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viernes, 9 de diciembre de 2016

Los sacrificios humanos en el antiguo Israel Parte III

Por: Antonio Justo Patallo, Licenciado en Historia, especializado en Historia Antigua
Máster en Ciencias de las Religiones.

Correo electrónico: antoniojusto@hotmail.com

Los datos históricos

Las leyendas, palabras de profetas y leyes más antiguas se alejan de cualquier ultraje a los sacrificios de niños y con el Deuteronomio comienza la estigmatización del idólatra a esta costumbre cultural incompatible con la religión de Yahveh. Las informaciones históricas que se tienen de la realización de sacrificios de niños en Israel son muy escasas. De los sacrificios de niños del hombre sencillo no se dice nada en el conjunto del Antiguo Testamento, particularmente en sus libros de historia, que en todas partes tratan del pueblo en general pero rara vez de sus miembros particulares.
Se puede deducir indirectamente en Gen. 22; Mi. 6, 7, por un lado, y de las amenazas y prohibiciones con Jeremías y Ezequiel, en el Deuteronomio y la Ley de Santidad por otro, que los sacrificios privados de niños no fueron demasiado raros. Por el contrario, los sacrificios públicos o estatales de reyes u otros líderes políticos llevados a cabo en grandes catástrofes para bien de la comunidad, el Antiguo Testamento no los señala en la época antigua, por lo menos ninguno que haya sido israelita. De Mesa, el rey de Moab, se cuenta que alrededor del 850 a.C., al ser atacado por los reyes de Israel y Judá, encerrado en su ciudad, hizo frente al peligro que le amenazaba a él y a su ciudad realizando el sacrificio del príncipe heredero:
Entonces tomó a su hijo primogénito, que había de reinar en su lugar, y le ofreció en holocausto sobre la muralla. Un enojo enorme sobrevino a los israelitas, quienes se retiraron lejos de aquél y regresaron a su país. (II Reyes 3, 27)
De los reyes más antiguos de Israel y Judá no se cuenta nada parecido. Solamente a los reyes de Judá Ahab (742-726 a. C.) en II 16, 3, y Manasés (696-642 a. C.) en II 21, 2-6 el libro de los Reyes les imputa un sacrificio de niños. El pasaje II 16, 3 dice lo siguiente de Ahab:
Siguió, pues, el derrotero de los reyes de Israel, e incluso hizo pasar a su hijo por el fuego, conforme a las abominaciones de los gentiles a quienes Yahveh había arrojado de delante de Israel.
Y en II 21, 2-6 se dice de Manasés:
El hizo lo malo a los ojos de Yahveh, imitando las abominaciones de los pueblos que Yahveh había arrojado de delante de los hijos de Israel…, además, hizo pasar por el fuego a su propio hijo.
El hecho de que no se sepa nada de los sacrificios de niños públicos o estatales en Israel antes del final del siglo VIII y mediados del siglo VII a. C. puede interpretarse como que Israel no los conoció por lo menos en los tres o cuatro siglos anteriores, y que surgieron solamente alrededor de la época en la que se constataron, es decir, por el año 735 a. C., bien sea porque desde el exterior se hubieran introducido en Judea, o porque hayan surgido del fondo del propio pasado donde la gran penuria política de la época pudiera haber sido el motivo para ello. Sin embargo, por no haber mencionado los sacrificios públicos de Israel en aquella época no se puede afirmar que no existieran.
La narración del sacrificio de un hijo de Mesa demuestra que el narrador israelita comprendía estos sacrificios públicos de niños, lo que se puede explicar si los ha tenido en su entorno. El no haber podido encontrar en los profetas más antiguos ninguna protesta clara contra esta costumbre no es prueba absoluta de que no se haya practicado en su época, más bien tenían que luchar contra otros acontecimientos más peligrosos y extendidos que el aislado sacrificio de un niño para bien de la comunidad. También se incluían las protestas contra los sacrificios especiales en la reprobación de cualquier sacrificio cultual.
El sentido histórico del sacrificio del hijo atribuido a Ahab no puede dudarse de ninguna manera, ni siquiera bajo el recurso de que, si fuera histórico, Isaías hubiera protestado. En relación a los sacrificios de niños, Isaías menciona los lugares donde se lleva a cabo esta práctica sin enjuiciarlos negativamente. Lo mismo que el sacrificio del hijo de Ahab es histórico, también lo es el sacrificio que llevó a cabo Manases con su hijo, y en ambos casos es de suponer que el autor del libro de Reyes sacara estos datos de la “Crónica de los reyes de Judea”.
Seguramente estos dos actos de sacrificio no se enjuiciaron como si fueran idolatría y pecado. Esta discriminación nace del autor deuteronómico del libro de Reyes, y en su exposición, tal vez bajo la descripción exacta de la situación que le ha llevado a juzgar la resolución de ambos reyes al peor de todos los sacrificios, los ha presentado más bien como un ejemplo claro de devoción y amor a su tierra.
Como las leyendas, palabras de los profetas y leyes predeuteronómicas suponen la existencia de los sacrificios de niños, estas están aprobadas en los casos en que exista un sustituto del niño en un animal o al comprender el modo de pensar que lleva a estar dispuesto a entregar lo más querido, y así se consuelan. Por eso las informaciones históricas de la época predeuteronómica demuestran que los sacrificios de niños de entonces han sido un componente legítimo del culto de Yahveh.
El último sacrificio público de niños del que se tiene conocimiento histórico fue el llevado a cabo por Manasés y debió realizarse por el año 650 a. C. Entra casi en el siglo que hizo surgir el gran movimiento reformista llamado deuteronómico, basado en el programa del Deuteronomio. Uno de los objetivos que tenía era acabar con los sacrificios de niños, y su victoria puso fin a esta costumbre. Nunca más después se volvió a practicar un sacrificio público de niños, aunque parece que más tarde todavía se realizaban sacrificios privados de niños.

La importancia de la reforma deuteronómica

Fue sólo la reforma deuteronómica la que terminó con los sacrificios de niños que se practicaban hasta esa fecha en el culto de Yahveh, fundándose en que se trataba de una costumbre tomada por Israel de otros cultos y que se dedicaba a dioses extranjeros. Aunque los israelitas ya realizaban sacrificios de niños, es cierto que la forma que tenían de practicarlos, como sucedía en todas las prácticas de sacrificios de Israel, recibió diversa influencia procedente del modelo cananeo.
El afán de querer limpiar el culto de Yahveh de elementos extraños no fue sólo lo que llevó al movimiento deuteronómico a una lucha para erradicar la costumbre de los sacrificios de niños. Influyó mucho también el profundo sentimiento humanitario del que este movimiento era partícipe. Algunas disposiciones del Deuteronomio irradian gran simpatía conmovedora y un cálido aliento de verdadera humanidad, y en los hombres y mujeres que estaban detrás de este libro fue tan grande la decisión de crear una sociedad donde la dignidad humana y las buenas relaciones sociales fueran una realidad que no solamente hacían temblar a los anticuados códigos de derecho, sino también a las respetables leyes religiosas y culturales.
El hecho de que este deseo de humanidad tan decidido no se asustara de tocar los conceptos religiosos y las costumbres culturales, lo demuestra la determinación, contraria a la interpretación válida hasta entonces, de la responsabilidad colectiva de los consanguíneos en 24, 16, de que no se podrá matar a los padres por deseo de los hijos, ni tampoco a los hijos por deseo de los padres, sino que cada uno padecerá la pena de muerte por su propio comportamiento.
Con esta disposición está relacionada la prohibición deuteronómica de los sacrificios de niños. Esta era una protesta en contra de las costumbres religiosas que tuvieron su sentido y razón de ser en las fases más antiguas de la religión israelita pero que ahora tienen que abandonarse y evitar formas de adoración a dios que existían antes. Este progreso está condicionado por la promulgación que hicieron los profetas, pero no hubiera podido conseguirse sin el movimiento deuteronómico y bajo la dirección de un rey para cambiar esta realidad por nuevos ideales. El reconocimiento de que la erradicación de los sacrificios de niños fue una de sus conquistas hace que se eleve el aprecio hacia ese movimiento y hacia sus defensores.

Conclusiones

El molk era una costumbre antigua de la religión de Yahveh que estaba arraigada en Israel por lo menos desde hacía muchos siglos, con la que el rey Josías de Judea acabó con la destrucción del tofet del valle de Ben Hinnom. No fue el culto de un dios extranjero que fuera adoptado por Israel no hace demasiado tiempo. Se trataba de un dios que solamente fue venerado en Judea a finales del siglo VIII y en el VII a. C. No fue el único dios receptor de los sacrificios de niños ya que también muchos otros dioses reclamaron estos sacrificios y los recibieron.
La costumbre de los sacrificios debió de estar bastante propagada para merecer los anatemas del Deuteronomio, del Levítico y de los profetas. Todos los textos llevan a la misma conclusión: esta práctica fue introducida tardíamente del exterior y fue condenada por todos los representantes del yahvismo, tanto el deuteronomista como los profetas y los redactores sacerdotales. Nunca formó parte de ningún ritual israelita de los sacrificios. El origen evidentemente habría que buscarlo en el ambiente cananeo.
Las indicaciones más claras de sacrificios humanos vienen del ambiente fenicio y se refieren a los sacrificios de niños. Es verosímil que los sacrificios de niños quemados se introdujeran en Israel desde Fenicia en una época de sincretismo religioso. A pesar del silencio de los textos propiamente fenicios, es posible que este sacrificio se llamase molk en Fenicia y que con este nombre se introdujera en Israel.[1] La cuestión es compleja y todavía no se le ha dado una solución cierta, pero se trate de sacrificios al dios Molok o de sacrificios como ofrenda molk, estos sacrificios de niños por el fuego eran extraños al ritual israelita.

Bibliografía

Albertz, R., Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, vol. 1: De los comienzos hasta el final de la monarquía, trad. esp. de D. Mínguez,  Ed. Trotta, Madrid, 1999.
Eissfeldt, O., “Molk como concepto del sacrificio púnico y hebreo y el final del dios Moloch”, en Otto Eissfeldt, El Molk como concepto del sacrificio púnico y hebreo y el final del dios Moloch, trad. esp. de A. Wagner y K. Mansel, Centro de Estudios Fenicios y Púnicos, Madrid, 2002, pp. 45-86.
Ruiz Cabrero, L. A., “El sacrificio semita de las primicias y el molk en Fenicia e Israel: problemática de su difusión”, en J. Alvar; C. Blánquez; y C. G. Wagner (eds.), Formas de difusión de las religiones antiguas, Ediciones Clásicas, Madrid, 1993, pp. 75-97.
Vaux, R. de, Instituciones del Antiguo Testamento, trad. esp. de A. Ros, Herder, Barcelona, 1985.





[1] R. de Vaux, op. cit., p. 564.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Los sacrificios humanos en el antiguo Israel Parte II

Por: Antonio Justo Patallo, Licenciado en historia, especializado en Historia Antigua. Máster en Ciencias de las Religiones por la Universidad Complutense de Madrid.

Correo electrónico: antoniojusto@hotmail.com

Los sacrificios de niños en las partes deuteronómicas y postdeuteronómicas

Completamente diferente es la imagen que se saca de los fragmentos deuteronómicos y postdeuteronómicos del Antiguo Testamento. No existen narraciones de las épocas anteriores que se puedan igualar a las más antiguas de Gen. 22 y Jueces 11, 30-40. Solamente se pueden nombrar las informaciones del libro de Reyes sobre Ahab y los sacrificios de niños de sefarvitas y Manasés (II Re. 16, 3; 17, 31; 21, 6) que han sido reescritas primero por parte deuteronómica, como ejemplo de la idolatría más atroz, y el cronista (II Cro. 28, 3; 33, 6) realza aún más la facilidad de pecar que tenían Ahab y Manasés diciendo que no sólo sacrificaban a su hijo sino a varios.
También están los sermones de reprimendas y amenazas que llevaron a Jeremías y Ezequiel a lanzarse contra los sacrificios de niños, que consideraban como una costumbre extraña a la religión de Yahveh y más bien originaria del culto cananeo, y todas las disposiciones penales con las que la Ley de Santidad quería hacer desaparecer la costumbre de los sacrificios de niños. Al contrario de las leyes más antiguas no dice ni una sola palabra sobre los primogénitos, en relación con la demanda de animales que nacen los primeros (Deu. 15, 19-23). En cambio polemiza aún más contra los sacrificios de niños en general:

No obres tal respecto a Yahveh, tu Dios, porque ellos cometieron en relación con sus dioses todo lo que Yahveh abomina, lo que El aborrece, pues incluso queman en el fuego a sus hijos e hijas en honor de sus dioses. (Deu. 12, 31)
Cuando hayas entrado en el país que Yahveh, tu Dios, te otorga, no aprenderás a imitar las abominaciones de aquellas naciones. No ha de hallarse en ti quien haga pasar a su hijo o su hija por el fuego. (Deut. 18, 9-10)
Las primeras iniciativas se dieron en el Deuteronomio y en la reforma de Josías. Esta, en seguimiento de las demandas del Deuteronomio, junto a elementos verdaderamente “extraños”, es decir los que procedían de cultos asirios y cananeos que habían fluido hacia la religión de Yahveh, apartaba también a aquellos que como mínimo habían adquirido carácter nacional desde siglos, pero que ahora se les tenía por atrasados e incompatibles con la “verdadera” religión de Yahveh. Por esa razón se les marcaba luego como a los extranjeros, para así poder desecharles sin razón ni decoro, una actitud que luego tiene su paralelo en todas las reformas y revoluciones.
La época que siguió también continuó esta clase de lucha contra las costumbres y conceptos religiosos y morales. Una de las costumbres eliminadas por Josías fue el sacrificio de niños, que había sido reconocido como legítimo en la religión de Yahveh hasta entonces, y también aquí la ficción legalizó la renovación, ya que se trataba de una práctica de la religión de Yahveh de origen extranjero. El informe sobre esta reforma por lo menos lo reconoce así, en cuanto se hace referencia a la profanación de los lugares de culto del valle de Hinnom que estaban destinados para los sacrificios de niños (II Re. 23, 10), y a las medidas que apuntaban claramente que se trataba de la eliminación de elementos de culto extranjeros, como la desaparición de los caballos sagrados de Shamash del recinto del Templo (23, 10).
En la época de Jeremías todavía se señalaban como idólatras los sacrificios de niños llevados a cabo en el valle de Ben Hinnom. En Jer. 32, 35 se denuncia a Jerusalén de sus servicios idólatras:

Y construyeron las alturas del Ba´al, que están en el valle de Ben-Hinnom para hacer pasar [por el fuego] a sus hijos e hijas en honor de Molok, lo cual no les había ordenado, ni me había venido a la mente que se cometiera tal abominación a fin de inducir a pecar a Judá.
En los pasajes 7, 31; 19, 5 también se alza la voz contra la idolatría. Sin embargo, también se deja bien claro en los pasajes de Jeremías que los sacrificios de niños se tuvieron como componente legítimo de la religión de Yahveh, por lo menos en amplios círculos. Aquí se trata evidentemente de la lucha contra una costumbre que una vez tuvo el derecho a la legitimidad en la religión de Yahveh pero que ahora se concibe como desfasada, y la forma en que esta lucha se lleva a cabo es la misma que se relata en el pasaje 7, 21-23 sobre el carácter que tiene el rechazo de Jeremías a los sacrificios de animales. Yahveh no dio ninguna clase de indicaciones sobre los sacrificios de sangre u holocaustos en la salida de Israel de Egipto, sino solamente pedido que obedezcan sus mandamientos. Como esto es un postulado voluntario, nacido de la contemplación de la historia y no una constatación objetiva histórica, lo mismo sucede con las declaraciones sobre los sacrificios de niños: ambas veces la disputa sobre la procedencia de estas costumbres de Yahveh demuestra lo contrario de lo que quiere demostrar, o sea que sí tuvieron valor una vez de acuerdo con la voluntad de Yahveh y aún lo siguen teniendo.
Ezequiel por una parte cree que los sacrificios de niños fueron dedicados a ídolos, es decir fetiches, como relata el pasaje 39 y los pasajes 16, 21; 23, 37 y 23, 39 sobre todo. Por otra parte él puede dejar a Yahveh hablar de esta manera en 20, 25-26:

Por otra parte, Yo les propuse también preceptos no buenos y prescripciones por las cuales no podrían vivir, y suscité la contaminación de ellos mediante sus ofrendas, al hacer pasar [por el fuego] a todo primogénito, a fin de aterrorizarlos, para que supiesen que Yo soy Yahveh.
Ezequiel tiene la certeza de que los sacrificios de niños eran indispensables y cree como Jeremías que fueron un bien común en grandes círculos. Sin embargo, al contrario que Jeremías, los rechaza sin indignación y los modela al donaire del concepto que tiene de dios, después dice que Yahveh le ha dado estas órdenes de sacrificar, que para él son repulsivas, para castigar a Israel por sus pecados. Lo que posiblemente piensa el profeta es que ese mandamiento ha constituido el verdadero punto de partida para el sincretismo reinante.[1]
Bibliografía
Albertz, R., Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, vol. 1: De los comienzos hasta el final de la monarquía, trad. esp. de D. Mínguez, Ed. Trotta, Madrid, 1999.
Eissfeldt, O., “Molk como concepto del sacrificio púnico y hebreo y el final del dios Moloch”, en Otto Eissfeldt, El Molk como concepto del sacrificio púnico y hebreo y el final del dios Moloch, trad. esp. de A. Wagner y K. Mansel, Centro de Estudios Fenicios y Púnicos, Madrid, 2002, pp. 45-86.
Ruiz Cabrero, L. A., “El sacrificio semita de las primicias y el molk en Fenicia e Israel: problemática de su difusión”, en J. Alvar; C. Blánquez; y C. G. Wagner (eds.), Formas de difusión de las religiones antiguas, Ediciones Clásicas, Madrid, 1993, pp. 75-97.
Vaux, R. de, Instituciones del Antiguo Testamento, trad. esp. de A. Ros, Herder, Barcelona, 1985.





[1] Albertz, R., Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, vol. 1: De los comienzos hasta el final de la monarquía, trad. esp. de D. Mínguez, Madrid, 1999, p. 364.

domingo, 9 de octubre de 2016

Los sacrificios humanos en el antiguo Israel Parte I

Por: Antonio Justo Patallo, Licenciado en historia, especializado en Historia Antigua. Máster en Ciencias de las Religiones por la Universidad Complutense de Madrid.

Correo electrónico: antoniojusto@hotmail.com


Introducción

Los sacrificios humanos están documentados en las antiguas religiones de Oriente, pero eran excepcionales, y eran tan particulares que se tiene reparo en llamarlos sacrificios. La teoría de los sacrificios humanos se extendió a Israel, y cierto número de autores admiten no sólo que los israelitas paganizados ofrecieron sacrificios humanos a divinidades extranjeras, no sólo que algunos de ellos ofrecieron tales sacrificios a Yahveh, al que confundían con estos dioses extranjeros, sino que en una época antigua y durante bastante tiempo el yahvismo oficial conoció y hasta prescribió positivamente los sacrificios humanos.
En Israel los sacrificios humanos se relacionan con el molk, un rito religioso característico de la religión cananea, continuado por otros pueblos de Oriente Próximo como los fenicios, los hebreos y los púnicos. Se practicaba en honor al dios Molok y consistía en el sacrificio por cremación de un hijo recién nacido en perfectas condiciones. Se celebraba en un recinto al aire libre, diferenciado de templos y cementerios, y las cenizas eran guardadas en vasijas y enterradas en el tofet. El rito procede del mundo semita y los hallazgos en el tofet de Cartago apoyaban la idea de que el molk, como sacrificio cruento, era conocido desde antiguo en Fenicia y desde allí se habría difundido por el vecino Israel y el occidente fenicio-púnico, hasta Cartago y sus colonias.

Los sacrificios de niños en las partes predeuteronómicas

Las partes predeuteronómicas del Antiguo Testamento muestran con claridad que el sacrificio de niños estaba catalogado como una ofrenda que a Yahveh se ofrecía y que le complacía. También se dice que Yahveh podía renunciar al más grande de los sacrificios, a lo que siempre tenía derecho. Pero esto no quiere decir que lo aborreciera, o que pensase que las personas que decidían llevarlo a cabo estuvieran cometiendo un hecho infame. Al contrario, a Yahveh le gustaba la forma de pensar que da pie a que los hombres entreguen a sus seres más queridos. En referencia a las narraciones basta con recordar la promesa de Jefté y el sacrificio de Isaac.
Según la promesa (Jueces 11, 30-40) Jefté promete que en caso de que alcance la victoria sobre los amonitas ofrecería a Yahveh en holocausto el primero que saliera de su casa a su llegada y al ver salir a su única hija mantiene lo prometido con el consentimiento de ésta y cumple su promesa. Esta promesa se relaciona con una posible costumbre de la Edad del Hierro de ofrecer sacrificios humanos a cambio del éxito militar.[1]
Según el sacrificio de Isaac (Gen. 22) es el mismo Yahveh el que exige a Abraham el sacrificio de su único hijo, nacido en la vejez de su padre y por eso aún más querido, pero que después se conforma con la voluntad de Abraham de llevarlo a cabo y busca un animal para que sustituya al hijo prometiéndole una recompensa gloriosa. La conclusión que impondría el relato sería que desde sus orígenes la religión de Israel repudió los sacrificios humanos.[2]
Como las narraciones más antiguas, también las palabras predeuteronómicas de los profetas están libres de toda polémica acerca de los sacrificios de niños y reconocen más bien el sentimiento piadoso que inspiran. Esto se admite en primer lugar en Miqueas 6, 7. En el famoso relato de la disputa de Yahveh con su pueblo (Mi. 6, 1-8) que si no es de Miqueas es de su contemporáneo Isaías que tocaba temas de su tiempo, un israelita asustado por la acusación de Yahveh le ofrece de entre todas las ofertas de sacrificios que estaban indicadas para poder conciliarse con él a su primogénito:

¿Acaso se complacerá Yahveh en miles de carneros, en miríadas de torrentes de aceite? ¿Entregaré mi primogénito por mi prevaricación? ¿El fruto de mi vientre por el pecado de mi alma? (Mi. 6, 7)
Lo mismo que como hizo en las otras ofertas, Yahveh rechaza también esta oferta de sacrificio y demanda como oferta única: la justicia, el amor y la pureza. Pero esto no significa un ultraje a las ofertas de sacrificio que hacen los fieles y sobre todo descarta el descrédito de las mismas. De la disposición de cada una de las contribuciones dentro del sacrificio con la ofrenda de niños como clímax final, hay que suponer el hecho que se los consideraba como lo peor de todo, pero sin embargo se valoraba mucho la actitud espiritual que llevaba a realizar tales sacrificios y también Yahveh la valoraba. Pero efectivamente Yahveh no reclamaba tal sacrificio sino que pedía devoción y pureza.
El planteamiento hacia los sacrificios de niños es aquí parecido al de Gen. 22: de por sí un testimonio de verdadera piedad que ha perdido el derecho a existir. La diferencia entre las antiguas narraciones del Pentateuco y la proclamación de los profetas preexílicos es que el narrador afecto a un culto piadoso considera necesario sustituir el sacrificio del niño por un animal, mientras que el profeta predica la religión como está planteada libremente.
Las leyes antiguas certifican y completan la imagen que se daba a las narraciones predeuteronómicas y a las palabras de los profetas, en las que se expone el sacrificio de los niños como si fuera un legítimo mandamiento de Yahveh, por lo menos potencialmente. Sin embargo en las leyes se habla solamente de la obligación general a entregar el primogénito que entonces estaba en vigor y casos como los que vienen en Jueces 11, 30-40; Gen. 22; Mi. 6, 1-8, en los que un padre ofrece para el sacrificio a su hijo primogénito (Miqueas 6, 7) o que Yahveh exija la entrega del hijo único como un pago especial (según Gen 22) y que Yahveh reclame la ofrenda del hijo único como mérito especial no se han tomado en consideración. Lo uno es imposible al lado de lo otro. Si al primogénito se le consideraba propiedad de Yahveh bajo todos los conceptos, no cabe pensar en una oferta voluntaria de este sacrificio ni en una reclamación divina especial. Pero si los conceptos llevados a la práctica se excluyen recíprocamente en realidad siguen estando juntos y uno condiciona al otro.
El sacrificio del primogénito no ha sido nunca una costumbre general en Israel como lo fue para los animales sin lugar a dudas. En las narraciones de los patriarcas, donde se habla mucho de los primogénitos, no se expone nunca la idea de que pertenecieran a Yahveh, y en Gen. 22 el deseo que Yahveh tiene por el sacrificio de Isaac es una excepción clara que excluye la presencia de una obligación general de entregar al primogénito. Lo mismo indica el libro de Jueces y Samuel. De David, que tuvo varias mujeres y se habla de varios primogénitos, ninguno de ellos le fue ofrecido a Yahveh para sacrificio, y tampoco se indica en ninguna parte que hubiera existido la obligación para ello. Como muestran Gen. 22; Jueces 11, 30-40; Mi. 6, 1-8, no existe ni la menor duda de que este sacrificio especialmente duro y por ello también especialmente meritorio del primogénito se le haya ofrecido a Yahveh solamente en algunas ocasiones, bien sea porque el mismo Yahveh lo demandaba, o bien sea porque un padre afligido y abrumado por unas circunstancias tremendamente negativas se lo hubiera ofrecido voluntariamente.
De la época en que las leyes más antiguas no demandaban para Yahveh solamente el sacrificio del animal que hubiera nacido el primero, sino que a menudo a los primogénitos de los hombres, se presenta claramente una expansión que se puede comprender fácilmente por la posibilidad potencial de ese sacrificio, ya que va desde la demanda de animales hasta la demanda de personas. Una expansión que por lo menos es eficaz, en cuanto tiene como resultado el rescate del primogénito a través de la sustitución de un animal pero que por lo demás se queda en teoría.
Estas demandas generales de los primogénitos y las de los casos especiales del ofrecimiento del hijo primogénito u otro niño no se excluyen las unas a las otras. Lo mucho que se ajusta una a la otra se observa más bien porque solamente las leyes más antiguas que estaban vigentes en la época en la que se realizaba el sacrificio esporádico de un niño en el culto de Yahveh contenían la demanda de los primogénitos.
Las leyes más recientes como las del Deuteronomio y la Ley de Santidad, que proceden de una época en la que se luchaba en contra de cualquier posibilidad que pudiera llevar a los sacrificios de niños, no hacen referencia a ellos ni siquiera con una sola palabra, y más tarde cuando la lucha está decidida y un retroceso hacia las costumbres desechadas resulta impensable, el código sacerdotal de Yahveh reclama nuevamente a los primogénitos para desviar la obligación de los israelitas de tener que entregarlos a los sacerdotes por una parte, y por la otra desviar el derecho de Yahveh hacia los servicios de los levitas.
Por esta razón es por lo que se relacionan la demanda de los primogénitos para Yahveh que estaba respaldada por la ley y el consentimiento de los sacrificios de niños en su culto, y el Deuteronomio y la Ley de Santidad renunciaron a esa demanda porque podía haberse entendido como una justificación de los sacrificios de niños, atenuada por la posibilidad u obligación de anularla y todos sus esfuerzos para desterrar estos sacrificios hubieran sido obstaculizados.
Las leyes deuteronómicas contienen la demanda del primogénito del hombre. En los acontecimientos de la salida de Israel de Egipto se refleja esta demanda cuando Yahveh dice a Moisés en Ex. 13, 2:

Conságrame todo primogénito; la primicia de cualquier seno entre los hijos de Israel, trátese de hombre o de bestia, es mía.
El sermón que Moisés da a su pueblo en el pasaje 13, 11-15 se toma como una determinación de llevar a cabo esta ley:

Y cuando Yahveh te haya conducido a la tierra del cananeo, como juró a ti y a tus padres, y te la haya entregado, cederás a Yahveh toda primicia de seno, y de todo primer parto del ganado que tengas, los machos serán para Yahveh. Mas todo primer nacido del asno lo rescatarás mediante un cordero, y si no lo quieres rescatar, lo desnucarás. Todo primogénito de hombre, entre tus hijos, lo has de rescatar. Y cuando te pregunte mañana tu hijo, diciendo: ¿Qué significa esto?, ¡le dirás!: Con mano fuerte nos sacó Yahveh de Egipto, de la casa de esclavitud. Sucedió que, habiendo puesto Faraón dificultades para dejarnos partir, Yahveh mató a todos los primogénitos en el país de Egipto, desde el primogénito del hombre al primogénito del ganado; por eso sacrifico yo en honor de Yahveh los machos de toda primicia de seno y rescato todo primogénito de mis hijos.
La demanda se lleva a las leyes de Sinaí en Ex. 34, 19-20:

Todo primer nacido es mío y toda primera cría macho de tu ganado, ya mayor, ya menor; sin embargo, la cría primera de un asno la rescatarás mediante un cordero, y si no la quieres rescatar, la desnucarás. Rescatarás todo primogénito de tus hijos, y no comparecerás ante Mí con las manos vacías.
Mientras aquí en la demanda del primogénito las dos veces se hace referencia expresamente a la sustitución de ésta por la de un sacrificio de animal, en el libro de la alianza no se hace:

No retrasarás [la ofrenda de] tu troje colmada y tus caldos; al primogénito de tus hijos me has de entregar. Igualmente harás respecto [al primer parto de] tu torada y tu rebaño; siete días estará con su madre y al octavo me lo darás. (Ex. 22, 28-29)

Como la expresión verbal ordena claramente el mismo procedimiento para el primer nacimiento humano que para el de un animal, está claro que afirma la sustitución del sacrificio humano por un animal. Al niño se le sacrificará solamente simbólicamente al octavo día, al mismo tiempo que al animal que le sustituye, y es muy probable que la práctica de la circuncisión que se efectúa al octavo día del nacimiento, que es usual en el judaísmo postexílico, y que según Lucas 2, 21-23 también se le realizó a Jesús, esté relacionada con la costumbre más antigua del sacrificio simbólico del primogénito.
De todos modos del pasaje del libro de la alianza se deduce claramente la seriedad con que se veía la obligación de entregar al primogénito en el Israel antiguo. Esto testimonia claramente la conclusión que se ha sacado de los otros pasajes más antiguos y es que el sacrificio de niños en el culto de Yahveh tenía originariamente un terreno legal. 

Bibliografía

Albertz, R., Historia de la religión de Israel en tiempos del Antiguo Testamento, vol. 1: De los comienzos hasta el final de la monarquía, trad. esp. de D. Mínguez,  Ed. Trotta, Madrid, 1999.
Eissfeldt, O., “Molk como concepto del sacrificio púnico y hebreo y el final del dios Moloch”, en Otto Eissfeldt, El Molk como concepto del sacrificio púnico y hebreo y el final del dios Moloch, trad. esp. de A. Wagner y K. Mansel, Centro de Estudios Fenicios y Púnicos, Madrid, 2002, pp. 45-86.
Ruiz Cabrero, L. A., “El sacrificio semita de las primicias y el molk en Fenicia e Israel: problemática de su difusión”, en J. Alvar; C. Blánquez; y C. G. Wagner (eds.), Formas de difusión de las religiones antiguas, Ediciones Clásicas, Madrid, 1993, pp. 75-97.
Vaux, R. de, Instituciones del Antiguo Testamento, trad. esp. de A. Ros, Herder, Barcelona, 1985.





[1] L. A. Ruiz Cabrero, “El sacrificio semita de las primicias y el molk en Fenicia e Israel: problemática de su difusión”, J. Alvar; C. Blánquez; y C. G. Wagner (eds.), Formas de difusión de las religiones antiguas, Madrid, 1993., pp. 89.
[2] R. de Vaux, Instituciones del Antiguo Testamento, trad. esp. de A. Ros, Barcelona, 1985, p. 561.

jueves, 7 de abril de 2016

La adivinación etrusca en la Antigua Roma II



Por: Antonio Justo Patallo, Licenciado en Historia, especializado en Historia Antigua y Máster en Ciencias de las Religiones por la Universidad Complutense de Madrid.

Correo electrónico: antoniojusto@hotmail.com

La figura de los arúspices


Los arúspices son los grandes especialistas en el arte de la adivinación, es decir, de la aruspicina. Como conocedores de la disciplina etrusca tenían acceso a los libros sagrados y aplicaban con precisión las técnicas de la adivinación. El aprendizaje de estas técnicas estaba reservado a los miembros de las familias nobles etruscas que eran quienes recibían esta formación. De esta forma la aruspicina estuvo vinculada desde el comienzo a la clase aristocrática, excluyéndose a las clases populares. Posteriormente surgieron charlatanes entre la plebe de Roma que afirmaban ser arúspices, llegando a afirmar Cicerón, poniendo en boca de Catón el Viejo, que dos arúspices de este tipo no podían mirarse sin reírse. Pero mientras se desprestigiaba a estos charlatanes, a los arúspices verdaderos de origen noble se les tenía un gran respeto y consideración tanto en la sociedad etrusca como en la romana.

Las profecías de los arúspices por lo general según se observa en los textos parecen ser influenciadas por el origen aristocrático de los propios arúspices. En los libros sagrados de Vegoia que Tarquitio Prisco tradujo al latín en tiempos de Cicerón se amenazaba con condenas de los dioses a quienes no respetasen las propiedades, probablemente haciendo alusión a las reformas agrarias que algunos tribunos de la plebe como los hermanos Tiberio y Cayo Sempronio Graco promovieron en Roma desde finales del siglo II a. C. Esta ideología se asocia inevitablemente con la clase aristocrática a la que pertenecían los arúspices, enfrentada a las clases populares.

Como se puede observar en las fuentes también era frecuente que numerosos fenómenos fueran interpretados por los arúspices como señales del peligro de un poder personal sobre Roma, que haciendo una clara alusión a la monarquía de un rey sería una grave amenaza para la clase aristocrática a la que pertenecían los arúspices. Estas advertencias eran muy frecuentes sobre todo en la crisis final de la República, como se observa en la Farsalia del poeta Lucano cuando el arúspice Nigidio Fígulo partidario de Pompeyo anuncia la pérdida de libertad de Roma cuando acabe la guerra civil, dando a entender que se refiere a la llegada de un poder monárquico o individual en la persona de Julio César.

Los arúspices también sirvieron a figuras carismáticas que aspiraban a ejercer un poder personal al margen del senado, como fue el caso sobre todo de los generales romanos. En este sentido el arúspice quizás más famoso fue Spurinna, adivino personal de César que le advirtió de los peligros que le acechaban durante las idus de marzo. Otros generales romanos contaron también con arúspices, como fue el caso del dictador Sila, cuyo adivino personal Postumio le anunció una victoria sobre los samnitas. Ya en la época imperial los propios emperadores también contaron con sus arúspices personales hasta casi el final del Imperio, como se observa en la consulta a los arúspices durante la amenaza de los godos en el año 408.

Por lo general como se ha observado la figura de los arúspices parece condicionada por su condición aristocrática, que se remonta desde los tiempos más antiguos de las ciudades etruscas independientes. Su pertenencia a esta clase influenció en muchas de sus observaciones e interpretaciones de hígados, rayos o truenos. La función de los arúspices era de control social y político al servicio de los aristócratas, ya fueran reyes y nobles etruscos o bien generales y emperadores romanos. El saber de la disciplina etrusca se transmitió de padres a hijos a través de generaciones desde los tiempos de las ciudades etruscas hasta la época imperial romana.


La asimilación de la adivinación etrusca en la religión romana


Ya desde los tiempos de la República la adivinación etrusca tuvo una gran influencia en la religión romana. La disciplina etrusca suscitó desconfianza en un primer momento sobre todo por su origen extranjero y se asociaba con la superstición, pero con la integración de Etruria en el mundo romano esta visión cambiaría progresivamente. Desde el siglo IV a. C. las ciudades etruscas independientes habían dado los primeros pasos para sistematizar la doctrina de la adivinación contenida en los libros sagrados. En el siglo III a. C, tras la incorporación de Etruria a Roma comenzó la actividad de los arúspices etruscos en la vida pública romana, pero sería sobre todo a partir del siglo II a.C. cuando la aruspicina sería aceptada plenamente en Roma.

La influencia de la adivinación etrusca destacó entre los augures romanos. Las prácticas de interpretación del vuelo de las aves tienen su origen en la adivinación etrusca y los libros sibilinos es probable que también sean de procedencia etrusca[1]. Mientras que entre pueblos como los griegos y los judíos se practicaba una adivinación natural, inspirada o directa en la que el sacerdote o profeta recibía la inspiración divina, en otros pueblos como los babilonios y los etruscos tuvo una mayor aceptación una adivinación indirecta o inductiva basada en la interpretación de señales[2]. A través de los etruscos, los romanos adoptaron este tipo de adivinación y rechazaron la adivinación natural que se practicaba en Grecia por medio de los oráculos, siendo una excepción los libros sibilinos que fueron considerados por los romanos de origen extranjero al ser proporcionados por los oráculos de la sibila de Cumas, ciudad de la Magna Grecia del sur de Italia donde las sibilas eran profetisas griegas. Según la tradición estos libros serían entregados por la sibila al rey etrusco de Roma Tarquinio el Soberbio.

Durante la crisis final de la República, Cicerón en su tratado sobre la adivinación hace una crítica sobre esta que se asocia a la superstición frente a la adivinación de la religión. Esta distinción de superstición frente a religión que establece Cicerón se debe a las nuevas corrientes filosóficas y cultos orientales que empezaban a llegar a Roma como consecuencia de la crisis de la religión tradicional romana. En este contexto la adivinación etrusca fue objeto de críticas por parte de Cicerón pero solo cuando se entendía como una superstición que amenazaba la estabilidad de la religión romana y las creencias tradicionales. Por ello Cicerón prefiere la adivinación indirecta heredada de los etruscos a la adivinación natural de los griegos (Div. 2.72).

Cicerón también informa de que hacia el año 154 a. C. el senado romano tomó medidas para recopilar todo el saber de la disciplina etrusca y para que un número de jóvenes etruscos de familias nobles se formaran en la disciplina para preservar estas prácticas (Div. 1.92). Desde entonces la relación del senado romano con los arúspices fue de colaboración, sobre todo en el periodo de la crisis final de la República. Como miembros de la clase aristocrática, los arúspices colaboraron con el senado romano y favorecieron a la facción de los optimates frente a la de los populares. La disciplina etrusca fue tan respetada en Roma que se aceptó a los arúspices dentro de la élite sacerdotal romana. En el siglo I a. C. se difundió más la disciplina etrusca en la sociedad romana a partir de la traducción de sus libros sagrados al latín en diversas obras.

Durante todo el Imperio la adivinación etrusca alcanzó un gran desarrollo. Augusto ordenó guardar los libros de Vegoia en el templo de Apolo del Palatino, seguramente influenciado por los nuevos cultos que llegaban a Roma, y creó un colegio de arúspices que sería impulsado sobre todo por Claudio. Este emperador fue un eminente etruscólogo que destacó por su gran conocimiento de la religión etrusca y según Tácito en un discurso reivindicó que la disciplina etrusca de la adivinación se conservara por considerarla como algo propio de Italia, para hacer frente a lo que veía como supersticiones extranjeras que empezaban a llegar a Roma (Anales, 11.15). Por otro lado, en las colonias y municipios los arúspices se integraron en las estructuras funcionariales romanas

Durante el siglo II la aruspicina experimentó cierto declive pero los emperadores y el senado romano siguieron recurriendo a los servicios de los arúspices. En el siglo III se intentó darle un nuevo impulso a la disciplina etrusca e incluso se dice que Diocleciano quizás desencadenó su persecución contra los cristianos debido a la influencia de sus arúspices[3]. En el siglo IV el emperador Constantino, a pesar de poner fin a las persecuciones y favorecer el cristianismo, no dudó en recurrir también a los servicios de los arúspices y reguló sus actividades. Los sucesores de Constantino tomaron medidas en contra de la aruspicina pero el emperador Juliano volvería a autorizar la consulta a los arúspices. Finalmente con Teodosio y sus sucesores se puso fin a las prácticas de los arúspices y se ordenó quemar sus libros sagrados, pero la fama de la adivinación etrusca no desaparecería y llegaría hasta autores bizantinos posteriores.


Conclusiones


En este trabajo se ha pretendido ofrecer una visión de conjunto sobre la influencia de la adivinación etrusca en la antigua Roma, partiendo de la visión que tenían sobre la misma los autores romanos y cristianos, una visión que era de respeto por un lado pero que también podía ser de burla. El respeto procedía del prestigio de la disciplina etrusca durante la Antigüedad por la fama de sus libros sagrados y sus ritos de adivinación, mientras que la burla se debía a los falsos adivinos que eran considerados charlatanes que desprestigiaban la disciplina y contribuían a asociar estas prácticas a las falsas supersticiones, pero en el caso de los autores cristianos se buscaba atacar la disciplina por considerarla como un representante de la magia y del paganismo romano.

Las fuentes que tratan sobre la disciplina etrusca ofrecen detallada información sobre los rituales, los pasos que seguían los arúspices, los principales libros sagrados y los mitos. Todos estos elementos de la disciplina etrusca contribuyeron a darle ese prestigio del que gozó durante la Antigüedad en el mundo romano. La figura de los arúspices fue destacada y siempre colaboraron con el senado romano defendiendo los intereses de la aristocracia. Así, la disciplina etrusca en este sentido estuvo muy ideologizada por la política. Los arúspices ofrecerían también sus servicios tanto a los generales romanos durante la República como a los emperadores en el Imperio.

Al final la adivinación etrusca acabó siendo plenamente aceptada en el mundo romano y su fama fue tan grande que contribuyó enormemente a generar esa imagen de los etruscos como un pueblo de una gran religiosidad. Esta imagen se debe sobre todo a sus técnicas adivinatorias y a la fama que tuvieron en el mundo antiguo hasta el triunfo del cristianismo. También esa imagen de los etruscos como un pueblo enigmático, del que todavía a día de hoy se desconocen muchos aspectos como es el caso de su lengua que no está traducida, se debe en buena medida por su adivinación y los secretos que escondía y que sólo poseían los verdaderos arúspices, conocedores de las técnicas de una disciplina que era considerada entonces como una ciencia religiosa al alcance de unos pocos.


Bibliografía


Blázquez Martínez, J. M., “La religión etrusca”, en Historia de las religiones de la Europa antigua, Cátedra, 1994, pp. 19-102.

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Lara Peinado, F., Los etruscos. Pórtico de la historia de Roma, Cátedra, 2007.

Martínez-Pinna Nieto, J., “Los etruscos y la adivinación”, en Sánchez León, M. L. (ed.), Religions del Món Antic 6. L´endevinació al món classic, 2007, pp. 51-88.

Montero Herrero, S., “La interpretación romana de las prácticas hepatoscópicas extranjeras”, en Gerión, Nº 13, 1995, pp. 155-168.

Montero Herrero, S., Política y adivinación en el Bajo Imperio Romano: emperadores y harúspices (193 d. C – 408 d. C.), Bruselas, 1991.





[1] J. Martínez-Pinna, op. cit., p. 53

[2] D. Espinosa, “La adivinación en Roma: orígenes, fundamentación y crítica especulativa de su práctica”, Polis: revista de formas e ideas políticas de la Antigüedad clásica, Nº 20, 2008, pp. 44-45.


[3] F. Lara Peinado, Los etruscos. Pórtico de la historia de Roma, Ediciones Cátedra, 2007, p. 435.