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viernes, 3 de julio de 2015

El arte de maldecir: Los conjuros de atadura en la antigua Grecia

Por: Aura Fernández Tabernilla, Máster en Ciencias de las Religiones por la Universidad Complutense de Madrid.

Correo electrónico: aurataber@hotmail.com

Portada de Historias de Terramar.
Imagen sacada de:
www.casadellibro.com
Muchos de nosotros hemos crecido rodeados de magia, leyendo grandes sagas literarias como las de Harry Potter (1997-2007), Los Libros de Terramar (1983-1991) o Dragonlance (1984-actualidad), por ejemplo; y viendo series y películas como la de Embrujadas (1998-2006) o la de Hocus Pocus (1993), por nombrar algunas. En todas estas obras, tanto literarias como visuales, la magia se nos presenta como un arte basado en ilusiones y en palabras mágicas que propician cambios inmediatos y tangibles. Pues bien, estos elementos también se encuentran presentes en la antigua magia grecorromana, aunque sin duda alguna lo más llamativo de la misma es su corpus de hechizos destinados a alterar el comportamiento y/o la fortuna de uno mismo o de otros. La razón por la que dicho corpus es la parte más conocida de la praxis mágica clásica es porque muchos de los conjuros que lo conforman han llegado hasta nuestros días desde la antigüedad gracias al soporte sobre el que están escritos. A estos hechizos, o maldiciones, se les denomina de atadura o vinculantes.
Antes de explicar en qué consisten estos conjuros exactamente, me gustaría exponer, aunque sea a grandes líneas, el contexto de la práctica mágica en la Antigua Grecia. Habitualmente la magia se realizaba fuera de la esfera de la religión pública, siendo por ende una práctica propia del ámbito privado. Solía tener, además, un carácter misterioso, secreto y de culto. Los actos mágicos podían ser tanto dañinos, es decir, pertenecientes a la denominada “magia negra”, como beneficiosos, tal como ejemplificaba el uso de “gemas mágicas”, y es debido a este potencial “destructivo”; así como por el hecho de que dicha práctica se llevaba a cabo a las afueras de la polis, la magia era vista como una actividad antisocial en el mundo grecorromano[1]. Con todo, la magia forma parte indispensable del trasfondo de buena parte de la literatura clásica, tal como lo demuestran figuras míticas como Circe o Medea.
Dicho esto, la magia vinculante, tema central de esta entrada,  adoptaba dos formas fundamentalmente: a) un hechizo o maldición vinculante, el cual se escribía sobre una variedad de medios que incluían cera, fragmentos de cerámica y, más a menudo, delgadas hojas o tabletas de plomo, que eran luego enrolladas o dobladas y atravesadas con un clavo; y b) un figurín, fabricado con cera, arcilla, lana, plomo, bronce o, muy rara vez, mármol, que se asemejaba a la forma de un hombre o una mujer y cuyos miembros podían unirse o torcerse. Dichas figuras podían presentar agujas o clavos atravesándolas, mientras que otras veces eran enterradas en una suerte de ataúdes hechos a partir de delgadas láminas de plomo. Estos muñecos, así como los féretros, se inscribían con el nombre de la víctima y con una larga maldición, siendo luego emplazados en tumbas y santuarios, o arrojados al agua.
El término atadura viene del concepto griego κατάδεσμος, “maldición vinculante” (katadesmos, plural katadesmoi), que era usado por algunos autores como Platón para etiquetar este tipo de magia[2]. Asimismo, los investigadores utilizan su equivalente en latín, defixio (plural defixiones), para referirse a los conjuros de atadura que están escritos en tablas[3]. La noción de vinculación puede encontrarse también en el lenguaje de las mismas tablas, las cuales expresan a menudo la acción deseada mediante el uso de verbos como katadein, “atar/unir”, o katekhein, “frenar/contener”. Por otro lado, la metáfora de la atadura queda ilustrada en el doblamiento, enrollamiento y perforación de las tablillas de plomo. En el caso de los figurines, dicha metáfora se consigue mediante la torsión literal, la atadura y las perforaciones de los mismos con clavos.
Aunque la fórmula básica de vinculación era estándar, los investigadores han dividido los conjuros de atadura en grupos temáticos que tienen que ver tanto con la competencia en el ámbito de los deportes, del drama o de los negocios, como con los asuntos eróticos, relacionados con el sexo o el matrimonio, y las peticiones de venganza y justicia. Dichos conjuros explicaban con bastante claridad las intenciones del usuario, así como lo que éste pretendía cambiar en su “víctima” a través de la atadura de su persona, de sus habilidades de percepción o de sus capacidades mentales. En otras palabras, este tipo de hechizos o maldiciones eran escritos por individuos que deseaban controlar a otra persona.
Relieve de Medea con las hijas de Pelias.
Imagen sacada de:
https://commons.wikimedia.org.
Por regla general la magia vinculante o de atadura requería la cooperación de las divinidades del inframundo y de sus poderes para su ejecución, por lo que era habitual que las tablas con este tipo de conjuros fueran emplazadas en pozos, manantiales, hipódromos, en el caso de maldiciones deportivas, teatros, en caso de maldiciones entre actores, y en los santuarios de las deidades del inframundo. Durante el periodo clásico una serie de deidades con o sin nombre eran invocadas en esta clase de conjuros para que intervinieran, de alguna manera, en la acción. En los textos de principios del Ático, por ejemplo, se menciona a menudo a Hermes[4], Hécate y Perséfone. Las funciones de estos tres dioses como responsables tanto de los viajeros como de los muertos se volvieron cada vez más prominentes en el siglo V a. C., siendo dicho cambio especialmente llamativo en el caso de Hécate, quien en el siglo VIII jugaba un rol totalmente diferente como una diosa cuyos ámbitos de influencia incluían la tierra, el aire y el agua[5]. Con todo, lo más común era que el hacedor de estas maldiciones pidiera ayuda a los muertos para realizarlas, ya que éstos, en especial aquellos que estaban “inquietos", podían hacer de mediadores mágicos al permanecer entre el mundo de los vivos y el de los muertos[6]. Por lo tanto, se enterraban las tablas o las efigies con el conjuro de atadura en los cementerios y, más concretamente, en las tumbas de aquellos que habían muerto antes de tiempo (aōroi) como, por ejemplo, los niños recién nacidos o las mujeres sin descendencia; violentamente (biaiothanatoi) como los asesinados, que reclamaban venganza, o los ejecutados; o que no habían recibido correctamente los ritos funerarios (ataphoi)[7] como los náufragos o los suicidas, por señalar algún caso. Es posible que los aōroi y los biaiothanatoi sean los grupos más utilizados para la magia vinculante de entre los “muertos sin descanso”, porque, en primer lugar, los primeros representaban la categoría más numerosa ya que integraba a cualquiera que, por unas razones u otras, se consideraba que no había cumplido todos los días de su vida, salvando la excepción de los muertos en el campo de batalla[8]; y porque, en segundo lugar, los segundos eran los más invocado para ejecutar las empresas mágicas más agresivas. No obstante, todos estos “muertos sin descanso” se caracterizaban por la ira y la implacabilidad, cualidades que el practicante de la magia esperaba poder canalizar para llevar a buen término su maldición. Es decir, los cementerios eran lugares de gran poder.
Figura femenina perforada por trece clavos.
Imagen sacada de:
www.thehistoryfiles.com
Uno de los cambios más interesantes que pueden observarse en estas maldiciones desde el periodo clásico hacia adelante implica la progresiva “fragmentación” de la víctima a la que se desea atar. En muchas de las primeras tablas áticas se encuentra sólo un nombre (en nominativo o acusativo); más adelante, en tablas posteriores, aparece un verbo como katadein o katekhein en primera persona junto con el nombre; y, finalmente, el nombre o nombres de las víctimas son acompañados por las partes del cuerpo y las capacidades intelectuales que se desean atar o capturar con el hechizo[9]. Con el tiempo, a partir del periodo clásico, pero extendiéndose también por el helenístico y el romano, empezaron a surgir numerosos ejemplos de maldiciones y tablas de conjuros con largas y extensas listas de partes del cuerpo.
Para finalizar esta entrada, decir que, sin duda alguna, los conjuros de atadura más llamativos son los que componen la denominada magia amorosa griega, la cual, tal como explica Faraone, se dividía en: hechizos para inducir una “pasión incontrolable” (eros), muy populares entre los hombres para conseguir los favores (normalmente sexuales) de una mujer, que solían tomar la forma de una maldición vinculante (katadesmos o defixio); y hechizos para incitar afecto (philia), los cuales eran más habituales entre mujeres que deseaban “sanar una relación rota o disfuncional, o proteger una en funcionamiento pero frágil”[10]

Bibliografía

Collins, D., Magic in the Ancient Greek World, Malden, MA: Blackwell Publishing, 2008.
Faraone, Ch. A., Ancient Greek Love Magic, Cambridge, Mass: Harvard University Press, 1999.
Hernández, M. R., “Invocaciones a los muertos en los textos griegos mágicos”, Conversaciones con la Muerte. Diálogos del hombre con el más allá desde la Antigüedad hasta la Edad Media, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2011.
Luck, G., Arcana Mundi: Magic and the Occult in the Greek and Roman Worlds. A collection of Ancient Texts, Baltimore [etc.]: The Johns Hopkins University Press, 2006.
Ogden, D., Magic, Witchcraft and Ghosts in the Greek and Roman Worlds: a Source Book, New York [etc.]: Oxford University Press, 2002.
.........., A Companion to Greek Religion, Malden, MA: Blackwell Publishing, 2007.
Petropoulos, J.C.B., Greek Magic: Ancient, Medieval and Modern, London and New York: Routledge, 2008.




[1]Esta visión de la magia como un subgrupo de la actividad religiosa potencialmente dañino queda reflejada en numerosas leyes y otros textos que datan de principios del siglo V a.C. en adelante. Petropoulos, J.C.B., Greek Magic: Ancient, Medieval and Modern, London and New York: Routledge, 2008, p. 4.
[2]Collins, D., Magic in the Ancient Greek World, Malden, MA: Blackwell Publishing, 2008, p. 64.
[3]El termino defixio viene del verbo latino defigo, “clavar, traspasar, vincular, embrujar”. Como sustantivo defixio significa “clavado, maldito [con un conjuro]”. Aunque defixio es el término técnico para la maldición escrita sobre una tabla (tabella defixionis), también son defixio las efigies que están atravesadas con agujas o clavos. Luck, G., Arcana Mundi: Magic and the Occult in the Greek and Roman Worlds. A collection of Ancient Texts, Baltimore [etc.]: The Johns Hopkins University Press, 2006, p. 510.
[4]Un ejemplo de la invocación de Hermes en uno de estos conjuros de atadura lo ofrece la siguiente tablilla ática de plomo de principios del siglo IV a.C., en la que una persona realiza una maldición vinculante contra sus oponentes legales y contra otras maldiciones de atadura: “A. Si alguien puso un hechizo contra mí, ya sea hombre o mujer, esclavo o libre, extranjero o ciudadano, de mi hogar o fuera del mismo, ya sea por envidia hacia mi trabajo o mis acciones, si alguien puso un hechizo contra mi ante Hermes, se trate de Hermes Erionios o Hermes el embaucador, o ante algún otro poder, lo ato de regreso a todos mis enemigos. B. Ato a mis enemigos de la corte Dion y Granicos”. Ogden, D., Magic, Witchcraft and Ghosts in the Greek and Roman Worlds: a Source Book, New York [etc.]: Oxford University Press, 2002, p. 211. En este ejemplo se puede observar un detalle interesante: este tipo de conjuros también tenían un cierto carácter exorcístico en tanto que servían para “devolver el mal” sufrido a la persona que lo había enviado en primer lugar.
[5]El cambio en el estado de estas divinidades en parte se debe al hecho de que Hermes y, en cierta medida Hécate, se han asociado tradicionalmente con los movimientos entre el mundo terrenal y el inframundo, mientras que Perséfone estaba asociada con el tránsito entre vivos y muertos por su actividad como gobernante del inframundo junto a Hades. Collins, D., op. cit., pp. 71-72.
[6]Las maldiciones que requieren la ayuda de un muerto para llegar a buen puerto pueden agruparse en dos grupos dependiendo de la forma de intervención del muerto en el mundo de los vivos: a) el muerto actúa como mensajero entre el que realiza el conjuro y las divinidades ctónicas que serán quienes, en última instancia, actúen en el mundo de los vivos; y b) el alma del difunto actúa por sus propios medios y cumple “en persona” los deseos del solicitante o de su cliente (el defigens). Martín, Hernández, R., “Invocaciones a los muertos en los textos griegos mágicos”, Conversaciones con la Muerte. Diálogos del hombre con el más allá desde la Antigüedad hasta la Edad Media, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2011, p. 101.
[7]Los ritos funerarios, así como un correcto enterramiento eran fundamentales para que el alma del difunto pudiera descansar en paz. Los poemas homéricos proveen varios ejemplos. En la Ilíada, el fantasma de Patroclo se le aparece en sueños a Aquiles y le pide que le entierre como es debido para que su alma pueda entrar en el Hades: “¡Duermes, pero me has olvidado, Aquiles! Cuidabas de mí cuando estaba vivo, pero no ahora que estoy muerto. Entiérrame lo antes posible, para que pueda pasar por las puertas del Hades. Las almas me mantienen a distancia, los fantasmas de los muertos no me permiten aún mezclarme con ellos más allá del río, pero en este estado deambulo por las amplias puertas cerradas de la casa de Hades. Échame una mano, te ruego por mis lágrimas. Pues no volveré del Hades, cuando me hayas dado el fuego que me es debido” (Homero, Ilíada 23.62–76). Ogden, D., Magic, Witchcraft and Ghosts, op. cit., pp. 151-152.
[8]Los soldados que caían en combate eran enterrados o incinerados en el mismo campo de batalla. En la
Ilíada, por ejemplo, los guerreros griegos incineraban a sus caídos en el propio campo de batalla. Otro ejemplo de esta práctica lo proveen los griegos que murieron en la batalla de Maratón, en el 490 a.C., pues fueron incinerados y luego enterrados bajo un largo túmulo funerario en el mismo sitio. Ogden, D., A Companion to Greek Religion, Malden, MA: Blackwell Publishing, 2007, p. 88.
[9]Así, por ejemplo, si se deseaba que una persona perdiera sus facultades mentales se ataban su alma, su lengua y su sentimiento. En un sentido más general la atadura del espíritu hacía referencia a la voluntad de la víctima como manera de motivarla para hacer o no hacer algo. Sin embargo, lo que no se ha conseguido todavía explicar del todo es el significado de la atadura de las manos y los pies, o de los brazos y las piernas, así como en conjuros posteriores la proliferación de partes del cuerpo que podían ser atadas. Con todo, se puede decir con cierta certeza que las manos y los pies, no menos que la lengua o el alma, constituían una fórmula anatómica básica. Esto es, las manos y los pies eran parte de una fórmula de atadura que requería la mención de las facultades físicas e intelectuales. Collins, D., op. cit., pp. 79-80.
[10]Faraone, Ch. A., Ancient Greek Love Magic, Cambridge, Mass: Harvard University Press, 1999, p. 96.

miércoles, 1 de abril de 2015

Simbolismo e imagen en el arte céltico.

Por: Aura Fernández Tabernilla, Máster en Ciencias de las Religiones por la Universidad Complutense de Madrid.

Correo electrónico: aurataber@hotmail.com

Introducción

Mapa de la distribución y expansión de los pueblos celtas. 
Imagen sacada de: www.wikipedia.org
Hoy en día todo lo que rodea al mundo céltico está rodeado por un halo de romanticismo impregnado por cultos heroicos y mitos “artúricos”. Sin embargo, Los celtas “históricos” fueron una serie de pueblos del norte de los Alpes, conocidos principalmente por sus artes guerreras, que se expandieron por Europa durante los siglos IV y III a.C. especialmente, y que mostraban una serie de características comunes, entre las que destacan: una misma lengua indoeuropea y una misma cultura material, que se desarrolló, sobre todo, en las grandes etapas de Hallstatt (700-600 a.C.) y La Tène (475-400 a. C.-130-18 a. C.) Estos pueblos estaban configurados en tribus y presentaban una sociedad altamente jerarquizada, dominada por unas élites guerreras que disfrutaban de altos niveles de riqueza y prestigio. La evidencia arqueológica, particularmente del mobiliario funerario, de la cultura de Hallstatt[1] transmite una imagen de dichos pueblos como comerciantes que tenían control sobre los recursos y que gozaban de estrechos contactos con el mundo mediterráneo, con cuyas poblaciones intercambiaban sal, cobre, oro, objetos de arte, pieles y esclavos, a cambio de cerámica ática y recipientes de bronce.
Oppidum Manching (Bavaria, Alemania).  Siglo III a.C. 
Imagen sacada de: www.unc.edu

Los cambios perpetrados en el arte céltico durante su evolución fueron de la mano de los acontecidos en la propia cultura céltica. La centralización de la Europa celta del siglo VI a.C. se desgajó durante la expansión de estos pueblos al este y al oeste, la cual alcanzó su punto álgido en los siglos IV y III a.C. y provocó el desarrollo de un gran número de centros locales que se establecieron desde Britania a Rumanía. Con todo, el antiguo ideal guerrero dominaba aún en la sociedad céltica y los símbolos de honor y autoridad se desplegaban todavía por los trabajos en metal principalmente. Durante los siglos III y II a.C. la presión sobre los celtas de los pueblos de la Dacia y de Germania en el este y de los romanos en el sur se incrementó notablemente, causando que su difusión fuera bastante menor. En esta época no sólo tuvo lugar un cambio en las prácticas funerarias, pasándose de la inhumación (empezaron a desaparecer las ricas tumbas hallstátticas) a la cremación, sino que también comenzaron a surgir los asentamientos fortificados conocidos como oppida[2], símbolos inequívocos de la inestabilidad e inseguridad del periodo.  Por último, debería hacer referencia al caso más característico dentro del mundo celta: Gran Bretaña. Aunque Britania había estado sujeta a las influencias continentales desde el periodo hallstáttico, las tradiciones artísticas de La Tène no se introdujeron poco antes del 300 a.C., momento a partir del cual el arte empezó a mostrar la existencia de un nuevo sistema de creencias. No obstante, la situación en Britania y en Francia cambió durante los siglos I a.C. y I d.C., cuando los romanos conquistaron y se anexionaron estas regiones. Sólo las áreas británicas que permanecieron “virtualmente” fuera del Imperio Romano (buena parte de Gales, Escocia e Irlanda) continuaron con su cultura y sus prácticas tradicionales. Los motivos habituales del arte céltico perdieron su relevancia con la llegada del Cristianismo, que experimentó un gran auge en Irlanda particularmente, en donde en torno al 600 d.C. se habían establecido un buen número de monasterios. El monaquismo[3] promovió un nuevo arte que se manifestó, sobre todo, en cruces de piedra labrada y en manuscritos iluminados.

El arte en el mundo celta

Trisquel de Santa Tecla. A Guarda, Pontevedra, Galicia. 
Imagen sacada de: www.corma.eu
Se suele aplicar el término “celta” a un arte que se distingue por la diversidad de estilos, siendo, por tanto, el eclecticismo y la variedad sus características principales. Sin embargo, hay que señalar que muchos de los elementos que se asocian con este tipo de arte no son propiamente “celtas”, sino que fueron adoptados de otros repertorios artísticos y modificados sutilmente[4]. En definitiva, se trata de un arte en el que no sólo predomina fundamentalmente el patrón, sino que también abundan las formas curvilíneas, las líneas entrelazadas, los motivos geométricos (trisqueles, rollos o palmetas) y los diseños complejos.
Como es obvio, gran parte de los votivos artísticos célticos están íntimamente relacionados con el sistema de creencia de estos pueblos, lo que dificulta bastante una interpretación rigurosa y certera de los mismos, pues la religión celta está plenamente reconstruida a partir, sobre todo, de las evidencias arqueológicas –a través de la iconografía y de la epigrafía que se desarrollaron durante el periodo romano- y de las obras de los autores greco-romanos, quienes fueron muy subjetivos en sus interpretaciones[5]. Con todo, se puede decir, gracias a la contrastación llevada a cabo entre las fuentes arqueológicas y las literarias, que la religión de estos pueblos se basaba fundamentalmente en la naturaleza.
Los celtas favorecieron su preocupación por los fenómenos naturales observables como las estaciones, el tiempo, o las actividades cosmo-celestiales del sol, el trueno, el rayo y la lluvia. Asimismo, al estar organizados en sociedades rurales, su vida estaba sujeta de manera inexorable a la fertilidad de sus cultivos y a la domesticación de sus animales, por lo que todo esto fue objeto de adoración y culto, llegando a desarrollarse una importante tradición de simbología animal. También fueron divinizados elementos topográficos como manantiales, ríos o montañas; así como se veneraba todo lo relacionado con la muerte, la regeneración o la transformación[6]
Relieve galo-romano de la diosa celta Epona
Gannat. Allier. Francia. 
Imagen sacada de: www.repro-tableaux.com
A la luz de lo ya visto, resulta evidente que el simbolismo en el arte céltico es muy complejo. Desde el punto de vista de lo abstracto destacan: a) el elemento de lo opuesto, el cual tiene una gran relevancia entre los celtas, siendo en este marco donde se pueden integrar las divinidades antropomorfas femeninas y masculinas, pues muchas de las mismas eran símbolo tanto de vida como de muerte. Las diosas celtas, por ejemplo, presentan un carácter maternal muy marcado y parece que estaban presentes en todas las etapas de la vida del hombre: desde su nacimiento hasta su muerte, pasando por la adolescencia y la madurez. También se dedicaban a los temas relacionados con la fertilidad y la abundancia, ambos fuente de preocupación primordial en la cultura celta, así como con la curación, la regeneración, la protección e, incluso, el destino de los hombres. Entre las diosas más conocidas se encuentra Epona, divinidad de la fertilidad y de la naturaleza originaria de la Galia, asociada con el agua, la curación y la muerte; b) la metamorfosis. Los flujos y los cambios caracterizaban la vida de los celtas. Según la mitología irlandesa y la mitología galesa, sobre todo, todo ser podría estar representado por otro, estando ambas llenas de historias de animales que antes fueron humanos y de divinidades con ambas formas, tanto humana como animal. Los mitos sobre la diosa Morrigan, por ejemplo, cuentan que ésta solía aparecer en el campo de batalla como la guerrera Cú Chulainn o bajo el aspecto de una loba, una vaca o un águila, siendo precisamente una de sus funciones la de influir en los acontecimientos bélicos a través de sus metamorfosis. Esta ambigüedad se representaba con figuras de todas las formas humanas posibles y multitud de cabezas[7], máscaras y adornos en el cabello –tales como coronas, que simbolizaban a las deidades, y que eran llevadas por los sacerdotes durante las procesiones- asociadas estas últimas con los rituales religiosos. Finalmente, la muerte era considerada por estos pueblos como la metamorfosis final, siendo aquí donde se enmarcan los sacrificios humanos, por ejemplo, una costumbre bastante extendida entre los celtas, quienes creían que interrumpir de forma abrupta y violenta la vida de una persona, favorecía su renacimiento inmediato en el otro mundo intemporal.
Triple cabeza. Imagen sacada de:
www.historicimpressions.com
Por último, desde el punto de vista de lo físico, hay que indicar: a) el simbolismo del mundo natural. Aunque los sacrificios de animales eran muy usuales en el mundo celta, tanto las bestias salvajes como las domésticas eran muy respetadas, siendo el caballo -símbolo de velocidad, belleza y pericia sexual, este animal también tenía importantes connotaciones religiosas, estando fuertemente asociado con la diosa gala Epona y el dios celta del Sol, a quien se representaba a caballo en las columnas de piedra de Gales y en la Alemania occidental- y el perro –animal que tenía tres áreas principales de asociación simbólica para los celtas: la cacería, la curación y la muerte- algunas de las más importantes; y b) el simbolismo de lo material. Los objetos que los celtas utilizaban en las ceremonias e, incluso, en el día a día solían estar dotados de un rico simbolismo religioso. Era habitual que en dichos objetos se grabaran símbolos celestiales como, por ejemplo, la rueda, la esvástica o la espiral. Entre los más significativos se encuentran: el barco -elemento muy común en el simbolismo y en los rituales de las tribus del noroeste de Europa. Se ofrecían barcos hechos con metales preciosos a los dioses, especialmente a los que tenían que ver con el mar y el agua. Además, el viaje por el mar sugería el viaje del alma al más allá: Manannán Mac Lir, un dios irlandés del mar, que se llevaba a los héroes celtas hasta el otro mundo, que estaba situado debajo de las aguas-, el caldero - las vasijas para cocinar en las ceremonias eran primordiales en los rituales funerarios y en los festines relacionados con el renacer y la resurrección- o el torque - era un símbolo de dignidad y de estatus con el que se representaba a las divinidades y que, también, solía ser llevado por los miembros de la aristocracia, siendo habitualmente enterrados con él como ofrenda a los dioses-.

BIBLIOGRAFÍA BÁSICA:

·         Adkinson, R. Símbolos sagrados. Pueblos, religiones y misterios. Ediciones Librería Universitaria de Barcelona, S. L., Barcelona, 2010.
·         Green, Miranda J., Arte celta: leyendo sus mensajes, Tres Cantos: Akal, D.L., Madrid, 2007.
·         Green, Miranda J. Symbol and image in Celtic religious art, London: Routledge, 1989.
·         Harding, D. W., The archaeology of celtic art, Routledge, Taylor and Francis Group, London and New York, 2007.
·         Lloyd, Laing, Art of the Celts, London: Thames and Hudson, 1992.



[1]Son notables los yacimientos arqueológicos de Heuneberg en Baden-Württemberg, oeste de Alemania, y de Mont Lassois en Borgoña, Francia. Green, Miranda J., Arte celta: leyendo sus mensajes, Tres Cantos: Akal, D.L., 2007, pág. 22.
[2]Estas protociudades son muestra, asimismo, del resurgimiento del comercio con el mundo mediterráneo, así como de la fuerte influencia de la civilización urbana que hacía tiempo que se había desarrollado en la Europa grecorromana.
[3]La Iglesia irlandesa surgió durante el siglo IV d.C., convirtiéndose en un centro misionero tremendamente importante que envió monjes al resto del oeste céltico e incluso a Italia. En Inglaterra, los monjes irlandeses entraron en contacto con las tradiciones artísticas anglosajonas y, en el continente, con la cultura material de, entre otros, los francos.
[4]En numerosas ocasiones, el arte celta ha tomado u adoptado elementos de la Grecia clásica, del arte oriental, del  romano o del vikingo, por ejemplo. Lloyd, Laing, Art of the Celts, London: Thames and Hudson, 1992, pág. 8.
[5]También es fuente de conocimiento en este tema la literatura irlandesa y galesa. Sin embargo, estas obras pertenecen en su mayoría al periodo medieval, por lo que están situadas en una cronología algo tardía. Aunque, con todo, no son del todo desdeñables. Green, Miranda, J. Symbol and image in Celtic religious art. London: Routledge, 1989, pág. 1
[6]Un ejemplo clásico de una forma que se transforma es el rostro reversible, masculino (un hombre triste mayor) o femenino (una joven alegre) dependiendo de la posición desde la que se observe, de Bad Dürkheim, en Renania. Lloyd, Laing, op. cit., pág. 16.
[7]La triple cabeza fue la tríada más repetida. Es símbolo de amplitud e intensidad, y en las representaciones individuales de los dioses o de sus cabezas es habitual encontrarlas con tres rostros: uno principal y dos adheridos. Adkinson, R. Símbolos sagrados. Pueblos, religiones y misterios. Ediciones Librería Universitaria de Barcelona, S. L., Barcelona, 2010, pág. 120.

domingo, 30 de noviembre de 2014

Loki: El dios de las muchas caras

Por: Aura Fernández Tabernilla

Correo electrónico: aurataber@hotmail.com

Loki es interpretado por el actor británico 
Tom Hiddleston en las películas de Thor y Los Vengadores
Imagen sacada de: http://disneyinfinity.wikia.com
La mitología nórdica ha experimentado un renovado interés gracias al boom que las películas de superhéroes han tenido en los últimos años. Thor, el dios del trueno, ha salido de las páginas de la Edda prosaica[1] de la mano de una de las franquicias de cómics más importantes de nuestros días para convertirse en uno de los héroes más apreciados por el público en general. Sin embargo, no ha sido Thor, sino Loki, villano habitual en las producciones cinematográficas de Marvel, quien más admiración y expectación ha despertado en la audiencia, principalmente por su personalidad “multiforme” y ambivalente.
Es precisamente este carácter maquiavélico y esquivo lo que convierte a Loki en una de las figuras más oscuras y complejas de la mitología nórdica. Con todo, la breve presentación que hace Sturluson puede servir como primer contacto con este personaje:

“Hay aún otro As al que algunos llaman enemistador de los Ases, y mentiroso, y desdicha de todos los dioses y hombres, es el llamado Loki o Lopt, hijo del gigante Fárbauti[2]. Su madre es Laufey o Nál, y sus hermanos son Býleist y Helblindi. Loki es de hermosa y bella apariencia pero de mala naturaleza, es de costumbres muy caprichosas. Tenía más sabiduría, de esa que llaman astucia, que cualquier hombre, y por todo se queja. Causaba siempre complicaciones a los dioses, y a menudo las resolvía mediante estratagemas […]” Sturluson, Edda en prosa: Gylfaginning XXXIII (Loki)[3]

Tal como queda constatado en el texto, la naturaleza de Loki presenta diversas facetas, de entre las cuales se pueden destacar: a) su comportamiento impulsivo y curioso, el cual le lleva a meterse en situaciones comprometidas que acarrean, en última instancia, dificultades a los dioses, quienes son, de una manera u otra, engañados por Loki que al final, y siempre tras haber sido amenazado con la tortura o la muerte, se ve obligado a hacer uso de su astucia para solucionar el problema.
Loki e Idunn
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Por último, Loki tiene una relación muy intensa con el inframundo, la cual se evidencia no sólo en la posible existencia de un Utgardaloki o Loki del inframundo[4], sino también en sus relaciones familiares ya que es el padre de Hel, la diosa del Niflhem o reino de los muertos, que se caracteriza por tener un cuerpo dividido en  dos partes: una superior, hermosa y de color carne, y una inferior más oscura, formada por carne podrida y tan negra que resultaba invisible. Hel fue condenada por Odín a gobernar el inframundo para evitar que tanto ella como sus dos hermanos, el lobo Fenrir y la serpiente Jörmungard, que rodea el Midgard o reino de los hombres, cumplieran con su destino: apoyar a su padre en la batalla escatológica que terminará con el fin del mundo.Esta faceta se ve reflejada en el mito de las manzanas de Idunn, por ejemplo, el cual cuenta como Loki, por un acto de imprudencia, es capturado por el gigante Thiazi, que le impone, como condición para recobrar su libertad, la entrega de Idunn, la diosa que custodia las manzanas mágicas que mantienen la inmortalidad de los dioses. Loki acepta y mediante mentiras rapta a la diosa, con lo que los dioses empiezan a envejecer. Finalmente, tras ser amenazado, rescata a Idunn transformado en halcón; b) su conducta traviesa, observable sobre todo en el mito del tesoro de los Ases, en donde se cuenta cómo, por puro vandalismo, le corta el pelo a Sif, la esposa de Thor. Tras ser amenazado por éste con la muerte si no repara su falta, Loki consiguió que unos enanos herreros hicieran una cabellera de oro para Sif, el barco mágico (Skídbladnir) de Frey, la lanza de Odín y el martillo Mjöllnir de Thor, entre otros objetos; y c) su carácter diabólico, que es la faceta más notable de este dios y que se ve reflejada muy especialmente en su papel en la muerte de Balder. Éste es, para los nórdicos, el dios-símbolo, el dios que une y asegura el orden del mundo. Balder soñó que un día sería asesinado por otro dios y que su muerte provocaría el fin del mundo. Frigg, la consorte de Odín y madre de Balder, podía ver el futuro pero no cambiarlo, así que pidió a todos los seres vivos e inanimados que jurasen no dañar nunca a su hijo. Pero no habló con el muérdago por considerarlo “inocente”. Esto no le gustó a Loki, quien, disfrazado de mujer, preguntó a Frigg sobre qué podía causarle la muerte a Balder. Cuando un día los dioses se encontraban disfrutando de un banquete, Loki entregó al dios ciego Hödr una rama de muérdago y le dijo que se lo lanzara a Balder, causándole la muerte. Hermód, otro hijo de Odín y Frigg, bajó al inframundo y pidió a Hel que permitiera volver a su hermano. Ésta accedió con la condición de que todas las criaturas derramaran una lágrima por el dios. Sin embargo, una anciana gigante llamada Thökk, probablemente Loki disfrazado, se negó a llorar y Balder fue condenado al inframundo hasta el fin del mundo. Este episodio prepara el advenimiento del Ragnarök, la batalla final entre los dioses y las criaturas del inframundo, comandadas por Loki, que llevará al fin del mundo. Este carácter malvado y oscuro, queda al descubierto en su plenitud en la unidad mitológica que forman la historia posterior a la muerte de Balder: el castigo de Loki y el Ragnarök.
Los hijos de Loki
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Realmente, todas las facetas de Loki pueden englobarse en su carácter diabólico, típico de la raza de los gigantes, pues actúa sin pensar en las consecuencias, poniendo más de una vez en peligro el orden cósmico. Loki sólo opera por y para sí mismo, siendo los resultados positivos generados por sus acciones (la lanza de Odín, el martillo de Thor, etc.) consecuencia directa de sus intentos por salvar su propia vida. Es por ello que el lugar de Loki en el imaginario nórdico se encuentra, justamente, en ser el dios que desarticula y, en extremo, destruye; así como ser el que muestra los peligros y los confines del mundo. Además, al contrario que lo que dice Dumézil, Loki si tiene una función, pues, tal como se ha podido ver a lo largo del trabajo, presenta las características de un dios del inframundo. Asimismo, es una figura fundamental para el desarrollo de la mitología nórdica, pues se encuentra presente en la mayoría de los mitos.

Bibliografía básica:
         
     Lanceros, P., El destino de los dioses. Interpretación de la mitología nórdica, Editorial Trotta, S. A., Madrid, 2001.
·         Page, R. I., El pasado legendario. Mitos nórdicos, Ediciones Akal, S. A., Madrid, 2012.
·         Dumézil, G., Loki, Flammarion, Nouvelle Bibliothèque Scientifique, 1986.
·     Sturluson, S., Textos mitológicos de las Eddas, Edición preparada por Enrique Bernárdez, Editorial Nacional, Madrid, 1982.



[1] Desarrollada en Islandia por Snorri Sturluson en el 1220 d.C. como un manual de enseñanza para los jóvenes poetas, la Edda prosaica, o Edda menor, es una de las fuentes principales para el conocimiento de la mitología nórdica junto con la Edda poética y los Poemas Escáldicos.
[2] A pesar de ser un gigante del hielo, un Jotun, y pertenecer por ello a la raza enemiga de los dioses, Loki se contabiliza como uno de los Ases, pues es considerado por Odín, el dios-padre, como un hermano, al existir entre ellos un antiguo pacto de sangre. Es decir, no es el hijo adoptivo de Odín, como se muestra en las películas y en los cómics.  
[3] Sturluson, S., Textos mitológicos de las Eddas, Edición preparada por Enrique Bernárdez, Editorial Nacional, Madrid, 1982.
[4] Este personaje aparece en el mito de Thor en Utgard, en el que se cuenta la expedición del dios del trueno a la corte del rey gigante Utgardaloki, acompañado por Loki y Thialfi, donde se ven humillados por la astucia del gigante. Utgardaloki desafió a los tres Ases a competir con sus criados en diversas pruebas. Thialfi escogió la carrera, pues podía correr más rápido que nadie, pero perdió cuando compitió con Hugi. Loki apostó que nadie podía comer tan rápido como él. Se enfrentó a Logi y fue derrotado. Finalmente, Thor compitió en tres pruebas y fracasó en todas ellas. La primera consistía en beberse el contenido de un cuerno, pero el extremo del mismo estaba en el mar, por lo que sólo consiguió que bajase la marea, en la segunda prueba debía intentar levantar al gato de Utgardaloki, y en la tercera tenía que luchar contra la vieja gigante Elli. Más tarde, Utgardaloki confiesa a Thor que todo eso había sido una ilusión y le explica por qué habían sido derrotados: Hugi era el “pensamiento” y éste es más rápido que cualquier otra cosa, Logi era el “fuego”, el más voraz de todos los elementos, el gato era la personificación de la serpiente del Midgard, tan larga que nadie podía levantarla, y, por último, Elli era la “vejez”, que derrota incluso al más fuerte. Ibid