domingo, 8 de mayo de 2016

La concepción divina de Santa Sofía en Constantinopla I



Por: Jorge Mateos Enrich, Doctor por la Universidad Politécnica de Madrid.

El edificio que es ahora museo de Santa Sofía en Estambul fue mezquita en su tiempo y basílica cristiana en su origen. En el año 537 fue consagrada y celebró su primera misa para el emperador Justiniano.

Si bien el monumento en sí fue una obra artística y arquitectónica sin parangón, no es menos destacable todo el proceso de gestación y construcción de la basílica. Santa Sofía no es tanto la materialización de una idea, acaso de una obsesión, como el empeño y la constancia de su mentor y promotor: Justiniano.

Es una obra rodeada de misterio, de magia, de superación. Es una obra inspirada directamente por Dios y revelada al Emperador.

Pero antes de abordar  causas,  cómos y  porqués hay que retrotraerse en el tiempo y relatar algunos aspectos históricos para la comprensión global de la construcción de Santa Sofía, cuáles fueron sus antecedentes y en qué obras se inspiró.



Imperio Bizantino


Hacia el 476 los rasgos del Imperio Bizantino han fraguado y son explícitos. Se trata de un imperio extenso, culto y de regiones de larga tradición en el uso de la escritura, de la reflexión filosófica y de la disputa teológica. La lengua dominante es el griego y mantiene el vigor de las instituciones y de la cosa pública.

Es un imperio romano y es un imperio cristiano. Desde mediados del siglo V el patriarca de Constantinopla se convertirá, prácticamente, en un Papa de Oriente.

El momento de máximo esplendor del Imperio Bizantino se da con Justiniano I, que recuperará la hegemonía en el Mediterráneo. En tiempos de Justiniano se había conseguido una tregua que permitió a este sus conquistas por el Mediterráneo Occidental y un corto periodo de dominio sobre gran parte del imperio antiguo.

Recreación de Constantinopla



Constantino

Hablemos primeramente de Constantino, que fue quien trasladó la capital del Imperio a Constantinopla: la “Nueva Roma”.
La guerra civil entre Constantino y Majencio fue también, como ocurre en estos casos, una guerra en la que los elementos religiosos toman partido. Al menos los elementos políticos buscaron aliados religiosos: este seguía la fe de su familia, el mitraísmo, pero la actividad anticristiana de Majencio produjo la reacción de una alianza con los cristianos, financiera e ideológica. Casi una quinta parte de la población del imperio, los cristianos, formaban un sólido apoyo y su religión había recibido la influencia de la filosofía griega que le confirió un soporte intelectual que la hacía apta para las personas cultas. Su final oposición al pagano Licinio le empujó aún más al cristianismo y, al hacerse cristiano él mismo, desaparecía el formidable impedimento de la adoración del emperador como divinidad.
Su hábil política fue reunir en Nicea a los obispos en asamblea (325), presidirla y convertirse en árbitro de la mayor cuestión que dividía entonces a la grey cristiana, es decir la doctrina de Arrio y al resolverla en un sentido convirtió a la Iglesia en una institución imperial más, con el emperador a su cabeza. Finalmente culminó la operación construyendo otra Roma.
La vieja Roma seguía siendo demasiado pagana para la nueva situación; el cristianismo legalizado en primer lugar (Edicto de Milán 313) pasó a ser religión protegida y finalmente fue creencia oficial, política y administrativamente y, por ello, Roma no era un lugar cómodo para las instituciones religiosas.
La ciudad de Constantino estaba sobre un solar griego, su lengua era el griego, plazas y calles estaban adornadas con innumerables estatuas griegas traídas de toda la Hélade y tenía una no pequeña ventaja ideológica, era una ciudad completamente construida desde el principio totalmente cristiana.
El apoyo unánime de la jerarquía cristiana exigía, además del jurídico y económico, un correlato monumental: hubo que ceder edificios oficiales para los nuevos cultos y administración y donde no los había adecuados se construyeron nuevos. Y debían ser espaciosos, suntuosos y ricos según la elevada posición del representante de la Iglesia Cristiana que era la más elevada del Imperio; y así fue construida ad libitum, y cedido para uso religioso, el tipo de edificio civil polivalente que era la basílica.
Tras el Edicto de Milán surgió la necesidad de crear una nueva construcción que albergase las necesidades del nuevo culto. Como ya se ha referido el ejemplo que tenían era el de las basílicas romanas que aunque eran edificios civiles se podían adaptar bien a las necesidades de la religión cristiana.
La basílica paleocristiana es un edificio de planta axial terminado en un ábside, esto tenía el inconveniente de no tener un espacio central. Es pues en los edificios palaciegos donde hay que buscar el origen del edificio de planta central con cúpula que aparecerá en el espacio bizantino posteriormente. Los grandes complejos imperiales romanos contenían estructuras de este tipo, como las salas octogonales de la Domus Aurea de Nerón (año 64), o también la sala octogonal de la Domus Augusteana de Domiciano (año 92). Ambas salas estaban rematadas con cúpulas con óculo.
El templo de Minerva Médica en Roma es un modelo más desarrollado (año 300). A estos se les añadían nichos cuadrados y circulares. Este esquema evolucionó y se plasmó en edificios como el Palacio de Antíoco (año 416).
Un edificio clave en todo este proceso es el llamado Octágono Dorado de Antioquia construido en época de Constantino (Iglesia de la Divina Armonía) entre 327 y 341. Este edificio se adelantó 200 años a Santos Sergio y Baco, Santa  Irene  y a Santa Sofía.

La planta central pasó de los palacios a los mausoleos paganos y de estos a los Martirya a través de los cuales se introdujo en la arquitectura religiosa cristiana. Pero en este esquema de difusión se produjeron numerosas excepciones, sobre todo en Siria, donde muchas iglesias de planta central y poligonal presentan nichos y exedras sin ser específicamente Martirya.
El origen de este tipo de planta es palaciego y romano pero su uso en edificios cristianos surgió en Siria en un momento en el que en Constantinopla aún se construían basílicas, es decir, a finales del siglo V  y principios del VI.
Las iglesias con cúpula y planta central de Constantinopla, cuya aparición precedió en algunos años a la llegada de Justiniano en el 527, tendrían así sus orígenes tanto en edificios palaciegos de Constantinopla como en las iglesias sirias.
En Bizancio no fue hasta la época de Justiniano que la planta centralizada y la cubierta de cúpulas o abovedada se convirtieron en los elementos más característicos del arte bizantino.
Los antecedentes podríamos encontrarlos en la ciudad de Gerasa (actual Jordania) en el siglo II, en donde aparecen pechinas y arcos torales. Pechinas conformadas como triángulos curvilíneos y trompas como bovedillas semicónicas.
La originalidad bizantina, y la cubierta, no se entendió como algo estático, sino como un organismo dinámico en el que los empujes de la cúpula central se contrarrestan con otras cúpulas secundarias que, a su vez, transmiten los suyos a otra serie de cúpulas más pequeñas que descansan en los muros, reforzados o no, por contrafuertes exteriores.
Los elementos constructivos en Roma eran la fábrica de piedra, el hormigón y la armadura de ladrillo, mientras que en Bizancio predominaba la fábrica de ladrillo.
Lo único que tendrían en común los procesos constructivos es que ambos se quieren liberar de la sujeción de las obras auxiliares y de las instalaciones provisionales.
Esta búsqueda de la economía es una tendencia inherente al buen sentido práctico.
En Roma la bóveda es un monolito hecho de materia plástica que exige un molde, mitad ladrillo, mitad armadura de madera. El ladrillo permanece embebido y contribuye a la resistencia. En suma, el procedimiento occidental incorpora a la bóveda la mayor parte del molde que soporta.
El procedimiento oriental consiste en abovedar sin cimbras, esto es, elevar las bóvedas en el espacio sin soporte de ningún tipo. No es una variante del método romano, es un sistema bien distinto, de origen asiático. El arte de construir se plegaba a este cambio, se transformaba, helenizó los tipos asiáticos y encontró, en estos tipos, transformado, su verdadero renacimiento.
El arte bizantino representa el carácter griego actuando en una sociedad semiasiática, sobre elementos tomados de la vieja Asia.

Justiniano

Justiniano ascendió oficialmente al trono el primero de abril de 527. Fue nombrado coemperador con su tío Justino (518-527), quien debido a su carencia de la cultura necesaria para el cargo y la administración necesitó la ayuda de su sobrino. Justiniano era un hombre inteligente, diplomático, sagaz y buen organizador, entregado incansablemente a los asuntos de gobierno y profundamente consciente de los deberes de su alto rango y posición cerca de Dios. Redujo y reorganizó la administración, y emprendió la ardua labor de legislador eficaz. Un gran renovador necesitaba serlo también en las construcciones, y fueron sus construcciones grandiosas (impresionantes para los súbditos orientales), originales y apoyadas en la vieja tradición romana lo más nuevo y atrevido que nadie hubiera imaginado.
Así se generaliza una concepción arquitectónica nueva, rompe con la basílica y concibe un nuevo espacio para el culto religioso: se genera un edificio sobre una planta cuadrada central con las cubiertas abovedadas y la planta central cubierta con cúpula. Los cuatro grandes pilares que sostiene la cúpula son los elementos fundamentales, acompañados, para el resto, de las dos columnatas que dividen las naves laterales.
 

Bibliografía.


· CESAREA, PROCOPIO DE. Los Edificios. Col. Estudios Orientales. Universidad de Murcia. 2005.

·  CORTES ARRESE, MIGUEL. Elogio de Constantinopla. Col. Estudios. Universidad de Castilla la Mancha. 2004.

·   EGEA, JOSE M. Relato de cómo se construyó Santa Sofía. Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y chipriotas. Granada .2003.

·  MATEOS ENRICH, JORGE. Persistencia de Santa Sofía en las Mezquitas de Estambul. Ed. ACCI. Madrid. 2014.



La tradición mística griega I



Por: Alejandro Tenorio Tenorio.

Correo electrónico: alejante@ucm.es

1. Los filósofos milesios



En el frontispicio de la filosofía se levantan tres figuras venerables, Tales de Mileto, Anaximandro y Anaxímenes. Desde la época de Aristóteles siempre los encontramos constituyendo un grupo de físicos o filósofos de la naturaleza;  se hayan unidos hasta por el hecho de ser hijos de Mileto, la metrópoli del Asia Menor griega, que llega a la cima de su desarrollo político, económico e intelectual durante el siglo VI a.C. Aquí, en el suelo colonial de Jonia, el espíritu griego ideó las dos concepciones generales del mundo que dieron origen a la épica homérica y a la filosofía griega. Los griegos de Asia Menor entraron en contacto con las viejas culturas de Oriente en el comercio, el arte y la técnica, aunque siempre habrá polémicas sobre la mayor o menor intensidad de su influencia en la evolución cultural de Grecia. Sin duda alguna, los variados mitos orientales sobre la creación y el intento babilonio de relacionar todos los acontecimientos terrestres con las estrellas debieron de admirar al sensitivo espíritu de los griegos. Tal vez se podrían rastrear incluso en la Teogonía de Hesíodo ciertas reacciones a las especulaciones teológicas de los orientales, como por ejemplo en los mitos de la primera mujer y de cómo vinieron a la tierra el pecado y el mal.

Sin embargo, la Teogonía de Hesíodo es totalmente griega por su forma y por su espíritu, así como la actitud racionalista de los filósofos jonios por comprender el mundo dejando al margen los mitos tradicionales, al tomar como punto de partida las realidades dadas en la experiencia humana, τὰ ὄντα, "las cosas existentes", como las estrellas y el aire, la tierra y el mar, los ríos y los montes, las plantas, los animales y los hombres. El trueno y el relámpago son hechos dados, pero Zeus, el dios que los envía, no pertenece al reino de las cosas que alcanzan los sentidos. El hombre, con los ojos y los oídos, no puede ir más allá de este reino, y, aunque la imaginación pueda atravesar los límites de la percepción directa, los ὄντα que encuentra la imaginación siempre son de la misma condición que las cosas que se presentan a los sentidos.

La nueva actitud intelectual implica que se ha producido una alteración del estado del espíritu humano en comparación con la etapa mitológica; el hombre ha cambiado de actitud frente al mito. Pero también es verdad que los antiguos pensadores filosóficos no han dejado afirmaciones directas sobre sus posiciones con respecto a los mitos tradicionales. Aquellos primeros filósofos sintieron que μῦθοι, los mitos,  no deben obstaculizar los auténticos conocimientos del mundo. En tiempos de Tucídides, siglos V-IV a. C.,  lo mítico adquiere un sentido negativo al referirse a lo fabuloso y no autentificado, en contraste con cualquier verdad o realidad verificable. Tucídides usa la palabra "mítico" para desacreditar los relatos tradicionales en verso y prosa acerca de los antiguos períodos de la historia griega[1].

Es más que posible que Anaximandro, siglos VII-VI a. C., uno de filósofos jonios de la naturaleza, también experimentara sentimientos despectivos sobre las narraciones míticas y lo que decían acerca de los dioses y del origen del mundo. Sin embargo, Jaeger defiende que esto es una falsa modernización; le basta al filólogo reflexionar sobre el significado de Φυσις para saber que su traducción por "naturaleza" es errónea, porque physis es una palabra abstracta que designa con toda claridad el acto o el proceso de surgir y desarrollarse, amén de abarcar también la fuente originaria de las cosas, aquello a partir de lo cual se desarrollan y merced a lo cual se renueva constantemente su desarrollo; es decir, physis es tanto como decir la realidad subyacente a las cosas de nuestra experiencia[2].

En un pasaje de Homero relativamente tardío se llama a Océano el origen de todas las cosas y se usa la palabra γένεσις `génesis´, sinónimo de physis, en el sentido de origen, principio. Decir que Océano es la génesis de todas es lo mismo que llamarlo la physis de todas las cosas.

Tales de Mileto sostiene que el Agua es el origen de todas las cosas y esto no parece muy distinto a lo que expresa Homero, pero estamos en presencia, indisputablemente, de una gran diferencia, pues el filósofo prescinde de toda expresión alegórica o mítica para expresar su intuición de que todas las cosas han venido del Agua, siendo su agua una parte visible del mundo de la experiencia. Pero la manera que tiene el filósofo de ver el origen de las cosas le acerca mucho a los mitos teológicos de la creació, o ¿está compitiendo con esos mitos? Aunque su teoría parece puramente física, es evidente que también la piensa con un matiz metafísico. Esta realidad se revela en la única sentencia que nos ha llegado del filósofo, físico, geómetra y legislador griego Tales de Mileto: "todo está lleno de dioses"; doscientos años después cita Platón este apotegma, y con él rechaza que la filosofía de la naturaleza, como se venía diciendo, no fue una fuente de ateísmo.

Platón, pues, la interpreta  a su manera. Aristóteles sugiere que Tales, con su sentencia, podría haber pensado en la atracción magnética y que Tales se vale de ese fenómeno para hacer una generalización sobre la naturaleza del llamado mundo inorgánico. La afirmación de que todo está lleno de dioses querría decir entonces algo así: todo está lleno de misteriosas fuerzas; la distinción entre la naturaleza animada no tiene de hecho fundamento alguno; todo tiene un alma. Tales habría hecho de su observación del magnetismo una premisa para inferir la Unidad de toda la realidad como algo viviente. Ciertas o no, las palabras de Tales revelan una actitud muy distinta de las ideas prevalecientes sobre los dioses, y aunque habla de dioses emplea sus palabras en un sentido distinto como las emplearían la mayoría de los hombres de su tiempo; su afirmación no puede referirse a aquellos dioses que la imaginación de los griegos corrientes habían poblado los montes y los ríos, los árboles y las fuentes, ni tampoco a los moradores del Cielo o del Olimpo de que nos habla Homero. Los dioses de Tales no viven aparte, sino que moran en todo ese mundo que nos rodea y que nuestra razón toma con familiaridad; todo está lleno de dioses y de los efectos de su poder. Esta concepción es paradójica  porque presupone experimentar los efectos de los dioses de forma nueva. Es claro que el entendimiento humano apenas puede darnos pruebas adecuadas de la existencia de los dioses de la fe popular; sin embargo, en Tales, la experiencia de la realidad de la physis le dota de una nueva fuente de conocimiento de lo Divino[3].

Parte de la provincia de Anatolia.



Jenófanes de Colofón no fue un pensador original pero jugó un papel relevante en la difusión de la filosofía. En lo que nos ha llegado de sus poemas, aparece como un férreo defensor de la filosofía, y en ellos expone de forma poética sus puntos de vista sobre diversos problemas. No llega a constituir una teoría completa como Anaximandro, y el mismo, como aedo, recitaba en público sus propios poemas.
En sus versos, Jenófanes no trata de asuntos prácticos o personales, sino de problemas de cosmovisión (Weltanschaunng), la naturaleza de los dioses, fenómenos naturales, el origen de todas las cosas, la verdad, la duda y la falta de autoridad. Sus poemas están llenos de referencias personales; nunca quiso escribir poesía didáctica a la manera de Hesíodo o Parménides.
Su personalidad poética se revela en la invención de un tipo de poesía, los Silloi (σίλλος - pl. σίλλοι: 'escarnios o befas'), de los que se conservan cinco libros, generalmente escritos en dísticos elegíacos, aunque a menudo adoptan la forma de puros hexámetros, como aparecen en el filósofo escéptico griego y poeta satírico Timón el Silógrafo, imitador posterior de Jenófanes, autor de una colección de caústicas sátiras sobre todos los filósofos importantes. Aristóteles no lo incluyó entre los filósofos de la naturaleza y aunque Jenófanes recitaba sus propios poemas como un rapsoda, en nada se asemejaba a los rapsodas que daban recitales públicos de los poemas homéricos (Laudatores Homeri) y que gozaban de gran estima ente las gentes. Jenófanes, rudo hasta la intolerancia, solo se le puede entender como un luchador por una verdad que brotaba de las ruinas de todas las formas anteriores de considerar el mundo. Como rapsoda, está muy alejado de la figura de Ión, el rapsoda de Platón, que iba visitando las ciudades de Grecia, vestido de púrpura, mientras resonaban en sus oídos los aplausos de la multitud. Ión se sabe a Homero perfectamente y enseña a Homero como fuente de toda sabiduría, pero nada más.
En cambio, Jenofonte fue un revolucionario intelectual. La tradición intelectual y moral dominante en toda la Hélade procedía generalmente de Homero; su autoridad era todopoderosa en la cultura griega. De ahí que los sistemas elaborados por los primeros filósofos tuvieran un efecto devastador y lo que hizo Jenófanes fue proclamarlo en voz alta, satirizando a Homero como el primer sostenedor de los errores que prevalecían.
El conflicto entre el nuevo pensar filosófico y el viejo mundo del mito estalló abiertamente. El choque fue inevitable. Y mientras que los pensadores de la nueva filosofía no presentan polémicamente sus descubrimientos, Jenófanes hizo del mito el motivo de su oposición. Defendió que el poeta era el verdadero y único educador del pueblo y su obra la autoridad única y auténtica de toda paideia (παιδεία; 'educación' designando con ella la plena y rigurosa formación intelectual, espiritual y atlética del hombre). Jenófanes, pues, empezó la ardua tarea de transfundir las nuevas ideas filosóficas al torrente intelectual de Grecia.
El problema de Dios fue clave para Jenófanes al criticar por primera vez de forma sistemática y radical toda forma de antropomorfismo, es decir, atribuir a los dioses formas exteriores, características psicológicas y pasiones semejantes o idénticas a las de los hombres, más intensas cuantitativamente, pero cualitativamente similares. Además los hombres atribuyen a los dioses todo aquello que hacen los humanos, no solo el bien, sino también el mal, y esto es completamente inaceptable y absurdo. Y así pone en entredicho radicalmente la credibilidad de los dioses tradicionales, y con ello la autoridad de sus celebrados cantores, los grandes poetas como Homero o Hesíodo, cuyos textos habían formado tradicionalmente a los griegos.
Anaximandro, sin duda, tuvo que sentir su propia oposición a las deidades antropomórficas de la tradición cuando defendía que "lo Ilimitado" era lo Divino, rechazando que la naturaleza divina adoptase la forma de los distintos dioses individuales. Sin embargo, es Jenófanes el primero que declara la guerra a los viejos dioses con estas impresionantes palabras:
...Un dios es el sumo ente los dioses y los hombres;
Ni su forma ni su pensamiento es igual a los mortales[1].
El poeta, con esta negación, da un gran impulso a la nueva filosofía. En los dos versos citados, en sus palabras, se desprende un haz de luz que penetra en la imaginación de los hombres con más facilidad que las que utilizó Anaximandro: apeiron (τὸ ἄπειρον, elemento primordial de la realidad, su arché, es lo ilimitado, lo infinito, lo indeterminado). Con sus palabras y forma audaz destruye a los dioses antropomórficos de Homero y Hesíodo, que ahora empiezan a agonizar por las repercusiones del nuevo saber sobre las viejas divinidades, efecto cierto de la filosofía jónica.
La intuición filosófica de un único fundamento del mundo entraña, naturalmente, nuevos enigmas, más complejos aún que aquellos a los que quiere dar respuesta. El propio Jenófanes señalará que incluso cuando se ve la verdad, ese saber no da nunca, a quien lo posee, la certidumbre de su validez, porque sobre las grandes cuestiones siempre estará incubada la duda. Esta penetrante intuición, teñida de resignación, está todavía muy lejos del absoluto escepticismo de siglos posteriores. Esa entrega resignada siempre se presenta cuando el hombre empieza por primera vez a razonar sobre estos problemas. Pero para él, al menos una idea es segura: el espíritu humano es una fuente de conocimiento inadecuada para comprender esa infinita verdad que lo gobierna todo. Y partiendo de aquí, los filósofos han reconocido el principio que dirige todas las cosas.
A Jenófanes jamás se le ocurrió insinuar que Dios carece de todas las formas. El problema de la forma (μορφή) de lo Divino nunca dejó de interesar a los filósofos griegos cuando analizan estos asuntos; siempre siguió interesando como parte esencial del problema y Cicerón en su obra De natura Deorum plantea la cuestión quales sint, lo que implica el problema de la verdadera forma o figura de los dioses[2]. La cuestión cobró nuevo empuje con la doctrina de la inmanencia de Dios al mundo, que se representaba como una esfera. Pero Jenófanes no da expresión a sus puntos de vista sobre la forma divina. No dice que el mundo es Dios, de suerte que la forma de Dios sería simplemente la forma del mundo; de aquí que no se le pueda tildar de panteísta. Jenófanes se limita a abrir el camino a una concepción filosófica negando que la forma de Dios sea humana. Jaeger sigue en esto los fragmentos directos, especialmente B 23, donde se dice que el δέμας o 'figura' de Dios no se parece al de los hombres mortales.
Los escritores cristianos han tendido a ver su propio monoteísmo en la proclamación que hace Jenófanes del Dios uno; pero Jenófanes, al tiempo que exalta a este Dios como más que humano, también lo califica explícitamente del "más grande ente los dioses y los hombres".
También defiende que, además del Dios Uno, tiene que haber otros dioses, exactamente como hay hombres. Pero esos dioses no son los antropomórficos de la épica; más bien tendríamos que pensar en la sentencia de Tales de Mileto de que todas las cosas están llenas de dioses, o en la doctrina de Anaximandro sobre el fundamento antiguo y divino y los innumerables dioses, es decir, los innumerables mundos, que se han generado, aunque no hay base alguna para atribuir a Jenófanes ningún dogma específico a este respecto. En todo caso, el Dios Uno que todo lo abraza es tan superior a todas esas otras fuerzas divinas, que él solo es el importante para Jenófanes.
Los doxógrafos griegos posteriores y especialmente la escuela escéptica interpretaban las palabras de Jenófanes, sobre la conciencia que tenía de lo inseguro de sus ideas, en el sentido de un agnosticismo dogmático. Pero es evidente que tener ese convencimiento de la incertidumbre de sus ideas no le impidió a Jenófanes pronunciarlas o formularlas para el común de los mortales. Encontramos una actitud semejante expresada por el autor hipocrático de la obra titulada Sobre la Medicina Antigua. En el proemio se dice que es privilegio de la ciencia médica descansar en la experiencia verificable, mientras que se rechaza la Filosofía Natural porque sus puntos de vista no pueden nunca confirmarse con los hechos.



[1]. Jaeger, W., op. cit., 1978, págs. 47 y ss.
[2]. Véase De nat. Deor. II, c. 17.




Jenófanes de Colofón no fue un pensador original pero jugó un papel relevante en la difusión de la filosofía. En lo que nos ha llegado de sus poemas, aparece como un férreo defensor de la filosofía, y en ellos expone de forma poética sus puntos de vista sobre diversos problemas. No llega a constituir una teoría completa como Anaximandro, y el mismo, como aedo, recitaba en público sus propios poemas.
En sus versos, Jenófanes no trata de asuntos prácticos o personales, sino de problemas de cosmovisión (Weltanschaunng), la naturaleza de los dioses, fenómenos naturales, el origen de todas las cosas, la verdad, la duda y la falta de autoridad. Sus poemas están llenos de referencias personales; nunca quiso escribir poesía didáctica a la manera de Hesíodo o Parménides.
Su personalidad poética se revela en la invención de un tipo de poesía, los Silloi (σίλλος - pl. σίλλοι: 'escarnios o befas'), de los que se conservan cinco libros, generalmente escritos en dísticos elegíacos, aunque a menudo adoptan la forma de puros hexámetros, como aparecen en el filósofo escéptico griego y poeta satírico Timón el Silógrafo, imitador posterior de Jenófanes, autor de una colección de caústicas sátiras sobre todos los filósofos importantes. Aristóteles no lo incluyó entre los filósofos de la naturaleza y aunque Jenófanes recitaba sus propios poemas como un rapsoda, en nada se asemejaba a los rapsodas que daban recitales públicos de los poemas homéricos (Laudatores Homeri) y que gozaban de gran estima ente las gentes. Jenófanes, rudo hasta la intolerancia, solo se le puede entender como un luchador por una verdad que brotaba de las ruinas de todas las formas anteriores de considerar el mundo. Como rapsoda, está muy alejado de la figura de Ión, el rapsoda de Platón, que iba visitando las ciudades de Grecia, vestido de púrpura, mientras resonaban en sus oídos los aplausos de la multitud. Ión se sabe a Homero perfectamente y enseña a Homero como fuente de toda sabiduría, pero nada más.
En cambio, Jenofonte fue un revolucionario intelectual. La tradición intelectual y moral dominante en toda la Hélade procedía generalmente de Homero; su autoridad era todopoderosa en la cultura griega. De ahí que los sistemas elaborados por los primeros filósofos tuvieran un efecto devastador y lo que hizo Jenófanes fue proclamarlo en voz alta, satirizando a Homero como el primer sostenedor de los errores que prevalecían.
El conflicto entre el nuevo pensar filosófico y el viejo mundo del mito estalló abiertamente. El choque fue inevitable. Y mientras que los pensadores de la nueva filosofía no presentan polémicamente sus descubrimientos, Jenófanes hizo del mito el motivo de su oposición. Defendió que el poeta era el verdadero y único educador del pueblo y su obra la autoridad única y auténtica de toda paideia (παιδεία; 'educación' designando con ella la plena y rigurosa formación intelectual, espiritual y atlética del hombre). Jenófanes, pues, empezó la ardua tarea de transfundir las nuevas ideas filosóficas al torrente intelectual de Grecia.
El problema de Dios fue clave para Jenófanes al criticar por primera vez de forma sistemática y radical toda forma de antropomorfismo, es decir, atribuir a los dioses formas exteriores, características psicológicas y pasiones semejantes o idénticas a las de los hombres, más intensas cuantitativamente, pero cualitativamente similares. Además los hombres atribuyen a los dioses todo aquello que hacen los humanos, no solo el bien, sino también el mal, y esto es completamente inaceptable y absurdo. Y así pone en entredicho radicalmente la credibilidad de los dioses tradicionales, y con ello la autoridad de sus celebrados cantores, los grandes poetas como Homero o Hesíodo, cuyos textos habían formado tradicionalmente a los griegos.
Anaximandro, sin duda, tuvo que sentir su propia oposición a las deidades antropomórficas de la tradición cuando defendía que "lo Ilimitado" era lo Divino, rechazando que la naturaleza divina adoptase la forma de los distintos dioses individuales. Sin embargo, es Jenófanes el primero que declara la guerra a los viejos dioses con estas impresionantes palabras:

...Un dios es el sumo ente los dioses y los hombres;

Ni su forma ni su pensamiento es igual a los mortales[1].

El poeta, con esta negación, da un gran impulso a la nueva filosofía. En los dos versos citados, en sus palabras, se desprende un haz de luz que penetra en la imaginación de los hombres con más facilidad que las que utilizó Anaximandro: apeiron (τὸ ἄπειρον, elemento primordial de la realidad, su arché, es lo ilimitado, lo infinito, lo indeterminado). Con sus palabras y forma audaz destruye a los dioses antropomórficos de Homero y Hesíodo, que ahora empiezan a agonizar por las repercusiones del nuevo saber sobre las viejas divinidades, efecto cierto de la filosofía jónica.
La intuición filosófica de un único fundamento del mundo entraña, naturalmente, nuevos enigmas, más complejos aún que aquellos a los que quiere dar respuesta. El propio Jenófanes señalará que incluso cuando se ve la verdad, ese saber no da nunca, a quien lo posee, la certidumbre de su validez, porque sobre las grandes cuestiones siempre estará incubada la duda. Esta penetrante intuición, teñida de resignación, está todavía muy lejos del absoluto escepticismo de siglos posteriores. Esa entrega resignada siempre se presenta cuando el hombre empieza por primera vez a razonar sobre estos problemas. Pero para él, al menos una idea es segura: el espíritu humano es una fuente de conocimiento inadecuada para comprender esa infinita verdad que lo gobierna todo. Y partiendo de aquí, los filósofos han reconocido el principio que dirige todas las cosas.
A Jenófanes jamás se le ocurrió insinuar que Dios carece de todas las formas. El problema de la forma (μορφή) de lo Divino nunca dejó de interesar a los filósofos griegos cuando analizan estos asuntos; siempre siguió interesando como parte esencial del problema y Cicerón en su obra De natura Deorum plantea la cuestión quales sint, lo que implica el problema de la verdadera forma o figura de los dioses[2]. La cuestión cobró nuevo empuje con la doctrina de la inmanencia de Dios al mundo, que se representaba como una esfera. Pero Jenófanes no da expresión a sus puntos de vista sobre la forma divina. No dice que el mundo es Dios, de suerte que la forma de Dios sería simplemente la forma del mundo; de aquí que no se le pueda tildar de panteísta. Jenófanes se limita a abrir el camino a una concepción filosófica negando que la forma de Dios sea humana. Jaeger sigue en esto los fragmentos directos, especialmente B 23, donde se dice que el δέμας o 'figura' de Dios no se parece al de los hombres mortales.
Los escritores cristianos han tendido a ver su propio monoteísmo en la proclamación que hace Jenófanes del Dios uno; pero Jenófanes, al tiempo que exalta a este Dios como más que humano, también lo califica explícitamente del "más grande ente los dioses y los hombres".
También defiende que, además del Dios Uno, tiene que haber otros dioses, exactamente como hay hombres. Pero esos dioses no son los antropomórficos de la épica; más bien tendríamos que pensar en la sentencia de Tales de Mileto de que todas las cosas están llenas de dioses, o en la doctrina de Anaximandro sobre el fundamento antiguo y divino y los innumerables dioses, es decir, los innumerables mundos, que se han generado, aunque no hay base alguna para atribuir a Jenófanes ningún dogma específico a este respecto. En todo caso, el Dios Uno que todo lo abraza es tan superior a todas esas otras fuerzas divinas, que él solo es el importante para Jenófanes.
Los doxógrafos griegos posteriores y especialmente la escuela escéptica interpretaban las palabras de Jenófanes, sobre la conciencia que tenía de lo inseguro de sus ideas, en el sentido de un agnosticismo dogmático. Pero es evidente que tener ese convencimiento de la incertidumbre de sus ideas no le impidió a Jenófanes pronunciarlas o formularlas para el común de los mortales. Encontramos una actitud semejante expresada por el autor hipocrático de la obra titulada Sobre la Medicina Antigua. En el proemio se dice que es privilegio de la ciencia médica descansar en la experiencia verificable, mientras que se rechaza la Filosofía Natural porque sus puntos de vista no pueden nunca confirmarse con los hechos.



[1]. Jaeger, W., op. cit., 1978, págs. 47 y ss.
[2]. Véase De nat. Deor. II, c. 17.






[1]- Jaeger, Werner, "La teología de los naturalistas milesios" en La teología de los primitivos filósofos griegos, México, Madrid, Buenos Aires, F.C.E., 1ª. reimpresión, 1977, págs. 24 y ss.


[2]. Jaeger, Werner, op. cit., 1977, pág. 25.



[3]. Jaeger, Werner, op. cit., 1977, págs. 26-28.