorganizada. La libido se caracteriza por la satisfacción de las fuentes auto erógenas no genitales: el mamar, comer, defecar, embarrarse y posteriormente mirar y exhibirse. Cada uno de estos actos constituye un "instinto parcial", los cuales se van integrando en forma gradual hasta llegar al dominio genital en el adulto. 

Los instintos parciales según Freud no desaparecen del todo y muchos de ellos permanecen bajo las formas del beso, juego amatorio y el exhibicionismo, a menudo empleado como juego presexual. Si estos instintos parciales tienen fijaciones en la etapa pregenital (o regresiones), permanecerán como fuente dominante de gozo sexual en el adulto. Las tendencias para las parafilias existen en cada persona en forma latente y las causas por medio de las cuales se transforman en actos francos son dudosas. Las causas más comunes son la ansiedad de castración, conflictos de Edipo y otras anomalías del medio familiar durante la niñez. La mayoría de las parafilias son llevadas a cabo por varones, no quedando exentas las mujeres pero en mucho menor número; también se dice que hasta el 78 % de los casos hay alteraciones neuropsiquátricas en diferentes grados.

Dentro de las parafilias se incluyen la paidofilia, el exhibicionismo, el voyeurismo, el masoquismo, el sadismotravestismofetichismo, necrofilia y frotteurismo (del fr. frotteur, ‘que siente placer sexual frotándose con gente’) cuya sintomatología consiste en fuertes necesidades sexuales recurrentes y en fantasías sexuales excitantes, que implican el contacto y el roce con una persona que no consiente; hay que tener en cuenta que lo excitante es el contacto pero no necesariamente la naturaleza coercitiva del acto. Queda excluido el término homosexualidad.

 Freud no juzgó la homosexualidad  y tuvo como antecedente a Sandor Ferenczi, en 1906, antes de conocer a Freud, fue un defensor de los homosexuales perseguidos en Hungría. Desautorizó a aquellos médicos que aconsejaban el matrimonio como remedio a su supuesto problema. Freud trató de comprender sus causas, su génesis, sus estructuras desde el punto de vista del inconsciente. Por esto se mostró muy interesado en analizar la homosexualidad latente de los heterosexuales en la neurosis y en la paranoia. Conservó el término de perversión para designar los comportamientos sexuales desviados con relación a una norma estructural y no social, e incluye la homosexualidad como una perversión de objeto, caracterizada por una fijación de la sexualidad en una disposición bisexual. El estudio y análisis de la bisexualidad se ha basado en El banquete de Platón, del mismo modo que los modernos estudios sobre transexualismo lo hacen sobre las leyendas del Hermafrodita y los amores de la diosa Cibeles, y con mayor precisión en uno de sus discursos, el de Aristófanes, que desarrolla una fantástica concepción antropológica del amor.

Con respecto al Banquete de Platón, diremos que un banquete constaba de dos partes, el deipnon o syndeipnon, la comida, y el potos o sympotos, la bebida en común posterior. Durante el sympotos, los comensales animados por el vino  pronunciaban discursos, cantaban o se divertían de acuerdo con las normas que establecía el symposiarchos o  presidente del banquete, quien además ordenaba  la mezcla de vino y de agua para la bebida. Antes de comenzar el sympotos, se retiraban las mesas, se limpiaba la sala, hacíase una libación de vino puro en honor de Dionisio o Zeus, y se entonaba un peán en honor a Apolo. Era frecuente que los symposia terminaran en orgía, aunque en ocasiones, como la que nos describe Platón, era motivo de encuentro entre amigos para poder exhibir el más refinado ingenio al tratar temas de alto contenido filosófico.

El Banquete es un diálogo donde se exponen los discursos sobre al Amor (Eros) que se pronunciaron en casa del poeta Agatón, con ocasión de su primer triunfo trágico en las Panateneas de Atenas. El momento en que se sitúa la escena de la conversación inicial entre Apolodoro y sus amigos corresponde al 416 a.C. en un período de entusiasmo organizador de la desastrosa campaña contra Siracusa (Sicilia) y la máxima popularidad de Alcibíades a quien se verá irrumpir estruendosamente al final del diálogo. El elogiar por turno al Amor lo propone el médico Erixímaco que parece ejercer las funciones de symposiarchos, aunque el verdadero inspirador del tema es Fedro que considera un gran olvido que hasta entonces, ningún poeta ni sofista hubiera compuesto algo en honor de un dios tan grande, si se exceptúan los grandes poetas eróticos griegos (Safo, Anacreonte) o en los trágicos ( Sófocles -Antígona, Edipo- y Eurípides –Hipólito-) si bien ninguno de ellos había tenido en cuenta los aspectos apacibles del Amor, sino los destructivos de la pasión.

La estructura literaria que le asigna Platón es la siguiente: La primera parte está compuesta por los discursos de Fedro, Pausanias, Erixímaco, Aristófanes y Agatón; la segunda parte contiene el discurso de Sócrates dividido a su vez en dos apartados a) el maestro rebate y corrige algunas opiniones vertidas anteriormente mediante su lógica de acertadas preguntas, y b) basándose en una supuesta conversación con Diotima de Mantinea, sienta las bases del Amor platónico. La parte final  es un panegírico a favor de Sócrates realizado por Alcibíades en el que se puede analizar el carácter y forma del filósofo.

La naturaleza humana era antes muy diferente de cómo es hoy día. Al principio hubo tres clases de  hombres: los dos sexos que subsisten hoy día y un tercero compuesto de estos dos y que ha sido destruido y del cual sólo queda el nombre. Este animal formaba una especie muy particular que se llamaba Andrógino porque reunía el sexo masculino y femenino, pero ya no existe y su nombre es un oprobio. En segundo lugar, tenían todos los hombres la forma redonda, de manera que el pecho y la espalda eran como una esfera y las costillas circulares, cuatro brazos, cuatro piernas, dos cara fijas a un cuello orbicular y perfectamente parecidas; una sola cabeza reunía estas dos caras opuestas la una a la otra; cuatro orejas, dos órganos genitales y el resto de la misma proporción. Marchaban erguidos como nosotros y sin tener necesidad de volverse para tomar todos los caminos que querían [...]. La diferencia que se encuentra entre estas tres especies de hombres procede de la diferencia de sus principios; el sexo masculino está producido por el Sol, el femenino por la Tierra y el compuesto de los otros dos por la Luna, que participa de la Tierra y el Sol. Tenían estos principios su forma, que es esférica, y su manera de moverse. Sus cuerpos eran robustos y vigorosos y sus ánimos esforzados, lo que les inspiró la osadía de subir hasta el cielo y combatir contra los dioses, como Homero lo ha escrito en Efialtes y de Oto. Zeus examinó con los dioses el partido que se debería adoptar [...]. Por fin, después de largas reflexiones, y de tener en cuenta que si los hombres desaparecieran desaparecían también el culto y los sacrificios que aquéllos les tributaban, se expresó Zeus en estos términos: Creo haber encontrado un medio de conservar a los hombres y de tenerlos más reprimidos, y es disminuir sus fuerzas. Los separé en dos y así los debilitaré y al mismo tiempo tendremos la ventaja de aumentar el número de los que nos sirvan: andarán derechos sostenidos solamente por dos piernas, y si después de este castigo conservan su impía audacia y no quieren estar tranquilos, los separaré de nuevo y se verán obligados a andar sobre un solo pie, [...].

Después de esta declaración hizo el dios la separación que acababa de resolver, cortó a los hombres en dos mitades, lo mismo que hacen los hombres con la fruta cuando la quieren conservar en almíbar o cuando quieren salar los huevos cortándolos con una crin, partiéndolos en dos partes iguales [...]. Una vez hecha esta división, cada mitad trató de encontrar aquella de la que había sido separada y cuando se encontraban se abrazaban y unían con tal ardor en su deseo de volver a la primitiva unidad, que perecían de hambre y de inanición en aquel abrazo, no queriendo hacer nada la una sin la otra. Cuando una de estas mitades perecía, la que la sobrevivía buscaba otra a la que de nuevo se unía, fuera ésta la mitad de una mujer entera, lo que hoy llamamos una mujer, o un hombre, y así iba extinguiéndose la raza. Movido Zeus a compasión, imagina un nuevo expediente: pone delante los órganos de la generación, que antes estaban detrás: se concebía y vertía la semilla, no el uno en el otro, sino sobre la tierra como las cigarras. Zeus puso delante aquellos órganos y de esta manera se verificó la concepción por la conjunción del varón con la hembra. Entonces si la unión se verificaba entre el hombre y la mujer, eran los hijos el fruto de ella, pero si el varón se unía al varón, la saciedad les separaba muy pronto y volvían a sus trabajos y otros cuidados de la vida. De ahí procede el amor que naturalmente sentimos los unos por los otros, que nos vuelve a nuestra primitiva naturaleza y hace todo para reunir las dos mitades y restablecernos en nuestra antigua perfección. Cada uno de nosotros no es por tanto más que una mitad de hombre que ha sido separado de un todo de la misma manera que se parte en dos un lenguado. Estas dos mitades se buscan siempre. Los hombres que proceden de la separación de aquellos seres compuestos que se llaman andróginos aman a las mujeres, y la mayor parte de los adúlteros pertenecen a esta especie, de la que también forman parte las mujeres que aman a los hombres y violan las leyes del himeneo. Pero las mujeres que provienen de la separación de las mujeres primitivas no prestan gran atención a los hombres y más bien se interesan por las mujeres [...]. Los hombres procedentes de la separación de los hombres primitivos buscan de igual manera el sexo masculino. Mientras son jóvenes aman a los hombres, disfrutan durmiendo con ellos y en estar entre sus brazos y son los primeros entre los adolescentes y los adultos, como si fueran de una naturaleza mucho más viril [...] y la prueba es que con la edad se muestran más aptos para el servicio del Estado. Cuando llegan a la edad viril, aman a su vez a los adolescentes y jóvenes, y si se casan y tienen hijos, no es por seguir los impulsos de su naturaleza, sino porque la ley los constriñe a ello. Lo que ellos quieren es pasar la vida en el celibato juntos los unos y los otros. El único objetivo de estos hombres, sean amantes o amados, es reunirse con sus semejantes. Cuando uno de estos ama a los jóvenes o en otro llega a encontrar su mitad, la simpatía, la amistad y el amor se apoderan del uno y del otro de tal manera, de tan maravillosa manera, que ya no quieren separarse, aunque sólo sea un momento. (Platón, El banqueteo del amor, Madrid: Colección Austral, 2001, págs. 240-242)

Este enfoque basado en la bisexualidad eliminaba el carácter peyorativo y antiigualitario de la homosexualidad; él como nadie hizo entrar la homosexualidad en el universo de la sexualidad humana y la humaniza y se niega a considerarla como una disposición innata (biológica), para entenderla como una elección psíquica inconsciente.

En cuanto a Ceres, era hermana y esposa de Saturno. Hija del Cielo, diosa de la Tierra, madre de Júpiter Juno, Neptuno y Plutón, llamada Madre de los Dioses. Es llamada Dindima, Berecinta e Idea, en recuerdo de tres montañas de la Frigia donde era adorada. También fue designada con el título de Gran-Madre porque la mayoría de los dioses le debían el ser, entre otros Júpiter, Neptuno, Plutón, Juno, Ceres y Vesta. También es conocida con los nombres de Tellus y Ops porque regía la tierra y procuraba a los hombres protección, ayuda y riquezas. Esta diosa suele representarse bajo el aspecto de una mujer robusta. Su corona de encina recuerda que los hombres en tiempos primitivos se alimentaron del fruto de este árbol; las torres que coronan su cabeza indican las ciudades que están bajo su protección; la llave que ostenta en su mano designa los tesoros que el seno de la tierra oculta durante el invierno para manifestarse en el verano. Aparece sentada sobre un carro tirado por leones, o bien rodeada de bestias salvajes. Algunos artistas la han representado con los vestidos sembrados de flores. Cuando Saturno fue arrojado del cielo, Rea le siguió en su huída a Italia; allí secundó sus propósitos de practicar el bien y se atrajo el cariño de los pueblos del Lacio. Sus sacerdotes, llamados curetas, coribantes, dactilos y galos, celebraban sus fiestas con danzas dando a sus cuerpos movimientos convulsivos, con gritos y lamentos, en memoria de la desventura de Atis. Este era un pastor frigio al que Cibeles dispensaba especial benevolencia, confiándole la custodia de su culto con la condición de que jamás se casaría. Atis olvidó su juramento y tomó por esposa a Sangaride. Cibeles le castigó por perjuro matando a esta ninfa e infundió al culpable un frenesí que le revolvía contra sí mismo y cuando iba a poner fin a sus días, la diosa conmovida le metamorfoseó en pino, árbol que le fue consagrado. 

Bibliografía:


BENAVENTE BARREDA, Mariano. Tragedias de Sófocles. Ed. Hernando, Madrid,1970, pp. 1-33.

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GRIMAL, Pierre, Diccionario de Mitología, Ed. Paidós, Barcelona, 1986

FREUD, Sigmund, Los textos fundamentales del psicoanálisis, Ed. Altaya, Madrid, 1993, pp. 53-54, 64-65, 337-341.

LAPLANCHE, Jean y PONTALIS, Jean-Bertrand, Diccionario de Psicoanálisis, bajo la dirección de Daniel Lagache, Barcelona: Labor, 1971.

LAPANCHE, Jean y PONTALIS, Jean-Bertrand, Diccionario de Psicoanálisis, traducción de Fernando Gimeno Cervantes, Barcelona: Piados, 1996 (título original, Vocabulaire de la Psychanalyse, París: Presses Universitaires de France).

ROUDINESCO, Élisabeth y PLON, Michel, Diccionario de Psicoanálisis, traducción de Jorge Piatigorsky, Barcelona: Piados, 1998.

miércoles, 7 de enero de 2015

La Mántica y su recepción por los presocráticos y Platón

Por: Julián Natucci, Profesor de Filosofía y Doctorando en la Universidad Complutense de Madrid.

Correo electrónico: juliannatucci@hotmail.com

Ya desde la Antigüedad se ha asociado la adivinación a un tipo de delirio. El mismo Cicerón nos cuenta que la etimología de la palabra griega mantiké proviene de delirio (manía), oponiéndola a la etimología romana de divinatio, cuyo origen se encuentra en relación con los dioses. Parece que la mántica solo era accesible a aquellas personas invadidas por la divinidad (éntheos), y acontecía tanto en el ámbito público como en el ámbito privado. Además de la adivinación a través de sueños (oniromancia) y oráculos, existen innumerables formas de ejercer la mántica en la Antigüedad, como por ejemplo la ornitomancia, la osteomancia, la hidromancia, la hieroscopia, etc. A diferencia de estas formas de adivinación, en la adivinación a través de oráculos no era tanto la persona, sino el lugar sagrado lo que atraía a la divinidad. Existen, además, una adivinación artificial, adquirida mediante el aprendizaje de unas técnicas, y una adivinación natural, acontecida de forma espontánea a través de una turbación del alma.
Representación del Oráculo de Delfos.
Según Cicerón, la mayoría de las escuelas filosóficas eran defensoras de las prácticas adivinatorias. Uno de los principales filósofos presocráticos que se han relacionado con poderes mánticos y sobrenaturales es, por ejemplo, Pitágoras de Samos. Parece ser que Pitágoras, además de ser el gran matemático que todos conocemos, tuvo una estrecha vinculación con el dios Apolo. “Se dice que […] despertó la admiración  en Delos, cuando se acercó al altar llamado incruento, consagrado a Apolo Engendrador, y le tributó honores. Desde allí se dirigió a todos los oráculos.” También se cuenta que pudo hacer vaticinios a partir de catástrofes y mediante vuelos de pájaro gracias a las enseñanzas que adquirió de la profetisa de Delfos Temistoclea. Incluso nos cuenta Arístipo de Cirene que su nombre provenía del Pítico Apolo, porque se acercaba a él en su capacidad de hacer revelaciones. Por otro lado, se cuenta que Pitágoras hizo viajes al Hades, donde se encontró al poeta Hesíodo. Esta suposición ha llevado a E. R. Dodds a compararlo con un chamán, debido a esa capacidad para viajar al mundo de los muertos. Que Pitágoras haya sido un chamán a la manera de los chamanes siberianos puede ser bastante discutible. En cualquier caso, como dice Erwin Rohde, existen dos caras de Pitágoras que hemos heredado de la tradición: una místico-religiosa y otra más científica. De hecho, el propio movimiento pitagórico se dividió en dos grandes grupos: unos que apoyaban doctrinas demostrables (los matemáticos) y otros que seguían doctrinas indemostrables sin argumentos racionales y que habían sido escuchadas (acusmáticos).
Otro filósofo presocrático que ha sido asociado varias veces a la mántica, además de a los poderes de curación, es Empédocles de Acragas. Dodds también hace referencia a él como un chamán, afirmando que encontramos indicios para suponer esto de primera mano a partir de sus escritos. A Empédocles también se lo ha relacionado con Pitágoras, siendo un posible discípulo suyo. En su obra las Purificaciones (Katharmoi) se identifica el estado de purificación con un estado de locura del alma. Para Empédocles, la purificación a través de la mántica (introducción de la divinidad en el alma) era necesaria para salir del ciclo de las reencarnaciones que tenían atada al alma al mundo material.  Poco más se sabe de este procedimiento de vuelta a unión con la divinidad, pues la obra Purificaciones está casi por completo perdida. Sin embargo, se cree que las almas perdidas en el ciclo de las reencarnaciones fueron identificadas por Empédocles con los dáimones y se piensa que desarrolló una teoría sobre ellos.
Heráclito de Éfeso también desarrolló una filosofía estrechamente vinculada a la adivinación. Se puede decir que en cada fragmento que nos ha sido conservado se percibe un mensaje propio de un sacerdote oracular. “Heráclito no concibe al filósofo ni como el hombre que proclama la naturaleza del mundo físico, ni como el descubridor de una nueva realidad por detrás de la apariencia sensible, sino como el descifrador de enigmas, como el hombre que interpreta el sentido oculto de todo cuanto sucede en nuestras vidas y en el mundo como un todo [...]”. Heráclito, por otro lado, fue bastante crítico con la religión de su tiempo, aunque fue seguidor de las máximas de Delfos conócete a ti mismo y nada en exceso y mostró una gran admiración hacia la sabiduría oracular. Quizás esas críticas de la religión fueron vertidas sobre todo hacia los sacrificios y otras prácticas religiosas, pero no en relación a los designios de la Pitonisa.
También Demócrito de Abdera parece que escribió sobre los sueños y la influencia de los dáimones en los sueños. “Dice Demócrito que algunas imágenes se acercan a los hombres y que algunas de ellas son benéficas, mientras que otras son perjudiciales; de ahí que deseen hallar imágenes de buenos presagios. Éstas son grandes, altas y difícilmente corruptibles, aunque no imperecederas, y anuncian a los hombres el futuro, dejándose ver y emitiendo voces.” Parece extraño que un filósofo que la tradición nos ha mostrado como el más científico de los presocráticos, defensor del mecanicismo y el atomismo, haya creído en los presagios a través de los sueños. Incluso Aristóteles se opuso a la doctrina de Demócrito por extender el carácter divino de los sueños a los animales. Esta extraña teoría atribuida al famoso atomista también había sido transmitida por Clemente de Alejandría: “Jenócrates de Calcedonia no duda de que hay, en general, una cierta noción de lo divino, aun en los seres irracionales. Demócrito, por su parte, aunque no lo quiera, tendrá que aceptarlo para mantener la coherencia de sus propias doctrinas, puesto que, conforme a ellas, las imágenes que provienen de la sustancia divina salen al encuentro de los hombres y de los animales irracionales.” Desgraciadamente la obra de Demócrito sobre los sueños se ha perdido y todas las atribuciones al filósofo no son más que suposiciones.
Las visiones provocadas por la divinidad, que acontecían a sujetos en un estado de locura, también tuvieron una especial influencia en Platón. Platón es de los antiguos filósofos griegos clásicos el que más referencias hace a los oráculos y al poder de la locura en determinados ámbitos de la vida humana. En el Fedro, Platón habla de cuatro tipos de locura contagiada por la divinidad. Estos tipos son la locura profética, la locura teléstica, la locura poética y la locura erótica. A cada una le corresponde una divinidad diferente. Aquí nos interesa sobretodo la locura profética, que tiene lugar a través del sueño y a través de la vivencia del sacerdote o sacerdotisa del oráculo. Platón muestra un claro posicionamiento: “Pero resulta que, a través de esa demencia, que por cierto es un don que los dioses otorgan, nos llegan grandes bienes. Porque la profetisa de Delfos, efectivamente, y las sacerdotisas de Dodona, es en pleno delirio cuando han sido causa de muchas  y hermosas cosas que han ocurrido en la Hélade, tanto privadas como públicas, y pocas o ninguna, cuando estaban en su sano juicio.”
Conocida es la vinculación de Platón con el orfismo y sus prácticas de purificación. Según Dodds, interesante es también observar la actitud de Platón respecto a una serie de tradiciones no originarias de Grecia que formaron un conglomerado religioso. Estas tradiciones influyeron en el filósofo ateniense haciendo que los propios soldados del Estado ideal platónico fuesen una especie de elegidos cuyas almas tenían unas capacidades especiales de recibir mensajes y visiones divinas a través del contacto con los dáimones. En el Banquete, Platón desarrolla una explicación de los dáimones como seres intermedios entre los dioses y los seres humanos, fundamentales en el ejercicio de la mántica en la Antigüedad. En el discurso de Diotima a Sócrates se dice: “A través de él funciona toda la adivinación y el arte de los sacerdotes relativa tanto a los sacrificios como a los ritos, ensalmos, toda clase de mántica y la magia. Para Platón, la divinidad no puede tener contacto directo con el hombre, sino que es a través de este dáimon como se produce todo contacto y diálogo entre dioses y hombres, tanto como si están despiertos como si están durmiendo.”Platón afirma que el sabio es el hombre demónico, diferenciándolo del mero artesano.
Platón, como es sabido, en la República decide expulsar a los poetas por mostrarnos una falsa imagen de la divinidad. ¿Significa esto que Platón rechaza aquí la vertiente irracionalista que muestra cuando habla de los dáimones y la adivinación? En el libro II de la República se dice que adivinos y sacerdotes mendicantes acompañan a los ricos y poderosos en sus injusticias, acrecentándolas con sus adivinaciones y ayudas. En cierto sentido, se muestra  la mántica en oposición a la justicia. Esto, sin embargo, debe entenderse no como un desprecio de Platón a la mántica en sí, sino a los servicios privados que ésta pueda prestar. De ahí que Platón rechace a aquellos adivinos que actúan como pedigüeños, solo con el afán de ganar dinero con el primer postor. Este desprecio del uso de la mántica se puede comparar con el rechazo de Platón hacia un tipo de poesía y a la sofística en general, donde se practica la técnica del engaño a través de una deformación de la divinidad. 
En general, Platón tiende abiertamente a declararse seguidor de Apolo, y en el libro VIII de  Las Leyes se dice que hay que seguir las directrices del oráculo délfico para la construcción de una ciudad justa. “Habrá una reunión de Exegetas, Sacerdotes, Sacerdotisas y Adivinos, quienes junto con los Guardianes de la ley darán aquellas normas que necesariamente se le habrán pasado por alto al legislador.” Se observa aquí claramente la enorme importancia que muestra Platón a la mántica para la constitución del estado justo. Otro ejemplo de cómo Platón quiere seguir fiel a la tradición de los oráculos se muestra en el libro V de esta obra, en donde el filósofo ateniense sostiene que todo intento de fundación de una nueva ciudad o su restauración debe realizarse siguiendo las directrices marcadas por los tradicionales oráculos de Delfos, Dodona y Ammón. Los ritos de purificación tras casos de homicidio, incluso involuntario, deben realizarse también siguiendo las directrices del Oráculo de Delfos. De esta manera se protege a la comunidad de posibles contagios.
Todo el objetivo de Platón en su política religiosa es hacer de la religión un asunto público, controlado y guiado hacia un objetivo común. En cierta forma, esto refleja su rechazo a formas extrañas de religión, basadas en prácticas privadas, no controladas por el Estado. Existen, por  ejemplo, castigos para aquellos que tienen santuarios privados. En lugar de adivinos independientes, Platón aboga por adivinos al servicio del Estado. Esto refleja su intento de volver a la tradición y rescatar una unidad religiosa de la comunidad que en su tiempo se estaba perdiendo. Platón también es un claro enemigo de la necromancia. Destaca dos tipos de causas en los daños que se pueden inculcar a otras personas: el que se establece a través de las drogas y el que se lleva a cabo mediante la brujería. Si el que lleva a cabo tales acciones es un adivino, debe ser ejecutado. La razón de esta estricta ley contra los hechizos de brujería refleja nuevamente el afán de Platón de eliminar cualquier poder mágico de su ámbito privado, haciendo que este poder se ponga exclusivamente al servicio del Estado. Él mismo considera este uso inadecuado de la mántica una práctica propia de niños y no de seres racionales.
A raíz de lo expuesto, podemos decir que existen diversas consideraciones de la mántica por parte de los filósofos antiguos. Los presocráticos que hemos tratado tienden a defender su uso privado o por lo menos no hay indicios que nos lleven a suponer un rechazo de determinadas prácticas de adivinación. Platón, por el contrario, denigra su uso privado y aboga por un control estatal de la mántica, aunque ello no implique su extirpación. Tanto en los presocráticos como en Platón hay que destacar que la mántica se entiende como una forma de sabiduría, siempre que esta se realice correctamente y haya contagio divino. Eso nos llevaría a reinterpretar una larga tradición filosófica que ha identificado la filosofía griega con el racionalismo y la ha desvinculado de las fuentes mágico-religiosas.
            
Bibliografía

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·Brun, J., Heráclito, Editorial Edaf, Madrid 1976.
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·Diogenes Laertios, Leben und Lehre der Philosophen, Reclam, Stuttgart 1998.
·Dodds, E.R., Los griegos y lo irracional, Alianza Editorial, Madrid 2010.
·Jaeger, W. La teología de los primeros filósofos griegos, F.C.E., Madrid 1978.
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·Kirk, G.S., Raven, J.E., Schofield, M., Los Filósofos Presocráticos, Editorial Gredos, Madrid 1994.
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·Platón, Fedro, en: Diálogos III, Editorial Gredos, Madrid 1992.
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·Platón, Las leyes, Akal/Clásica, Madrid 1988.
·Rohde, E., Psique (El culto de las almas y la creencia en la inmortalidad entre los griegos), Editorial Librería Ágora, Málaga 1995.
·Das Orakel von Delphi, Geschichte und Texte. Griechisch / Deutsch, von Marion Giebel, Reclam, Stuttgart 2001.
·Los filósofos presocráticos, III, (Empédocles de Agrigento. Anaxágoras de Clazómenas), Planeta De-Agostini, Madrid 1996.

·Los filósofos presocráticos, IV, (Leucipo y Demócrito), Planeta De-Agostini, Madrid 1996.