viernes, 3 de julio de 2015

El arte de maldecir: Los conjuros de atadura en la antigua Grecia

Por: Aura Fernández Tabernilla, Máster en Ciencias de las Religiones por la Universidad Complutense de Madrid.

Correo electrónico: aurataber@hotmail.com

Portada de Historias de Terramar.
Imagen sacada de:
www.casadellibro.com
Muchos de nosotros hemos crecido rodeados de magia, leyendo grandes sagas literarias como las de Harry Potter (1997-2007), Los Libros de Terramar (1983-1991) o Dragonlance (1984-actualidad), por ejemplo; y viendo series y películas como la de Embrujadas (1998-2006) o la de Hocus Pocus (1993), por nombrar algunas. En todas estas obras, tanto literarias como visuales, la magia se nos presenta como un arte basado en ilusiones y en palabras mágicas que propician cambios inmediatos y tangibles. Pues bien, estos elementos también se encuentran presentes en la antigua magia grecorromana, aunque sin duda alguna lo más llamativo de la misma es su corpus de hechizos destinados a alterar el comportamiento y/o la fortuna de uno mismo o de otros. La razón por la que dicho corpus es la parte más conocida de la praxis mágica clásica es porque muchos de los conjuros que lo conforman han llegado hasta nuestros días desde la antigüedad gracias al soporte sobre el que están escritos. A estos hechizos, o maldiciones, se les denomina de atadura o vinculantes.
Antes de explicar en qué consisten estos conjuros exactamente, me gustaría exponer, aunque sea a grandes líneas, el contexto de la práctica mágica en la Antigua Grecia. Habitualmente la magia se realizaba fuera de la esfera de la religión pública, siendo por ende una práctica propia del ámbito privado. Solía tener, además, un carácter misterioso, secreto y de culto. Los actos mágicos podían ser tanto dañinos, es decir, pertenecientes a la denominada “magia negra”, como beneficiosos, tal como ejemplificaba el uso de “gemas mágicas”, y es debido a este potencial “destructivo”; así como por el hecho de que dicha práctica se llevaba a cabo a las afueras de la polis, la magia era vista como una actividad antisocial en el mundo grecorromano[1]. Con todo, la magia forma parte indispensable del trasfondo de buena parte de la literatura clásica, tal como lo demuestran figuras míticas como Circe o Medea.
Dicho esto, la magia vinculante, tema central de esta entrada,  adoptaba dos formas fundamentalmente: a) un hechizo o maldición vinculante, el cual se escribía sobre una variedad de medios que incluían cera, fragmentos de cerámica y, más a menudo, delgadas hojas o tabletas de plomo, que eran luego enrolladas o dobladas y atravesadas con un clavo; y b) un figurín, fabricado con cera, arcilla, lana, plomo, bronce o, muy rara vez, mármol, que se asemejaba a la forma de un hombre o una mujer y cuyos miembros podían unirse o torcerse. Dichas figuras podían presentar agujas o clavos atravesándolas, mientras que otras veces eran enterradas en una suerte de ataúdes hechos a partir de delgadas láminas de plomo. Estos muñecos, así como los féretros, se inscribían con el nombre de la víctima y con una larga maldición, siendo luego emplazados en tumbas y santuarios, o arrojados al agua.
El término atadura viene del concepto griego κατάδεσμος, “maldición vinculante” (katadesmos, plural katadesmoi), que era usado por algunos autores como Platón para etiquetar este tipo de magia[2]. Asimismo, los investigadores utilizan su equivalente en latín, defixio (plural defixiones), para referirse a los conjuros de atadura que están escritos en tablas[3]. La noción de vinculación puede encontrarse también en el lenguaje de las mismas tablas, las cuales expresan a menudo la acción deseada mediante el uso de verbos como katadein, “atar/unir”, o katekhein, “frenar/contener”. Por otro lado, la metáfora de la atadura queda ilustrada en el doblamiento, enrollamiento y perforación de las tablillas de plomo. En el caso de los figurines, dicha metáfora se consigue mediante la torsión literal, la atadura y las perforaciones de los mismos con clavos.
Aunque la fórmula básica de vinculación era estándar, los investigadores han dividido los conjuros de atadura en grupos temáticos que tienen que ver tanto con la competencia en el ámbito de los deportes, del drama o de los negocios, como con los asuntos eróticos, relacionados con el sexo o el matrimonio, y las peticiones de venganza y justicia. Dichos conjuros explicaban con bastante claridad las intenciones del usuario, así como lo que éste pretendía cambiar en su “víctima” a través de la atadura de su persona, de sus habilidades de percepción o de sus capacidades mentales. En otras palabras, este tipo de hechizos o maldiciones eran escritos por individuos que deseaban controlar a otra persona.
Relieve de Medea con las hijas de Pelias.
Imagen sacada de:
https://commons.wikimedia.org.
Por regla general la magia vinculante o de atadura requería la cooperación de las divinidades del inframundo y de sus poderes para su ejecución, por lo que era habitual que las tablas con este tipo de conjuros fueran emplazadas en pozos, manantiales, hipódromos, en el caso de maldiciones deportivas, teatros, en caso de maldiciones entre actores, y en los santuarios de las deidades del inframundo. Durante el periodo clásico una serie de deidades con o sin nombre eran invocadas en esta clase de conjuros para que intervinieran, de alguna manera, en la acción. En los textos de principios del Ático, por ejemplo, se menciona a menudo a Hermes[4], Hécate y Perséfone. Las funciones de estos tres dioses como responsables tanto de los viajeros como de los muertos se volvieron cada vez más prominentes en el siglo V a. C., siendo dicho cambio especialmente llamativo en el caso de Hécate, quien en el siglo VIII jugaba un rol totalmente diferente como una diosa cuyos ámbitos de influencia incluían la tierra, el aire y el agua[5]. Con todo, lo más común era que el hacedor de estas maldiciones pidiera ayuda a los muertos para realizarlas, ya que éstos, en especial aquellos que estaban “inquietos", podían hacer de mediadores mágicos al permanecer entre el mundo de los vivos y el de los muertos[6]. Por lo tanto, se enterraban las tablas o las efigies con el conjuro de atadura en los cementerios y, más concretamente, en las tumbas de aquellos que habían muerto antes de tiempo (aōroi) como, por ejemplo, los niños recién nacidos o las mujeres sin descendencia; violentamente (biaiothanatoi) como los asesinados, que reclamaban venganza, o los ejecutados; o que no habían recibido correctamente los ritos funerarios (ataphoi)[7] como los náufragos o los suicidas, por señalar algún caso. Es posible que los aōroi y los biaiothanatoi sean los grupos más utilizados para la magia vinculante de entre los “muertos sin descanso”, porque, en primer lugar, los primeros representaban la categoría más numerosa ya que integraba a cualquiera que, por unas razones u otras, se consideraba que no había cumplido todos los días de su vida, salvando la excepción de los muertos en el campo de batalla[8]; y porque, en segundo lugar, los segundos eran los más invocado para ejecutar las empresas mágicas más agresivas. No obstante, todos estos “muertos sin descanso” se caracterizaban por la ira y la implacabilidad, cualidades que el practicante de la magia esperaba poder canalizar para llevar a buen término su maldición. Es decir, los cementerios eran lugares de gran poder.
Figura femenina perforada por trece clavos.
Imagen sacada de:
www.thehistoryfiles.com
Uno de los cambios más interesantes que pueden observarse en estas maldiciones desde el periodo clásico hacia adelante implica la progresiva “fragmentación” de la víctima a la que se desea atar. En muchas de las primeras tablas áticas se encuentra sólo un nombre (en nominativo o acusativo); más adelante, en tablas posteriores, aparece un verbo como katadein o katekhein en primera persona junto con el nombre; y, finalmente, el nombre o nombres de las víctimas son acompañados por las partes del cuerpo y las capacidades intelectuales que se desean atar o capturar con el hechizo[9]. Con el tiempo, a partir del periodo clásico, pero extendiéndose también por el helenístico y el romano, empezaron a surgir numerosos ejemplos de maldiciones y tablas de conjuros con largas y extensas listas de partes del cuerpo.
Para finalizar esta entrada, decir que, sin duda alguna, los conjuros de atadura más llamativos son los que componen la denominada magia amorosa griega, la cual, tal como explica Faraone, se dividía en: hechizos para inducir una “pasión incontrolable” (eros), muy populares entre los hombres para conseguir los favores (normalmente sexuales) de una mujer, que solían tomar la forma de una maldición vinculante (katadesmos o defixio); y hechizos para incitar afecto (philia), los cuales eran más habituales entre mujeres que deseaban “sanar una relación rota o disfuncional, o proteger una en funcionamiento pero frágil”[10]

Bibliografía

Collins, D., Magic in the Ancient Greek World, Malden, MA: Blackwell Publishing, 2008.
Faraone, Ch. A., Ancient Greek Love Magic, Cambridge, Mass: Harvard University Press, 1999.
Hernández, M. R., “Invocaciones a los muertos en los textos griegos mágicos”, Conversaciones con la Muerte. Diálogos del hombre con el más allá desde la Antigüedad hasta la Edad Media, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2011.
Luck, G., Arcana Mundi: Magic and the Occult in the Greek and Roman Worlds. A collection of Ancient Texts, Baltimore [etc.]: The Johns Hopkins University Press, 2006.
Ogden, D., Magic, Witchcraft and Ghosts in the Greek and Roman Worlds: a Source Book, New York [etc.]: Oxford University Press, 2002.
.........., A Companion to Greek Religion, Malden, MA: Blackwell Publishing, 2007.
Petropoulos, J.C.B., Greek Magic: Ancient, Medieval and Modern, London and New York: Routledge, 2008.




[1]Esta visión de la magia como un subgrupo de la actividad religiosa potencialmente dañino queda reflejada en numerosas leyes y otros textos que datan de principios del siglo V a.C. en adelante. Petropoulos, J.C.B., Greek Magic: Ancient, Medieval and Modern, London and New York: Routledge, 2008, p. 4.
[2]Collins, D., Magic in the Ancient Greek World, Malden, MA: Blackwell Publishing, 2008, p. 64.
[3]El termino defixio viene del verbo latino defigo, “clavar, traspasar, vincular, embrujar”. Como sustantivo defixio significa “clavado, maldito [con un conjuro]”. Aunque defixio es el término técnico para la maldición escrita sobre una tabla (tabella defixionis), también son defixio las efigies que están atravesadas con agujas o clavos. Luck, G., Arcana Mundi: Magic and the Occult in the Greek and Roman Worlds. A collection of Ancient Texts, Baltimore [etc.]: The Johns Hopkins University Press, 2006, p. 510.
[4]Un ejemplo de la invocación de Hermes en uno de estos conjuros de atadura lo ofrece la siguiente tablilla ática de plomo de principios del siglo IV a.C., en la que una persona realiza una maldición vinculante contra sus oponentes legales y contra otras maldiciones de atadura: “A. Si alguien puso un hechizo contra mí, ya sea hombre o mujer, esclavo o libre, extranjero o ciudadano, de mi hogar o fuera del mismo, ya sea por envidia hacia mi trabajo o mis acciones, si alguien puso un hechizo contra mi ante Hermes, se trate de Hermes Erionios o Hermes el embaucador, o ante algún otro poder, lo ato de regreso a todos mis enemigos. B. Ato a mis enemigos de la corte Dion y Granicos”. Ogden, D., Magic, Witchcraft and Ghosts in the Greek and Roman Worlds: a Source Book, New York [etc.]: Oxford University Press, 2002, p. 211. En este ejemplo se puede observar un detalle interesante: este tipo de conjuros también tenían un cierto carácter exorcístico en tanto que servían para “devolver el mal” sufrido a la persona que lo había enviado en primer lugar.
[5]El cambio en el estado de estas divinidades en parte se debe al hecho de que Hermes y, en cierta medida Hécate, se han asociado tradicionalmente con los movimientos entre el mundo terrenal y el inframundo, mientras que Perséfone estaba asociada con el tránsito entre vivos y muertos por su actividad como gobernante del inframundo junto a Hades. Collins, D., op. cit., pp. 71-72.
[6]Las maldiciones que requieren la ayuda de un muerto para llegar a buen puerto pueden agruparse en dos grupos dependiendo de la forma de intervención del muerto en el mundo de los vivos: a) el muerto actúa como mensajero entre el que realiza el conjuro y las divinidades ctónicas que serán quienes, en última instancia, actúen en el mundo de los vivos; y b) el alma del difunto actúa por sus propios medios y cumple “en persona” los deseos del solicitante o de su cliente (el defigens). Martín, Hernández, R., “Invocaciones a los muertos en los textos griegos mágicos”, Conversaciones con la Muerte. Diálogos del hombre con el más allá desde la Antigüedad hasta la Edad Media, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2011, p. 101.
[7]Los ritos funerarios, así como un correcto enterramiento eran fundamentales para que el alma del difunto pudiera descansar en paz. Los poemas homéricos proveen varios ejemplos. En la Ilíada, el fantasma de Patroclo se le aparece en sueños a Aquiles y le pide que le entierre como es debido para que su alma pueda entrar en el Hades: “¡Duermes, pero me has olvidado, Aquiles! Cuidabas de mí cuando estaba vivo, pero no ahora que estoy muerto. Entiérrame lo antes posible, para que pueda pasar por las puertas del Hades. Las almas me mantienen a distancia, los fantasmas de los muertos no me permiten aún mezclarme con ellos más allá del río, pero en este estado deambulo por las amplias puertas cerradas de la casa de Hades. Échame una mano, te ruego por mis lágrimas. Pues no volveré del Hades, cuando me hayas dado el fuego que me es debido” (Homero, Ilíada 23.62–76). Ogden, D., Magic, Witchcraft and Ghosts, op. cit., pp. 151-152.
[8]Los soldados que caían en combate eran enterrados o incinerados en el mismo campo de batalla. En la
Ilíada, por ejemplo, los guerreros griegos incineraban a sus caídos en el propio campo de batalla. Otro ejemplo de esta práctica lo proveen los griegos que murieron en la batalla de Maratón, en el 490 a.C., pues fueron incinerados y luego enterrados bajo un largo túmulo funerario en el mismo sitio. Ogden, D., A Companion to Greek Religion, Malden, MA: Blackwell Publishing, 2007, p. 88.
[9]Así, por ejemplo, si se deseaba que una persona perdiera sus facultades mentales se ataban su alma, su lengua y su sentimiento. En un sentido más general la atadura del espíritu hacía referencia a la voluntad de la víctima como manera de motivarla para hacer o no hacer algo. Sin embargo, lo que no se ha conseguido todavía explicar del todo es el significado de la atadura de las manos y los pies, o de los brazos y las piernas, así como en conjuros posteriores la proliferación de partes del cuerpo que podían ser atadas. Con todo, se puede decir con cierta certeza que las manos y los pies, no menos que la lengua o el alma, constituían una fórmula anatómica básica. Esto es, las manos y los pies eran parte de una fórmula de atadura que requería la mención de las facultades físicas e intelectuales. Collins, D., op. cit., pp. 79-80.
[10]Faraone, Ch. A., Ancient Greek Love Magic, Cambridge, Mass: Harvard University Press, 1999, p. 96.

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