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sábado, 11 de junio de 2016

La concepción divina de Santa Sofía de Constantinopla II

Por: Jorge Mateos Enrich, Doctor por la Universidad Politécnica de Madrid.



Planta de Santa Sofía

Justiniano llevaba con ímpetu su actividad en varios campos: restauración del Imperio, puesta al día del derecho (recopilación de un código), buscar una unidad religiosa y política en el territorio: un Dios, un emperador, una iglesia. Aparte de lo obvio, se encargó personalmente, según dicen las leyendas, de la arquitectura, en especial, como principio y modelo, de Santa Sofía; la iglesia de la santa sabiduría.
Según Procopio de Cesarea, cronista oficial del emperador, Justiniano es directamente inspirado por Dios y se siente artífice instrumento de la divinidad para concebir y dar conclusión a la Gran Iglesia, y lo considera autor activo de la construcción.
También cuenta este autor que Justiniano daba instrucciones precisas ante dificultades técnicas o crematísticas. Todas estas actuaciones se dan con intervención divina directa.
Haciendo un inciso sobre Procopio de Cesarea, es importante decir que una de sus obras más importantes, la que aquí referimos, es “Los Edificios” (1), aunque también escribió “Historia de las Guerras” y la “Historia Secreta”.
“Los Edificios” describe todas las edificaciones y restauraciones que se llevaron a cabo en el reinado del emperador Justiniano, desde Constantinopla hasta la frontera oriental del imperio, y por occidente, hasta Ceuta. Dado que la obra pudo publicarse entre los años 559 y 560, en ella se describen los edificios que se construyeron o restauraron hasta el año 558. Se divide en seis libros dedicados a distintas regiones del Imperio. En esta obra se manifiesta el encargo del Emperador (sino el deseo) de una “crónica oficial” sobre sus logros constructivos.
A los contemporáneos de Justiniano Santa Sofía debió parecerles una locura; para las generaciones posteriores se convirtió en una leyenda y un símbolo.
La “primera” Santa Sofía (gran Iglesia, Megalê Ekklêsia) fue construida bajo el mandato de Constancio II, sucesor de Constantino. Era una basílica con techumbre de madera que se consagró en el año 360 y se incendió en el 404. La “segunda” Santa Sofía, reconstruida tras el incendio, fue consagrada en el 415 y al igual que la anterior sucumbió pasto de las llamas en el 532 en la insurrección de Nika. Por último, la Santa Sofía del emperador Justiniano se consagró en el 537, solo cinco años después de su inicio sobre las cenizas de su predecesora.
Planta de Santos Sergio y Baco
De Aedificiis. Libro I, parte I. Del original escrito en griego, traducido al latín y de este al español. Biblioteca clásica Loeb. 1940.
Esta gran catedral del Imperio fue sufriendo transformaciones, reconstrucciones, consolidaciones y añadidos hasta la misma época de la conquista de la ciudad por las huestes otomanas capitaneadas por Mehmet II, “El Conquistador”, la madrugada del martes 29 de mayo de 1453. Este quedó tan admirado por la catedral que fue tomada como referencia para la posterior producción arquitectónica del Imperio de la Sublime Puerta.
Describe Procopio de Cesarea, cronista del emperador Justiniano, la iglesia consagrada en el 537 de la siguiente manera:

“…Por consiguiente, la iglesia se ha convertido en un espectáculo lleno de belleza, sobrenatural para los que la contemplan e increíble del todo para los que la conocen de oídas. Porque se alza sobremanera hacia las celestes alturas, y como si estuviera fondeada entre las demás edificaciones, se balancea y se sitúa por encima del resto de la ciudad, embelleciéndola, porque es una parte de ella y, por otra parte, ufanándose de ello, porque perteneciendo a la ciudad y superándola surge de tal modo que, desde ella se divisa la ciudad como si de una atalaya se tratara.”

La genialidad de Santa Sofía reside en que no se pareció en nada a lo construido anteriormente. Eso sí, estaba hecha con elementos comunes de la época, pero nunca combinados de igual manera. Básicamente se trataba de un edificio de planta basilical coronado por una cúpula central.
A lo largo de los tiempos se ha hecho multitud de apreciaciones sobre su fisionomía, pero la que hay que descartar de plano es la que la define como un edificio de “planta centralizada”. Esta definición es muy común, acaso debido al análisis poco escrupuloso de la obra. Edificio de planta centralizada sería su contemporáneo San Vital, en Rávena, o la iglesia de los Santos Sergio y Baco, también en Constantinopla.

Santa Sofía es la culminación de todo lo anterior y al mismo tiempo una concepción que revoluciona las formas del Bajo Imperio y crea un espíritu nuevo característico de Bizancio y que inspirará formas arquitectónicas fuera de sus fronteras. La práctica totalidad de las mezquitas otomanas de Estambul responden en mayor o menor medida al modelo de Santa Sofía. El arquitecto otomano Mimar Sinán, arquitecto oficial del sultán Solimán “El Magnífico”, inspiró sus mezquitas en la Iglesia, incluso intervino en varias fases de su reparación y consolidación. La Shezade Mehmet, La Suleimaniye y, por último, la Selimiye de Edirne fueron una continua búsqueda de la superación en grandeza de la cúpula de Santa Sofía. Fue en su última obra, la mezquita del sultán Selím en Edirne donde consiguió igualar, sino superar, el radio de la cúpula de Santa Sofía (aproximadamente 31 metros), hecho del que también se vanaglorió.
Cuentan las crónicas que el número de operarios que trabajaban al tiempo en la obra era una cifra mágica: diez maestros con cien alarifes cada uno, o sea 10.000 personas en total. Aunque el arquitecto jefe era un tal Ignacio, los planos le fueron revelados a Justiniano por un ángel del Señor. Es evidente que esto no es más que leyenda. Es sabido que los autores Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto fueron los que realizaron los planos y la posterior traza del edificio. Cabría preguntarse si, a su vez, estos les fueron revelados por el mismísimo Emperador, cosa que parece inviable cuando no carente de sentido.

Los exorbitantes gastos de la mano de obra, una pieza de plata diaria por operario (se habla de 45.200 libras de plata), agotan las arcas, cuando se ha llegado a la segunda galería y falta por acometer la bóveda. A instancias de un ángel, el questor y el prefecto de la ciudad acuden a donde les ha indicado el ángel, el suburbio de Hébdomon, y encuentran un tesoro que saca a Justiniano del apuro. La construcción se completa tras ocho años y diez meses de obras a lo que hay que sumar el tiempo de acopio de materiales. En cualquier caso, antes, cuando ya se puede consagrar la iglesia (año 537) Justiniano exclama al entrar en el recinto:

            “Salomón; te he vencido”

La Gran Iglesia es percibida desde el primer momento como el símbolo de la perennidad de la imagen imperial (encarnada, claro, en Justiniano) y de la civilización bizantina. Cinco siglos después de la construcción esta idea sigue en pleno vigor, como se observa en el mosaico del vestíbulo meridional, donde Constantino y Justiniano aparecen ofreciendo a la virgen el uno su ciudad y el otro su iglesia.
La compleja estructura y dimensiones gigantescas del templo (una excepción del arte bizantino), constituyen una unidad arquitectónica, decorativa, ritual e ideológica indisoluble y, como tal, percibida y vivida por todos los que allí se congregan en la liturgia y ceremonial, desde el emperador y el patriarca hasta el último de los fieles.
El mayor problema de Santa Sofía está en sus dimensiones. Los arquitectos bizantinos tenían gran experiencia en la construcción de cúpulas, pero una cúpula de 31 metros de diámetro (unos 100 pies bizantinos) y, aún más, una cúpula de este tamaño que no apoya sobre muros sólidos sino que está “suspendida en el aire” es algo que nunca se había hecho antes. Este hecho marca una clara diferencia con las cúpulas occidentales
Ese prodigio fue llevado a cabo no por arquitectos en sentido estricto, sino por un matemático y un geómetra y astrónomo, Antemio de Tralles e Isidoro de Mileto, ambos de origen griego. (3).  Es adecuado decir que Santa Sofía se trató más de una obra de constructores que de arquitectos. El conocimiento y el valor de la construcción y la ingeniería lo hicieron posible.
También es justo decir que ningún arquitecto de la época podía haber calculado, ni aún aproximadamente, los empujes generados por una cúpula de este tamaño construida en mampostería.
Antemio e Isidoro vieron la importancia que tenía la precisión. El plano de cimentaciones fue llevado a cabo con toda exactitud, y todos los  elementos de apoyo, es decir, los pilares fueron construidos con piedra. Aún cuando era caliza local, bastante blanda, no quedaba sujeta a la contracción y elasticidad de ladrillo con  mortero.
La estructura exterior cuya función estática era bastante secundaria se hizo delgada (80 centímetros de espesor), pero aún en ella se utilizaron grandes bloques de piedra hasta una altura de unos 7 metros. Las dificultades empezaron cuando la estructura se elevó hasta el arranque de los arcos principales.
Queda claro que el edificio empezó a deformarse mientras se construía. Cuando se llegó a la cúpula el espacio a cubrir se había extendido más de lo que se había estimado. No obstante la cúpula quedó terminada, aunque no duró más de 20 años. Resquebrajada por una serie de terremotos que sacudieron la capital entre el 553 y el 557, se hundió definitivamente en el año 558. En cualquier caso parece ser que el hundimiento se produjo no por falta de soportes laterales sino por fallo de los cimientos debido a que la roca sobre la que se alzaban los pilares era de periodo Devónico y sufrió flujo plástico. La cúpula original, según fuentes históricas, era cerca de 7 metros más baja y elíptica, 2 metros más ancha de norte a sur que de este a oeste, esto es, más ancha en la dirección de los arcos torales. Tras el hundimiento del año 558, los arcos meridional y septentrional fueron ensanchados progresivamente por el intradós desde las impostas hasta la clave y se construyó una cúpula más alta, esencialmente la que hoy se conserva. Partes de ella cayeron y fueron reparadas en siglos sucesivos (trece de los cuarenta nervios en el 989 y otros trece en 1346), pero el diseño de Isidoro El Joven no fue alterado sensiblemente.
La misteriosa penumbra que hoy reina en Santa Sofía, solo interrumpida en las primeras horas de la mañana y en las últimas de la tarde por oblicuos rayos de sol, se debe a que las ventanas fueron tapiadas progresivamente y a que se han perdido muchos mosaicos. Los tímpanos también se han reconstruido y se han eliminado ventanas.
Si consideramos las vicisitudes sufridas por Santa Sofía en el curso de los casi quince siglos de su existencia, su estado de conservación es poco menos que milagroso. El respeto que los turcos han demostrado hacia este templo y las periódicas reparaciones (la última llevada a cabo entre 1847 y 1849 por los arquitectos suizos Gaspar y José Fossati) han contribuido a ese feliz resultado.
Hoy resulta difícil obtener una buena vista de su conjunto; los pesados contrafuertes que apoyan en el edificio por todos lados, los mausoleos de los sultanes, los cuatro minaretes, por no hablar del lamentable enlucido de cemento y pintura amarillenta (luego morada) con que se ha embadurnado el aparejo de ladrillo, distraen nuestra atención de las formas arquitectónicas. El exterior es muy pesado y siempre lo fue, ya que en el siglo VI la iglesia estaba rodeada por estructuras secundarias.
 

Bibliografía.

●     CESAREA, PROCOPIO DE. Los Edificios. Col. Estudios Orientales. Universidad de Murcia. 2005
●     CORTES ARRESE, MIGUEL. Elogio de Constantinopla. Col. Estudios. Universidad de Castilla la Mancha. 2004
●     EGEA, JOSE M. Relato de cómo se construyó Santa Sofía. Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y chipriotas. Granada .2003
●     MATEOS ENRICH, JORGE. Persistencia de Santa Sofía en las Mezquitas de Estambul. Ed. ACCI. Madrid. 2014

 


Notas:

(1). Los Edificios. Estudios orientales, vol. 7. Miguel Periago Lorente. Univ. Murcia. 2005. Los Edificios fue escrito en 545 y publicado sobre el 560. El libro fue encargado por el mismo Justiniano. Procopio de Cesarea (Cesarea.500 - Constantinopla 562) fue cronista del general Belisario y escribió, también, Historia de las Guerras y la Historia Secreta. Procopio no conoció personalmente a Justiniano hasta, al menos 550. La presente traducción es la única hecha directamente al español del original en griego.

De Aedificiis. Libro I, parte I. Del original escrito en griego, traducido al latín y de este al español. Biblioteca clásica Loeb. 1940.

domingo, 8 de mayo de 2016

La concepción divina de Santa Sofía en Constantinopla I



Por: Jorge Mateos Enrich, Doctor por la Universidad Politécnica de Madrid.

El edificio que es ahora museo de Santa Sofía en Estambul fue mezquita en su tiempo y basílica cristiana en su origen. En el año 537 fue consagrada y celebró su primera misa para el emperador Justiniano.

Si bien el monumento en sí fue una obra artística y arquitectónica sin parangón, no es menos destacable todo el proceso de gestación y construcción de la basílica. Santa Sofía no es tanto la materialización de una idea, acaso de una obsesión, como el empeño y la constancia de su mentor y promotor: Justiniano.

Es una obra rodeada de misterio, de magia, de superación. Es una obra inspirada directamente por Dios y revelada al Emperador.

Pero antes de abordar  causas,  cómos y  porqués hay que retrotraerse en el tiempo y relatar algunos aspectos históricos para la comprensión global de la construcción de Santa Sofía, cuáles fueron sus antecedentes y en qué obras se inspiró.



Imperio Bizantino


Hacia el 476 los rasgos del Imperio Bizantino han fraguado y son explícitos. Se trata de un imperio extenso, culto y de regiones de larga tradición en el uso de la escritura, de la reflexión filosófica y de la disputa teológica. La lengua dominante es el griego y mantiene el vigor de las instituciones y de la cosa pública.

Es un imperio romano y es un imperio cristiano. Desde mediados del siglo V el patriarca de Constantinopla se convertirá, prácticamente, en un Papa de Oriente.

El momento de máximo esplendor del Imperio Bizantino se da con Justiniano I, que recuperará la hegemonía en el Mediterráneo. En tiempos de Justiniano se había conseguido una tregua que permitió a este sus conquistas por el Mediterráneo Occidental y un corto periodo de dominio sobre gran parte del imperio antiguo.

Recreación de Constantinopla



Constantino

Hablemos primeramente de Constantino, que fue quien trasladó la capital del Imperio a Constantinopla: la “Nueva Roma”.
La guerra civil entre Constantino y Majencio fue también, como ocurre en estos casos, una guerra en la que los elementos religiosos toman partido. Al menos los elementos políticos buscaron aliados religiosos: este seguía la fe de su familia, el mitraísmo, pero la actividad anticristiana de Majencio produjo la reacción de una alianza con los cristianos, financiera e ideológica. Casi una quinta parte de la población del imperio, los cristianos, formaban un sólido apoyo y su religión había recibido la influencia de la filosofía griega que le confirió un soporte intelectual que la hacía apta para las personas cultas. Su final oposición al pagano Licinio le empujó aún más al cristianismo y, al hacerse cristiano él mismo, desaparecía el formidable impedimento de la adoración del emperador como divinidad.
Su hábil política fue reunir en Nicea a los obispos en asamblea (325), presidirla y convertirse en árbitro de la mayor cuestión que dividía entonces a la grey cristiana, es decir la doctrina de Arrio y al resolverla en un sentido convirtió a la Iglesia en una institución imperial más, con el emperador a su cabeza. Finalmente culminó la operación construyendo otra Roma.
La vieja Roma seguía siendo demasiado pagana para la nueva situación; el cristianismo legalizado en primer lugar (Edicto de Milán 313) pasó a ser religión protegida y finalmente fue creencia oficial, política y administrativamente y, por ello, Roma no era un lugar cómodo para las instituciones religiosas.
La ciudad de Constantino estaba sobre un solar griego, su lengua era el griego, plazas y calles estaban adornadas con innumerables estatuas griegas traídas de toda la Hélade y tenía una no pequeña ventaja ideológica, era una ciudad completamente construida desde el principio totalmente cristiana.
El apoyo unánime de la jerarquía cristiana exigía, además del jurídico y económico, un correlato monumental: hubo que ceder edificios oficiales para los nuevos cultos y administración y donde no los había adecuados se construyeron nuevos. Y debían ser espaciosos, suntuosos y ricos según la elevada posición del representante de la Iglesia Cristiana que era la más elevada del Imperio; y así fue construida ad libitum, y cedido para uso religioso, el tipo de edificio civil polivalente que era la basílica.
Tras el Edicto de Milán surgió la necesidad de crear una nueva construcción que albergase las necesidades del nuevo culto. Como ya se ha referido el ejemplo que tenían era el de las basílicas romanas que aunque eran edificios civiles se podían adaptar bien a las necesidades de la religión cristiana.
La basílica paleocristiana es un edificio de planta axial terminado en un ábside, esto tenía el inconveniente de no tener un espacio central. Es pues en los edificios palaciegos donde hay que buscar el origen del edificio de planta central con cúpula que aparecerá en el espacio bizantino posteriormente. Los grandes complejos imperiales romanos contenían estructuras de este tipo, como las salas octogonales de la Domus Aurea de Nerón (año 64), o también la sala octogonal de la Domus Augusteana de Domiciano (año 92). Ambas salas estaban rematadas con cúpulas con óculo.
El templo de Minerva Médica en Roma es un modelo más desarrollado (año 300). A estos se les añadían nichos cuadrados y circulares. Este esquema evolucionó y se plasmó en edificios como el Palacio de Antíoco (año 416).
Un edificio clave en todo este proceso es el llamado Octágono Dorado de Antioquia construido en época de Constantino (Iglesia de la Divina Armonía) entre 327 y 341. Este edificio se adelantó 200 años a Santos Sergio y Baco, Santa  Irene  y a Santa Sofía.

La planta central pasó de los palacios a los mausoleos paganos y de estos a los Martirya a través de los cuales se introdujo en la arquitectura religiosa cristiana. Pero en este esquema de difusión se produjeron numerosas excepciones, sobre todo en Siria, donde muchas iglesias de planta central y poligonal presentan nichos y exedras sin ser específicamente Martirya.
El origen de este tipo de planta es palaciego y romano pero su uso en edificios cristianos surgió en Siria en un momento en el que en Constantinopla aún se construían basílicas, es decir, a finales del siglo V  y principios del VI.
Las iglesias con cúpula y planta central de Constantinopla, cuya aparición precedió en algunos años a la llegada de Justiniano en el 527, tendrían así sus orígenes tanto en edificios palaciegos de Constantinopla como en las iglesias sirias.
En Bizancio no fue hasta la época de Justiniano que la planta centralizada y la cubierta de cúpulas o abovedada se convirtieron en los elementos más característicos del arte bizantino.
Los antecedentes podríamos encontrarlos en la ciudad de Gerasa (actual Jordania) en el siglo II, en donde aparecen pechinas y arcos torales. Pechinas conformadas como triángulos curvilíneos y trompas como bovedillas semicónicas.
La originalidad bizantina, y la cubierta, no se entendió como algo estático, sino como un organismo dinámico en el que los empujes de la cúpula central se contrarrestan con otras cúpulas secundarias que, a su vez, transmiten los suyos a otra serie de cúpulas más pequeñas que descansan en los muros, reforzados o no, por contrafuertes exteriores.
Los elementos constructivos en Roma eran la fábrica de piedra, el hormigón y la armadura de ladrillo, mientras que en Bizancio predominaba la fábrica de ladrillo.
Lo único que tendrían en común los procesos constructivos es que ambos se quieren liberar de la sujeción de las obras auxiliares y de las instalaciones provisionales.
Esta búsqueda de la economía es una tendencia inherente al buen sentido práctico.
En Roma la bóveda es un monolito hecho de materia plástica que exige un molde, mitad ladrillo, mitad armadura de madera. El ladrillo permanece embebido y contribuye a la resistencia. En suma, el procedimiento occidental incorpora a la bóveda la mayor parte del molde que soporta.
El procedimiento oriental consiste en abovedar sin cimbras, esto es, elevar las bóvedas en el espacio sin soporte de ningún tipo. No es una variante del método romano, es un sistema bien distinto, de origen asiático. El arte de construir se plegaba a este cambio, se transformaba, helenizó los tipos asiáticos y encontró, en estos tipos, transformado, su verdadero renacimiento.
El arte bizantino representa el carácter griego actuando en una sociedad semiasiática, sobre elementos tomados de la vieja Asia.

Justiniano

Justiniano ascendió oficialmente al trono el primero de abril de 527. Fue nombrado coemperador con su tío Justino (518-527), quien debido a su carencia de la cultura necesaria para el cargo y la administración necesitó la ayuda de su sobrino. Justiniano era un hombre inteligente, diplomático, sagaz y buen organizador, entregado incansablemente a los asuntos de gobierno y profundamente consciente de los deberes de su alto rango y posición cerca de Dios. Redujo y reorganizó la administración, y emprendió la ardua labor de legislador eficaz. Un gran renovador necesitaba serlo también en las construcciones, y fueron sus construcciones grandiosas (impresionantes para los súbditos orientales), originales y apoyadas en la vieja tradición romana lo más nuevo y atrevido que nadie hubiera imaginado.
Así se generaliza una concepción arquitectónica nueva, rompe con la basílica y concibe un nuevo espacio para el culto religioso: se genera un edificio sobre una planta cuadrada central con las cubiertas abovedadas y la planta central cubierta con cúpula. Los cuatro grandes pilares que sostiene la cúpula son los elementos fundamentales, acompañados, para el resto, de las dos columnatas que dividen las naves laterales.
 

Bibliografía.


· CESAREA, PROCOPIO DE. Los Edificios. Col. Estudios Orientales. Universidad de Murcia. 2005.

·  CORTES ARRESE, MIGUEL. Elogio de Constantinopla. Col. Estudios. Universidad de Castilla la Mancha. 2004.

·   EGEA, JOSE M. Relato de cómo se construyó Santa Sofía. Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y chipriotas. Granada .2003.

·  MATEOS ENRICH, JORGE. Persistencia de Santa Sofía en las Mezquitas de Estambul. Ed. ACCI. Madrid. 2014.