lunes, 8 de febrero de 2016

La figura alada: Simbología y estética.

Por: Pietro Víktor Carracedo Ahumada. Doctorando en Ciencias de las Religiones UCM.  



Correo electrónico: pietrocarracedo@gmail.com



Hýpnos, Hermes, Thánatos y Sarpedón. Metropolitan Museum.
Las alas son uno de los símbolos más extendidos en la iconografía religiosa, debido en gran parte a todos los símbolos y connotaciones que puede ofrecer, más que a su pura estética o relación física con el sujeto. Desde tiempos primitivos, las alas se conforman como un elemento que da capacidad para volar.[1]

Si tenemos en cuenta que en la Antigüedad, conforme los estudios del campo afirman, las cosmogonías y teogonías primordiales siempre hacen referencia entre otras a una Divinidad celeste, está claro que los seres voladores se relacionarían rápida y fuertemente con ésta, o al menos con su campo de acción[2]. Las alas se convierten en una menara de “llegar” al Mundo Celeste Divino. Todo ser que se diga de este origen tenderá a poseerlas como atributos y como necesidad para sus viajes a este mundo, en una asociación mundana pero práctica de esta característica. Existe, paralela a esta, otra teoría curiosa, en la cual las aguas juegan un papel importante: las aguas primigenias rodean el universo, incluso más allá del cielo; esto explica que muchos seres mitológicos marinos muestren alas sin aparente conexión.

Otra asociación, algo fuera de lo religioso y desarrollada posteriormente, es aquella en que las alas son un elemento que otorga libertad. Esta libertad puede ser tanto física como psíquica, así como relacionada con el elemento vital, llámese alma, hálito…, no tanto como “encerrada en el cuerpo” según las ideas de tipo platónicas, sino por el valor de su origen divino, en última instancia, pues la vida la da la Divinidad.



Tipos de alas:



Dentro de los tipos de alas se harán generalmente ciertas distinciones para dar un valor más a este elemento y al portador del mismo. Las alas de pluma, de ave, serán generalmente positivas a lo largo de la iconografía de carácter religioso. La razón estriba en que las aves son, con excepciones muy marcadas, mensajeros de los dioses y portadores de advertencias o buenas noticias. En las artes plásticas los colores de estas alas influirán también en su interpretación: blancas simbolizan pureza y divinidad; las alas de colores realistas corresponden a un ideal atento y observador de la naturaleza, que puede decantarse por pura imitación artística o por la búsqueda de la cercanía  la realidad religiosa de la creación; las alas negras rara vez se exponen para algo positivo, asociándose color y aves consideradas de presencia nefasta.[3]

Las alas de piel o tipo murciélago o dragón tendrán generalmente connotaciones negativas, por estar asociadas a este animal nocturno, o por relacionarse con el Diablo y otros seres nocturno-infernales. El poseedor de tales alas estará ligado intrínsecamente a estos seres y parajes.

Las alas de insectos se suelen relacionar rápidamente con asociaciones populares, seres de cuento… no siempre es así. Sin quitar mérito religiosos a las creencias populares, las alas de mariposa evocan fragilidad y belleza, y de este modo tendrán un valor especial vinculado a la vida, el alma, o seres con esas características.



Seres alados:


Los seres que tienen origen o deberes de tipo celeste, como antes se mencionó, serán alados casi necesariamente. Hay seres como las Sirenas griegas o las Harpías que poseen alas por sus características particulares – en este caso evidente, su cuerpo es de ave- mas también poseen algo divino en su ser – inmortalidad, origen… Pero la mayoría de criaturas míticas o “fantásticas”, si se me permite la expresión, están representadas por animales a los que se les añaden las alas con una nueva connotación. Pegaso, cuyo origen mítico se encuentra en la constelación del mismo nombre, necesita alas para realzar su soberbia y velocidad, a su establecimiento en el cielo nocturno, y a la vez para asociarlas a su origen divino, pues es hijo de la Gorgona, que a su vez tiene alas por su identidad monstruosa[4] y el dios Poseidón. A los hijos de Bóreas[5], uno de los vientos, no pueden sino nacerles alas en los hombros.

Los Grifos son un conglomerado de seres que representan la realeza y la divinidad, a los que se dota de cuerpo terrestre y de ave para unir en él ambos mundos. Por la misma regla se aúnan en él lo divino y lo humano, por lo que su representación para la realeza, o el propio Cristo, será habitual. En Mesopotamia los toros alados[6] indican fuerza,  majestad, divinidad. Mientras que en Oriente la Esfinge, cuerpo alado de león y torso humano, es varón y tiene un valor positivo y profiláctico, en Grecia la imagen de la esfinge torna en mujer con connotaciones negativas, pues es enviada a las ciudades transportando la peste como castigo.

A los dragones, al principio solo serpientes de gran tamaño o saurios terribles, se les añaden alas posteriormente en el folklore europeo para darles una misión nueva[7] o una afinidad con lo negativo lo diabólico[8], a la vez que señalar sus características monstruosas y destructoras; mientras, en la América precolombina u Oriente eran seres benévolos, y a menudo pueden volar sin necesidad de un elemento tan sustancial como las alas.



Divinidades paganas:



La idea divina de las alas no cambia en exceso cuando es asociada a un ser antropomorfo. Las divinidades paganas etéreas son precisamente eso, dioses que tienen conexión el mundo celeste divino. La iconografía y creencia de las divinidades aladas parece tener su origen en Mesopotamia. No solo se han encontrado allí las primeras representaciones de seres alados, también las de divinidades y seres antropomorfos, como los genios protectores o personales, acompañantes especialmente de los monarcas, y portadores de dos pares de alas para señalar el origen de tal poder.

Relacionado con los viajes celestes, en la Grecia antigua, Iris, mensajera de los dioses, era representada con alas, pese a hacer referencia al arco iris, y que era una forma de analizar su movimiento por el cielo. Otro tanto para su compañero Hermes, quien tenía alas en los pies o las sandalias, haciendo referencia a su velocidad, pero a menudo se le mostraba también con un casco alado, pues tenía mente rápida, patrón como era de los mercaderes y los ladrones. 
En ocasiones el mundo divino es irreprochablemente asociado al mundo de ultratumba. Por citar un ejemplo, la diosa egipcia Isis es representada con alas no solo por ser hija de Geb y Nut, Tierra y Cielo, ni a raíz del mito de su unión con el difunto Osiris tomando forma de halcón, sino precisamente por su valor fecundo y revividor: los seres relacionados con el más allá también tendrán alas y no siempre para “subir al cielo”.[9] El mismo Hermes antes mencionado tiene una doble función, como veíamos en el caso de Isis, pues también tiene el epíteto de “psicopompo”, el que guía las almas, y era fácil hallarlo en los ritos de umbral. Las alas ya no son para él símbolos de mensajero celeste en la tierra, sino de divinidad entre el cielo y el inframundo. En referencia al submundo encontramos otros arquetipos mucho más claros de cómo las alas toman un valor funerario. Véase sin ir más lejos la imagen de Thánatos, la muerte, y su hermano gemelo Hýpnos, el sueño. A menudo se representa a ambos con alas a la espalda – en ocasiones a Hýpnos con alas en la cabeza.[10] Estos dos dioses poco o nada tienen que ver con el mundo celeste, pero su divinidad y su relación con el más allá les otorga alas. Aquí se entienden como liberación o rapidez, sumadas al valor divino.

Aparecen en el mundo griego las primeras alegorías: las más conocidas sean quizás Eros y Niké, Amor y Victoria. En ambos casos nos encontramos con seres que, por estar relacionados con cosas inmateriales o estados del alma, son caracterizados con alas, que hacen referencia a su fugacidad, a su delicadeza, etc., y por estar asociados, de nuevo, con la parte considerada “divina” del hombre, el alma y los sentimientos.



El alma:



El alma alada es una imagen común en las culturas antiguas. Las alas hacen alusión, como supra se dijo, tanto a su divinidad, ya que el alma se relaciona con el aliento vital que han dado las divinidades creadoras a los hombres, como al mundo inferior, al que van a parar en algunos casos, y al celeste en otros. La funcionalidad de las alas se irá sustituyendo por las características del alma: la ligereza, al velocidad…

Las almas, sin embargo, muestran rasgos muy diferentes. En Egipto, donde el alma se dividía en múltiples elementos psíquicos, el Ka, la fuerza vital, y el Ba, el “espíritu” [11], tomaban en su iconografía forma de ave[12] con cabeza humana, retrato del difunto. El alma en el mundo grecorromano, a menudo conserva su figura humana, puesto que era entendida como una “sombra” del hombre; pero en otras representaciones, su tamaño es reducido y tiene alas a la espalda. Cuando se habla de alma-Psiqué[13], ya desde antiguo se la representa con alas de mariposa, evocando su ligereza y su fragilidad, pues también para los grecorromanos el alma era de muchos tipos y tenía muchas partes, y una de ellas, la asociada a la razón y a la par a los sentimientos, era esta.

No hay que dar muchas vueltas para relacionar las alas en la iconografía cristiana, que si bien se entiende como una sombra inmaterial del difunto, es a menudo representada, sobre todo en el paleocristianismo, como la paloma blanca[14]. Pese a todo, las almas cristianas conservarán finalmente su figura humana, si acaso se representen como sombras o fantasmas que salen del cuerpo del difunto, pero las alas quedarán reservadas a seres más cercanos a la naturaleza de Dios.



Los ángeles:



En el mundo occidental es la figura religiosa alada más extendida hasta la actualidad. Los ángeles pueden mostrarse con figura humana alada o no, aunque esto último es menos frecuente, y cuando así es, es durante episodios en los que no interesa ser reconocidos. Cuando son ángeles benévolos sus alas son de plumas, de diversos colores, pero los ángeles caídos tienen alas de dragón.[15]

Hay diversos tipos de ángeles, pero entre los alados cabe destacar los Serafines, los Querubines, los Arcángeles y los Ángeles.

Los ángeles cumplen la misión de mensajeros – no en vano esto significa su nombre[16] – entre el Dios monoteísta y los hombres. De ahí la necesidad de las alas para subir al Cielo, ahora sí, originariamente enmarcado en lo Alto. Aparte de mensajeros, cuyo máximo representante sería el arcángel Gabriel, cumplen otras muchas funciones.
Los tres arcángeles y Tobias de Michele Tosini.

Los Serafines están entonando frente al trono de Dios sus eternas alabanzas, pero el poder de Dios es tan fuerte que no puede contemplarse, y por ello poseen la peculiaridad de seis alas: dos para volar, dos para taparse el cuerpo y dos para taparse el rostro. Su nombre evoca lo ardiente, así que a menudo sus alas son de colores brillantes, cálidos o directamente representadas como llamas, en ocasiones repletas de ojos.

Los Querubines aparecen las más de las veces como niños pequeños, semejantes a erotes que se encuentran inmersos en las representaciones posteriores entre las nubes sobre las que se sienta Dios, ya que su misión es ser el Trono de Dios. La imagen primigenia, casi perdida, era la de un hombre con cuatro alas, de colores fríos como un extra de diferenciación de los Serafines.

Los Ángeles y los Arcángeles tienen forma humana, a veces marcadamente asexuados, siempre jóvenes y con dos alas a la espalda. Los Ángeles cumplen las funciones que tenían otros dioses y genios del mundo popular y pagano, pero no con poder en sí mismos sino solo como intermediarios de la Divinidad.

Entre los Arcángeles, Gabriel es el mensajero por excelencia, a raíz de la Anunciación, pese a haber en la Biblia y otros textos sagrados numerosos episodios en que es él quien transmite los mensajes de Dios. Rafael es el prototipo de ángel custodio y sanador, que recuerda bastante en sus representaciones al dios paganos Esculapio, por su episodio con la serpiente/diablo[17], y en su faceta popular se asocia a Hermes como protector en los caminos. El arcángel Miguel se lleva la palma en cuanto a asociaciones: es el vencedor del Diablo, representado como serpiente o dragón, por lo cual se le compara con el dios Apolo, quien a su vez sometió, según el mito griego, a la serpiente Pytho. Tanto es así que algunos templos dedicados a este dios rápidamente se convirtieron en monasterios con el arcángel por patrón; es también psicopompo, pues guía a las almas hasta el cielo, popularmente se cree que en especial a las del purgatorio, por ser juez de las mismas. Esta faceta de juez se enmarca en la idea de Juicio Final y Juicio personal, sin embargo su iconografía no es novedosa, puesto que el pesaje de las almas se encontraba ya en Egipto con Anubis y en el mundo grecorromano hallamos modelos de Hermes representados con una balanza frente a las almas. Es asimismo el arcángel Miguel un ser de umbral, que permite el acceso a los Cielos.

Los ángeles menores, por así llamarlos, cumplen funciones comunicativas, intermediarias, pero en lo popular está extendida la creencia de que algunos acompañan a cada individuo de manera personal y lo protegen de los peligros, en especial a los niños: es la extendida imagen del ángel custodio o de la guarda.[18]



Alas por placer estético y alegorías tardías:



Una vez sobrepasada la antigüedad clásica, y quedando relegado el sentimiento religiosos a una expresión artística, las alas estarán cargadas de los más diversos significados, extraídos de la cultura precedente. Así, una figura, mayoritariamente femenina, alada, en un contexto no religioso de ningún modo podrá ser un ángel, sino una alegoría o personificación, caracterizada por la acción que lleve a cabo o por los objetos y personas de los que esté rodeado.

Fue un recurso muy utilizado durante el Barroco, pero presente a lo largo de toda la historia. Es una bella forma y excusa para el arte. Las alas en ocasiones serán un recurso de puro valor estético, mas siempre guardarán una significación profunda – asociada a su inmaterialidad, a su movimiento… y en ocasiones a su carácter divino – si esta es moralizante o considerada una verdad universal, por así decirlo, que continúa, sin quererlo, la tradición, modelos y valores que una vez tuvieron sus alas.





Bibliografía:



Bulley, Margaret. Historia del arte antiguo y medieval. Tradcción de Diana Gibson. Edimat. Madrid 1999



Eliade, Mircea. Tratado de Historia de las religiones. Morfología y dialéctica de lo sagrado. Traducción de A. Medinaveitia. Ediciones Cristiandad. Madrid. 2000



Fatás, Guillermo y Borrás, Gonzalo M. Diccionario de términos de arte y elementos de arqueología, heráldica y numismática. Biblioteca de consulta. Alianza Editorial. Madrid 2005.



Hall, James. Diccionario de temas y símbolos artísticos. Traducción de Jesús Fdz. Zulaica. Alianza Editorial. Madrid 2003.



Rodríguez Santidrián, Pedro. Diccionario de las religiones. Biblioteca de consulta. Alianza Editorial. Madrid 2004.



Teravent, Guy de. Atributos y símbolos en el arte profano: diccionario de un lenguaje perdido. Tarducción y notas de José M. Sousa. Ediciones del Serbal. Barcelona 2002.



Recursos online iconográficos:


www.artcyclopedia.com             www.theoi.com             




[1] No entraremos en temas de aves no voladoras, hablamos de la idea de volar asociada a las alas.

[2] La mayoría de los grandes dioses celestes tienen un ave como símbolo de poder. El águila lo es para Zeus y Visnú (Garuda).

[3] Cuervos, urracas, buitres… animales siempre en relación con la muerte o los malos espíritus.

[4] Y marina. Aunque el mito más conocido habla de un castigo por el cual cambió su aspecto, su origen mitológico primero es el monstruo marino hija de otros dos, Forcis y Ceto. Hesíodo, Theogonia 240-336.

[5] Zetes y Calais.

[6] O Lamassu.

[7] Como el carro de Medea, descendiente del Sol, del que tiran serpientes aladas: pueden viajar por el cielo, pero en su iconografía no se muestran alas. No en vano Medea es también un personaje oriental.

[8] Pese a que en  la Biblia se habla del dragón, la serpiente antigua, en referencia a Satanás, la representación más común es la del dragón acostumbrado.

[9] Pese a que muchas culturas relacionan el Otro Mundo con el Cielo, en otras ocasiones a las alas sólo les queda el valor divino y no la funcionalidad.

[10] Simbolismo evidente.

[11] Que podrían ser las más correspondientes a nuestras ideas actuales de “alma”.

[12] Aves como la cigüeña, de carácter migratorio, suscitando el simbolismo..

[13] Alegoría popularizada en el mito incluido en la novela Metamorfosis o El asno de Oro, de Apuleyo.

[14] La propia imagen del Espíritu Santo adquiere esta forma.

[15] En principio sólo en la representación de Satanás, que adopta también, como se vio antes, la forma de Dragón o cuerpos deformados, semihumanos, etc., y luego como característica de todos los diablos. La idea de Satanás como un ángel bello se establece mucho después.

[16] Gr, ἄγγελος

[17] El libro de Tobías.


[18] Aunque tampoco novedosa: genios protectores mesopotámicos, espíritus personales, lares familiares…

miércoles, 6 de enero de 2016

Editorial Enero 2016

De Dioses y Hombres: estudios de religiones y mitología es un blog coordinado y dirigido por el profesor y Máster en Literatura Clásica de la Universidad de Costa Rica José Marco Segura Jaubert y el profesor y doctorando de la Universidad Complutense de Madrid Carmelo Morales Marcos.

Este  mes os traemos tres nuevos e interesantes artículos: Jorge Vizuete Vidal nos remite a la concepción taoísta del mundo y cómo ésta afecta a la praxis humana, fijándose para este menester en las artes marciales. El máster Alejandro Tenorio en esta tercera parte de su artículo sobre Freud nos explica el complejo de Edipo según el neurólogo austriaco. Por último el profesor y máster en ciencias de las religiones Antonio Justo nos presenta  y explica en esta segunda parte de su artículo el sacrificio en la obra de Henri Hubert, Marcel Mauss y René Girard.

Taoísmo y artes marciales



Por: Jorge Vizuete Vidal, graduado en Filosofía.

Correo electrónico: bono_springsteen@hotmail.com

Bruce Lee
Quizá pueda parecer un tópico recurrente cuando se habla de artes marciales el recurrir a la archifamosa sentencia de Bruce Lee que nos insta a comportarnos como el agua. En efecto, la conocida exhortación a ser agua es una de las frases más famosas del filósofo y artista marcial. Sin embargo, lo que no es tan conocido es el por qué de dicha aseveración. En las siguientes líneas trataré de desentrañar el misterio detrás del “sé agua, amigo”, remitiéndome a la concepción taoísta del mundo y cómo ésta afecta a la praxis humana, fijándome en las artes marciales para ello.

El taoísmo es una concepción del mundo muy particular, ya que no concibe el cosmos como creado por un ser externo a él, que crea ex nihilo el mundo y por tanto crea un mundo distinto de sí mismo. Para el taoísmo la raíz última del cosmos es un elemento que se conoce como Tao. Este Tao, a diferencia de la concepción occidental cristiana, no es una suerte de dios que crea el mundo mediante un acto de su voluntad, sino que es el principio natural del cual emana el resto del cosmos de un modo natural. Sin embargo, la actividad del Tao no acaba en ser un mero principio cosmológico a partir del cual surge el mundo, sino que está constantemente operativo en el mundo en forma de devenir constante. Por ello, el taoísmo no concibe el cosmos regido por esencias inmutables, como la tradición platónica y aristotélica las concibe, sino como eterno fluir del Tao. Esto evidentemente tiene una consecuencia directa en el modo en que el hombre orienta su acción en el mundo, ya que el hombre taoísta carece de unas coordenadas morales que puede hacer universales. El hombre taoísta no puede, por tanto, apelar a una norma que poder aplicar en todos los casos que se le presenten a lo largo de su vida.

La imposibilidad de conocer algo de un modo universal en el taoísmo no salva al hombre de tener un modo de actuar en el mundo. Para el taoísmo el devenir del mundo no es caótico, sino armónico, como el agua que naturalmente fluye sin salirse del cauce del río. El hombre taoísta debe dirigir su praxis de modo que no interrumpa ni trastoque este devenir armónico. Este modo de actuar en el mundo se traduce en el no-actuar o wu wei. Sin embargo, no quiere esto decir que el hombre deba ser un ser apático que no haga nada en ninguno de los casos, sino que su acción deberá estar orientada a fluir en armonía con el devenir natural de las cosas. El wu wei es, por tanto, el afán de no truncar el fluir natural del mundo de un modo forzado. Si no se aplicase este principio, y se forzase la acción, las consecuencias serían, como mínimo, contraproducentes.

Basten estas pinceladas para comprender el concepto de wu wei. En lo siguiente trataré de ver cómo este concepto se entreteje en las artes marciales y las dota de sentido. Como he hecho notar, el concepto de wu wei no proclama una apatía ni un forzar las cosas, sino un fluir naturalmente con ellas y actuar de modo que preservemos este fluir armónico. Pronto veremos que según el arte marcial que practiquemos las aplicaciones serán distintas, pero el concepto será el mismo, el de fluir armónicamente con el oponente de modo que se aplique la técnica en el momento oportuno para neutralizar al contrario. Haciendo la analogía con el mundo, se entiende el combate como macrocosmos de manera que el vencedor será el que preserve la armonía con el contrincante, mientras que si se pierde, es porque no se ha preservado la armonía (bien por intentar atacar de una manera precipitada o bien por efectuar la defensa de un modo no armónico respecto del ataque).

Teniendo en mente que las artes marciales basan sus técnicas y sus aplicaciones en este concepto (que tampoco podía ser otro, ya que han nacido en su mayoría en un ámbito taoísta), se nos hará más fácil entender el por qué se suele recurrir al argumento de que un arte marcial se basa en devolverle al atacante su fuerza. Esto es una verdad a medias. No se trata de que la fuerza del atacante se vuelva en su contra, sino más bien en restablecer la armonía que el atacante ha roto. Por tanto, una primera aproximación para ver la aplicación del wu wei al campo marcial será examinar brevemente las técnicas más comunes empleadas en las artes marciales y ver cómo se emplean. Distinguiremos cuatro tipos: las técnicas defensivas, las técnicas ofensivas, las técnicas de luxación o sumisión y las técnicas de derribo o proyecciones.
Judo.

Las técnicas defensivas tienen como objeto impedir que un ataque del oponente tenga éxito, o al menos minimizar el daño que pueda causarnos un impacto directo. Las artes marciales orientan a este aspecto toda aquella técnica que desvíe el ataque a un lugar donde sea inocuo para la persona, anulando así la potencia que tenga el ataque desviado y colocando al defensor en una posición ventajosa. En su mayor parte suelen consistir en técnicas que no bloquean, sino que redirigen los ataques a otro lugar. Para ello la aplicación más normal es de un modo circular respecto al ataque, aunque puedan existir técnicas de rechazo que sigan un movimiento rectilíneo. El propósito de disipar los ataques es mayormente provocar una abertura por la cual fluir de modo natural con nuestro ataque de modo que sea lo más efectivo posible.

Las técnicas ofensivas comprenden todas aquellas que estén destinadas a dañar o incapacitar al oponente mediante el golpeo, por lo general mediante el uso de las extremidades. Estas técnicas están diseñadas para aprovechar las posibles aberturas en la posición del oponente. Suelen utilizarse tras defenderse con éxito de un ataque, dejando al enemigo predispuesto a recibir el golpe con la mayor contundencia posible. Se ilustrará esto con un símil: supongamos un barril lleno de agua. El agua no estará haciendo nada, pero en el momento en que se haga una abertura en el barril, ésta fluirá naturalmente fuera del barril. El barril es la defensa del oponente. En el momento en que haya una apertura en ésta, se debe fluir de un modo natural y contundente.

Las técnicas de luxación son las destinadas a provocar la sumisión del contrincante, instándole a rendirse. En último término provocarán la luxación o rotura de alguna extremidad, incapacitando efectivamente al oponente para evitar que el combate continúe. La ejecución de estas técnicas es muy variada, pero su principio es el mismo: consisten en la presión de la extremidad de determinada manera para lograr uno de los dos efectos comentados arriba: sumisión o incapacidad. Quizá sean las técnicas donde se vea el wu wei de una manera más clara, ya que suelen ser iniciadas como respuesta a un agarre del oponente. La manera más efectiva de escapar a los agarres suele ser no resistirse a estos y obtener la salida mediante el fluir natural del movimiento del contrincante respecto a nosotros: seguir el movimiento del contrincante nos permitirá aplicar la técnica de sumisión de un modo más sencillo que resistirnos a ella.    

Por último, las proyecciones tratan de derribar al oponente para lograr una posición ventajosa respecto a él. Como en el caso de las técnicas de luxación, el wu wei quizá se vea más claro en este tipo de técnicas para los no practicantes de las artes marciales, ya que para derribar al enemigo se utiliza su propio ímpetu o un desequilibrio previo, provocado o no. Es debido a este tipo de derribos que se asevera que las artes marciales consisten en utilizar la fuerza del contrario contra él, pero como he tratado de mostrar, se fundamentan en una búsqueda de la armonía con respecto del contrario que garantice que se salga bien parado de la contienda. Por ello se considera que el que no actúe de modo armónico respecto al contrario no vencerá el combate.

Ahora bien, ¿de qué modo nos ayuda a comprender que las artes marciales basan la aplicación de sus técnicas según el principio de no-actuar si cuando no hay combate no pueden aplicarse? La finalidad de las artes marciales no es solo aprender a defenderse, sino procurar al individuo de una actitud que le ayude en los demás aspectos de la vida. Nos hemos referido en el principio del artículo al wu wei como la manera que tiene el individuo de orientar su praxis en un mundo en constante devenir. Entendemos entonces que el hombre taoísta ha de esforzarse en vivir en armonía con el fluir del mundo, y ahí es donde entra el estudio y entrenamiento de las artes marciales. Las artes marciales no son un mero sistema de defensa personal, sino que llevan aparejadas una actitud de respeto al prójimo y de conservación de la armonía del mundo. Un artista marcial que haya comprendido y hecho suyo el no-actuar no tratará de buscar el conflicto de manera gratuita, sino que en todos los aspectos de su vida tratará de preservar la armonía del cosmos allá donde se encuentre. Algunas artes marciales, como el Tai Chi, interpretan en términos de armonía de energías el combate, y sostienen que una situación violenta es ante todo una perturbación de la armonía de la naturaleza.

En conclusión, en estas breves líneas he dado cuenta de cómo las artes marciales son una de las formas en que el wu wei está más explícito, ya que, embebidas de la filosofía taoísta (tanto en concepción como en aplicación) llevan el camino de la no-acción a todos los niveles de la praxis humana, puesto que dentro del corpus de técnicas se insiste en la práctica del respeto hacia todos, no solo al conflicto violento. Las artes marciales son, por lo tanto, ante todo un instrumento de realización personal para lograr que el practicante sea una persona equilibrada que guarde la armonía en toda circunstancia. Es por ello que las artes marciales y el taoísmo son dos elementos indivisibles, de modo que, aunque se puede reducir la praxis marcial al conjunto de sus técnicas para aprender defensa personal, se perdería con ello todo el entramado taoísta que justifica tanto sus técnicas como la aplicación de éstas.          

De este modo, la famosa sentencia de Bruce Lee “Vacía tu mente, sé amorfo, moldeable, como el agua. Si pones agua en una taza se convierte en la taza. Si pones agua en una botella se convierte en la botella. Si la pones en una tetera se convierte en la tetera. El agua puede fluir o puede golpear. Sé agua, amigo” cobra sentido a la luz de estas consideraciones sobre el no-actuar. El agua, en su reposo, no actúa, pero si entra en un cauce lo sigue, si entra en una botella, se adapta a ella, y si esa botella tiene un agujero, fluirá fuera. La práctica de las artes marciales, por lo tanto, tiene su último objetivo en convertir al artista marcial en agua.



Bibliografía


MIÑANA, JAVIER. Taiji Quan. El universo Taoísta. 2002, Mandala Ediciones. Madrid.

GRAHAM, ANGUS CHARLES. El Dao en disputa. La argumentación filosófica en la China antigua. 2012. Fondo de Cultura Económica. México D.F.

LAO TZE. Tao Te Ching: los libros del Tao. 2012, Editorial Trotta. Madrid.

WATTS, ALLAN. El camino del Tao. 1975, Editorial Kairós. Madrid.