jueves, 7 de abril de 2016

La adivinación etrusca en la Antigua Roma II



Por: Antonio Justo Patallo, Licenciado en Historia, especializado en Historia Antigua y Máster en Ciencias de las Religiones por la Universidad Complutense de Madrid.

Correo electrónico: antoniojusto@hotmail.com

La figura de los arúspices


Los arúspices son los grandes especialistas en el arte de la adivinación, es decir, de la aruspicina. Como conocedores de la disciplina etrusca tenían acceso a los libros sagrados y aplicaban con precisión las técnicas de la adivinación. El aprendizaje de estas técnicas estaba reservado a los miembros de las familias nobles etruscas que eran quienes recibían esta formación. De esta forma la aruspicina estuvo vinculada desde el comienzo a la clase aristocrática, excluyéndose a las clases populares. Posteriormente surgieron charlatanes entre la plebe de Roma que afirmaban ser arúspices, llegando a afirmar Cicerón, poniendo en boca de Catón el Viejo, que dos arúspices de este tipo no podían mirarse sin reírse. Pero mientras se desprestigiaba a estos charlatanes, a los arúspices verdaderos de origen noble se les tenía un gran respeto y consideración tanto en la sociedad etrusca como en la romana.

Las profecías de los arúspices por lo general según se observa en los textos parecen ser influenciadas por el origen aristocrático de los propios arúspices. En los libros sagrados de Vegoia que Tarquitio Prisco tradujo al latín en tiempos de Cicerón se amenazaba con condenas de los dioses a quienes no respetasen las propiedades, probablemente haciendo alusión a las reformas agrarias que algunos tribunos de la plebe como los hermanos Tiberio y Cayo Sempronio Graco promovieron en Roma desde finales del siglo II a. C. Esta ideología se asocia inevitablemente con la clase aristocrática a la que pertenecían los arúspices, enfrentada a las clases populares.

Como se puede observar en las fuentes también era frecuente que numerosos fenómenos fueran interpretados por los arúspices como señales del peligro de un poder personal sobre Roma, que haciendo una clara alusión a la monarquía de un rey sería una grave amenaza para la clase aristocrática a la que pertenecían los arúspices. Estas advertencias eran muy frecuentes sobre todo en la crisis final de la República, como se observa en la Farsalia del poeta Lucano cuando el arúspice Nigidio Fígulo partidario de Pompeyo anuncia la pérdida de libertad de Roma cuando acabe la guerra civil, dando a entender que se refiere a la llegada de un poder monárquico o individual en la persona de Julio César.

Los arúspices también sirvieron a figuras carismáticas que aspiraban a ejercer un poder personal al margen del senado, como fue el caso sobre todo de los generales romanos. En este sentido el arúspice quizás más famoso fue Spurinna, adivino personal de César que le advirtió de los peligros que le acechaban durante las idus de marzo. Otros generales romanos contaron también con arúspices, como fue el caso del dictador Sila, cuyo adivino personal Postumio le anunció una victoria sobre los samnitas. Ya en la época imperial los propios emperadores también contaron con sus arúspices personales hasta casi el final del Imperio, como se observa en la consulta a los arúspices durante la amenaza de los godos en el año 408.

Por lo general como se ha observado la figura de los arúspices parece condicionada por su condición aristocrática, que se remonta desde los tiempos más antiguos de las ciudades etruscas independientes. Su pertenencia a esta clase influenció en muchas de sus observaciones e interpretaciones de hígados, rayos o truenos. La función de los arúspices era de control social y político al servicio de los aristócratas, ya fueran reyes y nobles etruscos o bien generales y emperadores romanos. El saber de la disciplina etrusca se transmitió de padres a hijos a través de generaciones desde los tiempos de las ciudades etruscas hasta la época imperial romana.


La asimilación de la adivinación etrusca en la religión romana


Ya desde los tiempos de la República la adivinación etrusca tuvo una gran influencia en la religión romana. La disciplina etrusca suscitó desconfianza en un primer momento sobre todo por su origen extranjero y se asociaba con la superstición, pero con la integración de Etruria en el mundo romano esta visión cambiaría progresivamente. Desde el siglo IV a. C. las ciudades etruscas independientes habían dado los primeros pasos para sistematizar la doctrina de la adivinación contenida en los libros sagrados. En el siglo III a. C, tras la incorporación de Etruria a Roma comenzó la actividad de los arúspices etruscos en la vida pública romana, pero sería sobre todo a partir del siglo II a.C. cuando la aruspicina sería aceptada plenamente en Roma.

La influencia de la adivinación etrusca destacó entre los augures romanos. Las prácticas de interpretación del vuelo de las aves tienen su origen en la adivinación etrusca y los libros sibilinos es probable que también sean de procedencia etrusca[1]. Mientras que entre pueblos como los griegos y los judíos se practicaba una adivinación natural, inspirada o directa en la que el sacerdote o profeta recibía la inspiración divina, en otros pueblos como los babilonios y los etruscos tuvo una mayor aceptación una adivinación indirecta o inductiva basada en la interpretación de señales[2]. A través de los etruscos, los romanos adoptaron este tipo de adivinación y rechazaron la adivinación natural que se practicaba en Grecia por medio de los oráculos, siendo una excepción los libros sibilinos que fueron considerados por los romanos de origen extranjero al ser proporcionados por los oráculos de la sibila de Cumas, ciudad de la Magna Grecia del sur de Italia donde las sibilas eran profetisas griegas. Según la tradición estos libros serían entregados por la sibila al rey etrusco de Roma Tarquinio el Soberbio.

Durante la crisis final de la República, Cicerón en su tratado sobre la adivinación hace una crítica sobre esta que se asocia a la superstición frente a la adivinación de la religión. Esta distinción de superstición frente a religión que establece Cicerón se debe a las nuevas corrientes filosóficas y cultos orientales que empezaban a llegar a Roma como consecuencia de la crisis de la religión tradicional romana. En este contexto la adivinación etrusca fue objeto de críticas por parte de Cicerón pero solo cuando se entendía como una superstición que amenazaba la estabilidad de la religión romana y las creencias tradicionales. Por ello Cicerón prefiere la adivinación indirecta heredada de los etruscos a la adivinación natural de los griegos (Div. 2.72).

Cicerón también informa de que hacia el año 154 a. C. el senado romano tomó medidas para recopilar todo el saber de la disciplina etrusca y para que un número de jóvenes etruscos de familias nobles se formaran en la disciplina para preservar estas prácticas (Div. 1.92). Desde entonces la relación del senado romano con los arúspices fue de colaboración, sobre todo en el periodo de la crisis final de la República. Como miembros de la clase aristocrática, los arúspices colaboraron con el senado romano y favorecieron a la facción de los optimates frente a la de los populares. La disciplina etrusca fue tan respetada en Roma que se aceptó a los arúspices dentro de la élite sacerdotal romana. En el siglo I a. C. se difundió más la disciplina etrusca en la sociedad romana a partir de la traducción de sus libros sagrados al latín en diversas obras.

Durante todo el Imperio la adivinación etrusca alcanzó un gran desarrollo. Augusto ordenó guardar los libros de Vegoia en el templo de Apolo del Palatino, seguramente influenciado por los nuevos cultos que llegaban a Roma, y creó un colegio de arúspices que sería impulsado sobre todo por Claudio. Este emperador fue un eminente etruscólogo que destacó por su gran conocimiento de la religión etrusca y según Tácito en un discurso reivindicó que la disciplina etrusca de la adivinación se conservara por considerarla como algo propio de Italia, para hacer frente a lo que veía como supersticiones extranjeras que empezaban a llegar a Roma (Anales, 11.15). Por otro lado, en las colonias y municipios los arúspices se integraron en las estructuras funcionariales romanas

Durante el siglo II la aruspicina experimentó cierto declive pero los emperadores y el senado romano siguieron recurriendo a los servicios de los arúspices. En el siglo III se intentó darle un nuevo impulso a la disciplina etrusca e incluso se dice que Diocleciano quizás desencadenó su persecución contra los cristianos debido a la influencia de sus arúspices[3]. En el siglo IV el emperador Constantino, a pesar de poner fin a las persecuciones y favorecer el cristianismo, no dudó en recurrir también a los servicios de los arúspices y reguló sus actividades. Los sucesores de Constantino tomaron medidas en contra de la aruspicina pero el emperador Juliano volvería a autorizar la consulta a los arúspices. Finalmente con Teodosio y sus sucesores se puso fin a las prácticas de los arúspices y se ordenó quemar sus libros sagrados, pero la fama de la adivinación etrusca no desaparecería y llegaría hasta autores bizantinos posteriores.


Conclusiones


En este trabajo se ha pretendido ofrecer una visión de conjunto sobre la influencia de la adivinación etrusca en la antigua Roma, partiendo de la visión que tenían sobre la misma los autores romanos y cristianos, una visión que era de respeto por un lado pero que también podía ser de burla. El respeto procedía del prestigio de la disciplina etrusca durante la Antigüedad por la fama de sus libros sagrados y sus ritos de adivinación, mientras que la burla se debía a los falsos adivinos que eran considerados charlatanes que desprestigiaban la disciplina y contribuían a asociar estas prácticas a las falsas supersticiones, pero en el caso de los autores cristianos se buscaba atacar la disciplina por considerarla como un representante de la magia y del paganismo romano.

Las fuentes que tratan sobre la disciplina etrusca ofrecen detallada información sobre los rituales, los pasos que seguían los arúspices, los principales libros sagrados y los mitos. Todos estos elementos de la disciplina etrusca contribuyeron a darle ese prestigio del que gozó durante la Antigüedad en el mundo romano. La figura de los arúspices fue destacada y siempre colaboraron con el senado romano defendiendo los intereses de la aristocracia. Así, la disciplina etrusca en este sentido estuvo muy ideologizada por la política. Los arúspices ofrecerían también sus servicios tanto a los generales romanos durante la República como a los emperadores en el Imperio.

Al final la adivinación etrusca acabó siendo plenamente aceptada en el mundo romano y su fama fue tan grande que contribuyó enormemente a generar esa imagen de los etruscos como un pueblo de una gran religiosidad. Esta imagen se debe sobre todo a sus técnicas adivinatorias y a la fama que tuvieron en el mundo antiguo hasta el triunfo del cristianismo. También esa imagen de los etruscos como un pueblo enigmático, del que todavía a día de hoy se desconocen muchos aspectos como es el caso de su lengua que no está traducida, se debe en buena medida por su adivinación y los secretos que escondía y que sólo poseían los verdaderos arúspices, conocedores de las técnicas de una disciplina que era considerada entonces como una ciencia religiosa al alcance de unos pocos.


Bibliografía


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Lara Peinado, F., Los etruscos. Pórtico de la historia de Roma, Cátedra, 2007.

Martínez-Pinna Nieto, J., “Los etruscos y la adivinación”, en Sánchez León, M. L. (ed.), Religions del Món Antic 6. L´endevinació al món classic, 2007, pp. 51-88.

Montero Herrero, S., “La interpretación romana de las prácticas hepatoscópicas extranjeras”, en Gerión, Nº 13, 1995, pp. 155-168.

Montero Herrero, S., Política y adivinación en el Bajo Imperio Romano: emperadores y harúspices (193 d. C – 408 d. C.), Bruselas, 1991.





[1] J. Martínez-Pinna, op. cit., p. 53

[2] D. Espinosa, “La adivinación en Roma: orígenes, fundamentación y crítica especulativa de su práctica”, Polis: revista de formas e ideas políticas de la Antigüedad clásica, Nº 20, 2008, pp. 44-45.


[3] F. Lara Peinado, Los etruscos. Pórtico de la historia de Roma, Ediciones Cátedra, 2007, p. 435.

lunes, 14 de marzo de 2016

Editorial Marzo 2016



De dioses y hombres es un blog de investigación dedicado al estudio de las Ciencias de las Religiones y la mitología, coordinado y dirigido por el Máster en Literatura Clásica José Marco Segura Jaubert y el Doctorando de la Universidad Complutense de Madrid Carmelo Morales Marcos.

El profesor Antonio Justo Patallo, especialista en Historia Antigua y Máster en Ciencias de las Religiones en la Universidad Complutense nos habla de La adivinación etrusca en la antigua Roma. El artículo trata sobre la influencia de la adivinación etrusca en la antigua Roma. Las prácticas adivinatorias etruscas tenían un gran prestigio y una gran fama en el Imperio Romano, ejerciendo una gran influencia en la propia religión romana. El máster en Ciencias de las Religiones Iván Ruiz-Larrea en esta segunda parte de su artículo, nos presenta los cuadros mágicos en el Islam y nos enseña cómo la magia en el Islam goza de cierto reconocimiento que hace que sea visto como una práctica  de normal funcionamiento doctrinal y práctico.  El doctorando por la Universidad Complutense Manuel Porra Brotons Nos habla en este artículo de la expansión del Islam y para ello nos introduce en la Arabia antes del Islam, tierra de traficantes y mercaderes.

Qué lo disfruten.

La adivinación etrusca en la antigua Roma

Por: Antonio Justo Patallo, Licenciado en Historia, especializado en Historia Antigua y Máster en Ciencias de las Religiones por la Universidad Complutense de Madrid.

Correo electrònico: antoniojusto@hotmail.com



Introducción


Este trabajo trata sobre la influencia de la adivinación etrusca en la antigua Roma. Ya desde la Antigüedad los etruscos tuvieron una fama de pueblo de una gran religiosidad debido sobre todo a sus prácticas adivinatorias. La disciplina etrusca de la adivinación tenía un gran prestigio y así lo atestiguan los autores latinos que escribieron sobre el tema. Por ello este trabajo se centra especialmente en las prácticas adivinatorias etruscas, que tuvieron una gran fama especialmente en el Imperio Romano, ejerciendo una gran influencia en la propia religión romana.

La adivinación etrusca se basaba en un tipo de adivinación indirecta en torno a la interpretación de señales que se transmitió a los romanos pero que se diferenciaba de la adivinación directa que practicaban otros pueblos como los babilonios, los judíos o los griegos, basada en una inspiración divina personal de tipo profético. Esta adivinación se consideraba como el fruto de una revelación al igual que las principales religiones monoteístas actuales pero diferenciándose en este sentido de las religiones griega y romana de su entorno del Mediterráneo. Finalmente con el triunfo del cristianismo en el Imperio Romano los autores cristianos asociaron la adivinación etrusca a la magia pagana y la superstición, según esta visión cristiana negativa.

El trabajo se estructura en torno a unos objetivos concretos. En primer lugar plantea una reflexión sobre la imagen de los etruscos como pueblo de una gran religiosidad partiendo de los textos de autores de época romana. En segundo lugar se analizan los diferentes rituales religiosos de la adivinación, destacando especialmente la figura de los arúspices, encargados de llevar a cabo estas prácticas por ser los grandes especialistas. Por último se hace referencia a la asimilación de la adivinación etrusca en las prácticas religiosas romanas desde la integración de Etruria en el mundo romano hasta la desaparición de estas prácticas adivinatorias por el triunfo del cristianismo en el Imperio Romano.


La visión de la adivinación etrusca por los autores latinos


La fama de los etruscos como pueblo de una gran religiosidad vino transmitida especialmente por los textos de autores latinos, tanto romanos como cristianos. Entre estos testimonios destacan los de autores romanos como Cicerón, Tito Livio, Séneca o Plinio el Viejo pero también autores cristianos posteriores como Arnobio. Cicerón escribió el tratado De Divinatione donde habla sobre estas prácticas religiosas de los etruscos; Séneca describe los rituales de adivinación etruscos relacionados con los rayos en su obra Naturales Quaestiones; mientras que Plinio en su Naturalis Historia también trata este tema y describe la división de la bóveda celeste para la adivinación etrusca.

La mayoría de los autores romanos utilizan obras traducidas al latín que parten de los libros sagrados escritos en lengua etrusca. Fueron nobles etruscos ya romanizados e integrados en el mundo romano quienes transmitieron estas obras procedentes de generaciones anteriores. Por lo general las visiones de los autores latinos sobre la adivinación etrusca son variadas. Estas visiones son de respeto por un lado, debido a la fama que tenía la disciplina etrusca en la Antigüedad, pero por otro lado también aparecen burlas por los falsos adivinos que surgieron en Roma con la intención de desacreditar estas prácticas religiosas sobre todo por los autores cristianos.

Así mientras Tito Livio consideraba a los etruscos como unos de los pueblos más dedicados a las prácticas religiosas (5.1.6), autores cristianos como Arnobio consideraban a Etruria como la creadora y madre de todas las supersticiones (Adv. Gent. 7.26). Por su parte Cicerón llegaba a dudar sobre la interpretación de los prodigios por los etruscos (Div. 1.35) e incluso ridiculiza a los falsos arúspices o etruscos como pone en boca de Catón el Viejo afirmando que dos arúspices no pueden mirarse sin reírse (Div. 1.58.132).

En general los autores latinos consideraban que los arúspices etruscos eran los especialistas de mayor prestigio en lo que se refiere a la adivinación. A pesar del gran respeto hacia la disciplina etrusca, autores como Séneca dejaron constancia en sus escritos sobre las diferencias entre romanos y etruscos a la hora de interpretar fenómenos naturales como los rayos. Cuando Séneca afirma que los adivinos etruscos atribuyen a los dioses estos fenómenos a diferencia de los romanos, en realidad parece resaltar esa visión de los etruscos como un pueblo de gran religiosidad pero muy supersticioso que justifica todo lo que ocurre por la voluntad de los dioses, mientras que los romanos ofrecerían unas explicaciones más lógicas y racionales (Nat. Quaest. 2.32.2).

Aunque finalmente Roma adoptó oficialmente la adivinación etrusca en sus prácticas religiosas, la imagen que los autores latinos tenían de la aruspicina era de respeto pero también de desconfianza, sobre todo en los primeros siglos, bien fuera porque fue utilizada por los etruscos contra el ejército romano, o bien por el origen extranjero de los etruscos.[1] En cualquier caso, sea por el motivo que sea la visión hacia la adivinación etrusca entre los autores romanos acabó siendo de aceptación y más adelante serían los cristianos quienes cuestionarían estas prácticas por considerarlas incompatibles con sus creencias.

A pesar de las críticas tardías del cristianismo, la disciplina etrusca de la adivinación seguía siendo considerada de gran prestigio e incluso el papa Inocencio I durante el año 408 permitió que se consultara en secreto a los arúspices etruscos sobre el destino de la ciudad de Roma ante la amenaza de los godos de Alarico. Dentro de las críticas, la visión de los cristianos hacia la adivinación etrusca fue de respeto, reconociendo al mítico Tages, el principal profeta etrusco, como el profeta nacional de la Italia pagana. En general la visión cristiana de la adivinación etrusca era de críticas porque representaba el paganismo romano, pero también de respeto hasta el punto de creer que permitía conocer el provenir aunque era considerada obra de demonios.[2] Precisamente por considerar esta adivinación como obra de demonios y también por su prestigio y fama los autores cristianos creían que podía tener cierta credibilidad.

Dentro de las prácticas adivinatorias etruscas los cristianos criticaban más las relacionadas con los sacrificios, mientras que las que se referían a los rayos o los prodigios gozaban de una mayor tolerancia. Esta credibilidad se relaciona con la concepción judeocristiana de las profecías, un fenómeno que también estaba presente en la propia religión etrusca. Por los textos de estos autores se sabe que la adivinación etrusca fue muy bien conocida y estudiada en el cristianismo.

Los rituales de la adivinación etrusca

Dentro de la adivinación etrusca los rituales ocupaban el papel más importante. La religión etrusca era considerada como una religión revelada por profetas, una característica compartida por las llamadas religiones del libro de Oriente como el judaísmo, el cristianismo o el islam, pero que la diferenciaba de otras religiones de su entorno en el Mediterráneo como la griega o la romana.[3] La adivinación etrusca era considerada como el resultado de una revelación hecha a los hombres por los dioses a través de profetas como Tages o la ninfa Vegoia. Entre estos profetas el más destacado era Tages, cuyo mito es relatado por Cicerón a través de su amigo Aulo Caecina, noble etrusco romanizado que conocía la disciplina etrusca (Div. 2.23.50). El mito de Tages se relaciona con la adivinación a través de los sacrificios de animales y la interpretación de sus vísceras, sobre todo el hígado. Estas prácticas rituales, que también estaban presentes en Mesopotamia, habrían sido reveladas por Tages a los etruscos de la ciudad de Tarquinia, dándoles instrucciones sobre cómo debían realizarse los rituales. Por su parte la ninfa Vegoia habría revelado los libros sagrados relacionados con la adivinación a través de los rayos.

La adivinación etrusca tenía un carácter especialmente práctico, en el que los rituales eran la parte más importante. Por lo tanto no era una creencia de tipo dogmático, sino que la adivinación se basaba en unas técnicas concretas que eran aprendidas por los arúspices, que las realizaban siguiendo unas instrucciones específicas. Estos rituales fueron bien conocidos por los autores romanos, sobre todo a través de nobles etruscos romanizados que habrían recibido la disciplina etrusca a través de diferentes generaciones. Entre los autores romanos que escribieron sobre estos rituales destacan Cicerón, Séneca y Plinio el Viejo. 

Cicerón en su tratado sobre la adivinación (De Divinatione) ofrece una clasificación de los más importantes libros sagrados etruscos. Entre estos libros destacan: los Libri Haruspicini, atribuidos a Tages y centrados en las técnicas de análisis e interpretación de los signos que se muestran en las vísceras de los animales sacrificados; los Libri Fulgurales, atribuidos a Vegoia que trataban sobre la doctrina relativa a los rayos como expresión de los designios divinos; y los Libri Rituales, que incluían los libros centrados en la interpretación de los prodigios. Esta clasificación es la más conocida por ser los libros más importantes pero había más libros sagrados para los etruscos.

Séneca en Naturales Questiones describe con mayor detalle los rituales etruscos de la adivinación, pero centrándose en los relacionados con la interpretación de los rayos. Este autor divide la disciplina etrusca relativa a los rayos en tres pasos concretos: observación, interpretación y expiación. En la observación el arúspice se limitaría a observar los rayos fijándose en su procedencia y su destino principalmente. La interpretación consistiría en dar un significado a los hechos que se han producido en base a los libros sagrados etruscos de la adivinación. Finalmente la expiación serían las acciones que deben realizar los adivinos para cumplir la voluntad de los dioses como respuesta a su mensaje (Nat. Quaest. 2.33).

Plinio el Viejo en su Naturalis Historia ofrece una descripción de la división de la bóveda celeste en diferentes divinidades según las creencias etruscas (N. H. 2.143). Esta división que narra Plinio es similar a la que muestra el hígado de Piacenza, fechado entre los siglos III y II a. C. Este hígado ofrece información destacada sobre la hepatoscopia o adivinación a través de las vísceras de los animales sacrificados. Entre estas vísceras los etruscos daban mayor importancia al hígado por considerar que contenía la fuerza o energía vital del animal sacrificado. De esta forma, al igual que la bóveda celeste, se establecía una división en diferentes divinidades para interpretar los hígados o los rayos según zonas. También los truenos eran objeto de interpretación como muestra un calendario brontoscópico traducido al latín por el arúspice Nigidio Fígulo en el siglo I a. C. que contiene información según los días del año.

La información que nos transmiten Séneca y Plinio sirve para hacernos una idea de las técnicas adivinatorias que eran aplicadas por los arúspices. Estas técnicas eran muy específicas y debían ser bien conocidas por los arúspices. En el análisis de los rayos o los hígados la posición era lo más importante a la hora de realizar una interpretación y esta precisión contribuyó mucho para generar esa imagen de los etruscos como un pueblo de gran religiosidad famoso por el prestigio de su adivinación, ya que sin duda los etruscos fueron uno de los pueblos que más desarrollaron el arte de la adivinación como puede observarse en los libros sagrados de los arúspices.

Continúa el próximo mes.


Bibliografía


Blázquez Martínez, J. M., “La religión etrusca”, en Historia de las religiones de la Europa antigua, Cátedra, 1994, pp. 19-102.

Espinosa Espinosa, D., “La adivinación en Roma: orígenes, fundamentación y crítica especulativa de su práctica”, en Polis: revista de formas e ideas políticas de la Antigüedad clásica, Nº 20, 2008, pp. 43-72.

Lara Peinado, F., Los etruscos. Pórtico de la historia de Roma, Cátedra, 2007.

Martínez-Pinna Nieto, J., “Los etruscos y la adivinación”, en Sánchez León, M. L. (ed.), Religions del Món Antic 6. L´endevinació al món classic, 2007, pp. 51-88.

Montero Herrero, S., “La interpretación romana de las prácticas hepatoscópicas extranjeras”, en Gerión, Nº 13, 1995, pp. 155-168.

Montero Herrero, S., Política y adivinación en el Bajo Imperio Romano: emperadores y harúspices (193 d. C – 408 d. C.), Bruselas, 1991.





[1] S. Montero, “La interpretación romana de las prácticas hepatoscópicas extranjeras”, Gerión, Nº 13, 1995, pp. 155-156.

[2] S. Montero, Política y adivinación en el Bajo Imperio Romano: emperadores y harúspices (193 d. C. – 408 d. C.), Bruselas, 1991, pp. 169-170.


[3] J. Martínez-Pinna, “Los etruscos y la adivinación”, M. L. Sánchez León (ed.), Religions del món antic 6. L´endivinació al món clàssic, 2007, p. 58.